Detrás de las miles de presas que purgan condena en las cárceles mexicanas hay una historia muy peculiar. Sara Aldrete y las dudas que aún existen sobre su culpabilidad han inspirado la curiosidad de la prensa, guiones de cine y una de las más grandes dudas dentro del sistema penitenciario.

En 1989 fue sentenciada a más de 600 años de prisión, acusada de ser parte de una banda delincuencial llamada por la prensa de aquél tiempo “los narco satánicos”, quienes presuntamente mataban a sus víctimas para cortarlas en pedazos y usar su sangre y algunas partes en rituales afroamericanos.

La historia se centra en Adolfo de Jesús Constanzo, “El Padrino”, nacido en Miami (Florida), de ascendencia cubana. Sara y él se conocieron en Matamoros, Tamulipas (Norte) desde donde Constanzo operaba para el envío de droga a Estados Unidos.

Sara siempre se ha referido a él como amigo, pero ha negado que entre los dos existiera una relación sentimental, a pesar de que los medios de comunicación siempre la llamaron “La Sacerdotisa”o “La Madrina” y la ubicaron como su pareja.

“El Padrino”, y Sara, en los año 80, cuando ocurrieron los crímenes de “los narcosatánicos”

“El Padrino”, y Sara, en los año 80, cuando ocurrieron los crímenes de “los narcosatánicos”

El caso salió a la luz en abril de 1989 luego de que David Serna, uno de los integrantes de la banda, fuera detenido en un operativo de rutina de la Policía Federal, quienes encontraron en su vehículo droga y un extraño caldero (una olla grande) con restos de sangre, corazones, partes de columnas vertebrales, que eran parte del cuerpo del estudiante norteamericano Mark Kilroy, reportado como desaparecido mientras realizaba un viaje a México.

Serna dio pistas sobre la ubicación de la banda que operaba en el rancho Santa Elena, en Tamaulipas, a unos kilómetros de la frontera con Estados Unidos, donde la policía encontró enterrados los cuerpos mutilados de 13 víctimas a las que les habían sacado el corazón, el cerebro y partes de la columna vertebral que utilizaban para preparar un brebaje que usaban durante sus ceremonias de santería, al que también añadían sangre, ajos y tortugas asadas, según los informes policiacos.

Constanzo hacia creer a sus seguidores que con el consumo de este brebaje podrían adquirir poderes extraordinarios, como el ser invisibles.

“El Padrino”, Sara -en aquel entonces una estudiante de antropología de 28 años- y otros integrantes de la banda lograron huir.

El centro de las acusaciones

Después de tres semanas prófugos, las autoridades lograron interceptarlos gracias a una carta de auxilio enviada por Sara en la que afirmaba que era rehén y que temía por su vida.

Los prófugos se encontraban escondidos en un departamento de la céntrica colonia Cuauhtémoc en la capital de la país, su localización dio lugar a uno de los capítulos policiacos más memorables en la historia de México.

Los policías fueron recibidos por la banda con una lluvia de dólares y tiros de AK 47 que duraron aproximadamente 45 minutos. Ante su imposibilidad de escapar, Constanzo pidió a uno de sus seguidores que le disparara. Una vez que aquel lo mató, se suicidó. Otros, creyendo que eran invisibles, salieron del apartamento creyendo que podían escaparse sin problemas, pero fueron abatidos por las balas.

Ellos estaban vivos cuando yo abandoné el departamento. Los mataron en la detención. Tal vez la verdad nunca se sepa”, escribió Sara en el libro Me dicen la Narcosatánica, cuya presentación realizó desde la cárcel.

Ella fue la única sobreviviente del tiroteo. Tras su captura fue presentada como integrante de la banda, cuya responsabilidad era reclutar a nuevos miembros y formar parte de los rituales organizados por “El Padrino”.

Entonces era una joven de clase media alta con estudios universitarios, que dominaba el idioma inglés.

Fue acusada de encubrimiento, homicidio y asociación delictuosa. La policía logró capturar a otros dos integrantes de la banda en distintos lugares. Uno logró huir de prisión y otro murió meses después. Sara fue la única condenada.

La verdad de Sara

En entrevistas realizadas en distintas épocas, una de ellas en 1992 por la cadena estadounidense Univisión, narró el infierno que vivió tras de su detención. No solo fue conocida públicamente como integrante de un culto satánico sino que también fue víctima de abusos sexuales múltiples que la dejaron incapacitada para ser madre. En múltiples ocasiones la colgaban de las esposas “como piñata” para intentar obtener su confesión, le colocaban bolsas en la cabeza para quitarle la respiración.

Permaneció días desnuda dentro de una celda donde tampoco recibía alimento.

A pesar de ser sometida a estos castigos, siempre ha sostenido la versión de que nunca sospechó que Adolfo fuera la persona que dice la policía. Admite que era su amigo, pero que ella sólo participó en una de sus ceremonias como parte de los estudios universitarios de Antropología que realizaba a finales de los ochenta.

“En una de las sesiones de tortura, los agentes me preguntaron por el paradero de dos ex agentes federales, un tal Joaquín, y otro que no recuerdo su nombre. Me indicaron, entre golpe y golpe, que debería decir que la guardia personal de Adolfo los había recogido en el aeropuerto de Matamoros y los había llevado a la casita, donde los sacrificaron por órdenes de Adolfo”, señala en otra parte de su libro.

En entrevista con Univisión señaló que las autoridades habían destruido evidencia que era valiosa para la investigación, como la choza en la que presuntamente torturaban a sus víctimas, que fue quemada por la policía cuando entró al rancho.

“Yo no voy a destruir una evidencia buena, no me conviene hacerlo”, dijo en esa entrevista hace 25 años.

De los tres cargos que la acusaron sólo fue encontrada responsable de encubrimiento. Las autoridades redujeron su pena de 647 años de cárcel a 50 de los cuáles ya cumplió 28.

Con los años, Sara logró ganarse el afecto de sus compañeros de reclusión a través de acciones como pagar fianzas mínimas de mujeres de pocos recursos. Además de la publicación de su libro, ha colaborado con Argos –casa productora de narco series como El Señor de los Cielos y El Chema– en el guión para la serie Capadocia de HBO, que tiene como temática una cárcel de mujeres.

La película Perdita Durango, del director español Alex de la Iglesia y protagonizada por Javier Bardem, es una adaptación de la historia de los narco satánicos.

Sara, ahora de 52 años, está lejos del ojo público desde 2011 cuando fue trasladada del penal de Santa Martha Acatitla, en la Ciudad de México, a una cárcel en Baja California, al Norte del país.

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