“Aseguramos al régimen saudí que nuestra larga mano puede alcanzar lo que queremos en el momento que decidamos”. Con esta declaración, Yahya Sarea, portavoz militar de los hutíes, amenazó con nuevos ataques a Arabia Saudita y a la coalición internacional que ésta lidera en Medio Oriente.

Su advertencia llegó este lunes, luego de que el grupo rebelde reclamara la autoría de los atentados perpetrados el sábado contra dos refinerías de Aramco, en el noroeste saudí. La acción, según Sarea, fue llevada a cabo por diez aviones no tripulados con diferentes tipos de motores a reacción, y terminó causando la suspensión del 50% de la producción de la mayor petrolera del mundo; afectando a mercados bursátiles, y también a los precios del crudo alrededor del planeta.

Sus orígenes

Los “Seguidores de Dios” (Ansar Allah), más conocidos como hutíes, nacieron como un movimiento político-religioso y deben su nombre precisamente a Hussein Badreddin al Huthi, líder del clan que los fundó en los años noventa. Surgieron en la gobernación de Saada, al norte de Yemen – zona limítrofe con Arabia Saudita -, y poseen una confesión chiíta zaidita, una rama del islam a la cual pertenece un tercio de los 26 millones de yemeníes.

Los zaidíes, que gobernaron el norte de Yemen bajo un sistema de imanato por casi mil años, fueron dejados de lado durante la guerra civil de 1962 y luego perdieron protagonismo con la expansión de las creencias suníes salafistas, la otra gran línea del islam.

Ante la discriminación económica y la extensión de la influencia sunita en el país, los zaidíes comenzaron a militarizarse y dieron paso a una serie de levantamientos intermitentes. En 2004 se declararon abiertamente en rebelión, en respuesta al asesinato de su líder a manos del Ejecutivo encabezado por Ali Abdullah Saleh (1990-2012), respaldado por Arabia Saudita.

Con el tiempo, los hutíes se fueron ganando la adhesión del resto de los chiítas yemeníes. En 2011, aprovechando la convulsión por la “primavera árabe”, se unieron a la insurgencia que precipitó la caída de Saleh y tomaron el control pleno de Saada y sus alrededores.

La transición política, que comenzó con ascenso de Abd Rabbu Mansour Hadi, debía traer estabilidad al país, pero el intento fracasó y se generó una lucha de poder entre los hutíes, los seguidores de Saleh y las fuerzas fieles a Hadi.

En septiembre de 2014, los hutíes, que ya habían extendido su control por gran parte de la zona norte, decidieron aliarse con quien fuera su mayor enemigo. Junto a Saleh tomaron el control de la capital y derrocaron a Hadi, quien huyó a territorio saudí. La guerra en Yemen había comenzado.

Influencia extrajera

Además de albergar las peleas entre sus fuerzas internas, Yemen también es escenario de una disputa de influencias entre potencias regionales. Los hutíes son respaldados en su lucha por Irán, considerado uno de los países poderosos de Medio Oriente y predominantemente chiíta. Por otro lado, tanto el gobierno de Saleh como el de Hadi eran apoyados por Arabia Saudita, el mayor exportador de petróleo del mundo y que se ve a sí misma como la principal potencia musulmana sunita.

Pero además, lo que suceda en Yemen es una prioridad para EE.UU. y sus aliados en el Golfo Pérsico, debido a su posición estratégica.

La embestida en Saná fue el inicio de un conflicto civil que ha desencadenando la peor crisis humanitaria del mundo y que ya deja más de 10.000 personas fallecidas. La expulsión de Hadi en 2014 no fue bien vista por los saudíes y sus aliados, que lo consideraron una expansión de la influencia chiíta en la región. Por ello, el 26 de marzo de 2015 dieron inicio a un bombardeo contra bastiones rebeldes para restaurar el gobierno de Hadi.

Ante dicha intervención, Irán habría intensificado su apoyo a los hutíes – se cree que mediante la entrega de armamento, aunque Teherán lo descarta -, y éstos continuaron avanzando hacia la segunda ciudad más grande del país, Adén.

Saleh y los hutíes resistieron juntos hasta 2017. En diciembre de ese año, el ex Mandatario admitió estar abierto a negociar con la coalición internacional liderada por los saudíes, lo que le valió ser tildado de “traidor”. En medio de la convulsión social, los hutíes lo capturaron y asesinaron cuando se disponía a huir del país.

Desde entonces, los hutíes perdieron el control de Adén y de gran parte del sur del país, en manos de la coalición internacional. Sin embargo, no han podido ser expulsados de la zona norte, especialmente de Saada, y mantendrían un asedio en la ciudad sureña de Taiz, desde donde perpetrarían ataques contra hacia Arabia Saudita.

Esta situación llevó a que Riad reforzara su bloqueo contra Yemen, bajo el argumento de detener el contrabando de armas que Irán le enviaría a los rebeldes. Una denuncia que Teherán insiste en negar de forma categórica.

Mientras, la hambruna en el país se extiende. Según datos del Banco Mundial, la tasa de pobreza en Yemen ha aumentado un 33% desde finales de 2014 y unos 22 millones de ciudadanos, casi el 80% del total, necesitan ayuda humanitaria.

Ante el fracaso reiterado de conversaciones de paz mediadas por actores internacionales, EE.UU. estaba planeando abrir conversaciones directas con los hutíes, según un informe del Washington Post publicado a fines de agosto.

Sin embargo, este fin de semana el escenario volvió a crisparse con el ataque a la petrolera saudí, por el que Washington responsabiliza a Irán. El enviado para Yemen de la ONU, Martin Griffiths, insistió este lunes en que, más allá de quién los perpetró, estos atentados dan cuenta de la necesidad de paz en el país. “De una cosa podemos estar seguros, es un incidente muy grave que hace que las posibilidades de un conflicto regional sean mucho mayores. Y esto es, francamente, aterrador”, sentenció.

/psg