El cambio climático representa ante todo, un futuro incierto. La proyección para Chile es que continúe el aumento de temperaturas, la degradación de los suelos y el avance de la desertificación, lo que se suma a una mayor intensidad de fenómenos climáticos extremos.

El tema tiene en alerta a gobiernos y jóvenes que se movilizan por la justicia climática, pero también a quienes trabajan de la tierra. Los cambios en los patrones de la producción agrícola no suelen ser el foco de la atención a la hora de hablar del calentamiento global, pero es un fenómeno que ya se está viviendo, en un contexto de escasez hídrica y con las cosechas cada vez más impredecibles.

Olga Barbosa, bióloga y doctora en Ecología, lleva 10 años trabajando en un inédito programa de investigación que busca poner en valor los servicios ecosistémicos que ofrece la naturaleza en los sistemas productivos, con el fin de mejorar la adaptación al cambio climático. Y lo hacen con el vino, una industria que se está debatiendo cómo enfrentar a la incerteza de la crisis climática.

Chile es el principal exportador de vino del hemisferio sur y el cuarto a nivel mundial. El Programa Vino, Cambio Climático y Biodiversidad, dirigido por Barbosa, es una iniciativa del Instituto de Ecología y Biodiversidad (IEB) y la Universidad Austral de Chile, y conecta a los productores, la ciencia y la protección a la biodiversidad. “Nuestro objetivo es que el bosque esclerófilo, típico de la zona mediterránea de Chile, se vea enlazado a los viñedos. Es un cambio mirada, que nos permite entender que la vegetación natural provee de servicios ecosistémicos que van en beneficio de la producción de la uva para el vino y para la comunidad en general”, cuenta la investigadora a Qué Pasa.

-¿Qué gana un viñedo haciendo conservación de un bosque?

Sabemos que esos bosques contienen microorganismos, principalmente levaduras que son importantes para vinificación y para darle identidad al vino. Esas levaduras están en el bosque y sabemos que son particulares de ese viñedo en ese bosque, ese es un servicio ecosistémico que le da a esa viña. Pero también hay otros servicios que son para todos, como el secuestro de carbono. Obviamente la viña también secuestra carbono, los viñedos en Colchagua, por ejemplo, capturan alrededor de 4 toneladas de carbono por hectárea, pero si miro en el bosque esclerófilo, son 24 toneladas de carbono por hectárea. Las viñas con las que nosotros trabajamos conservan los bosques y ese es un servicio ecosistémico cultural. Yo y tú, como chilenos, nos identificamos con una imagen país y una de las imágenes de este país es el vino, el vino chileno, barato y rico. Ese vino que viene de un paisaje determinado, en la zona central de Chile. Con una identidad y valor cultural que nos beneficia como personas.

-Pero el viñedo en sí supone un impacto en los recursos de agua y en la vegetación nativa. Los cambios en el uso de suelo generan efectos en la misma conservación del ecosistema. ¿No es contradictorio?

Eso es lo mejor del proyecto. Este es un proyecto bien raro. Si yo te digo conservación, al tiro pensamos en Greenpeace, en la tortuga en peligro extinción en el Caribe y si digo agricultura pensamos en lo que está pasando en el Amazonas y con todo lo que se viene ahora: campos de soya, monocultivos, Monsanto, etc. Este proyecto lo que busca es juntar esos dos extremos.

La realidad es que necesitamos alimentarnos y nos gusta tomar vino. El vino, al final, es un proyecto piloto, ha sido nuestro ícono para transitar a una agricultura sustentable, porque tú y yo vamos a tener que seguir alimentándonos y consumiendo. Aquí la idea es demostrar que se puede hacer eso, pero de una manera armoniosa y explícita en el cuidado de la  biodiversidad. Ahora se habla mucho de agricultura sustentable, pero si miras los protocolos de sustentabilidad, estos hablan de la huella de carbono, la disponibilidad hídrica, si usas tal o cual pesticida, si eres orgánico, etc. Pero nadie habla de la especie que echaste abajo para poner ese viñedo o ese cultivo. Si miras una viña, alrededor hay un montón de biodiversidad y esto se trata de salvarla. Yo no puedo llegar a un viñedo a decirle a los dueños, ‘oye, echa todo abajo y ponte a hacer conservación’, porque no es su rubro. El proyecto busca conciliar dos puntos de vista que por años han sido irreconciliables. Y llevamos 10 años mostrando que sí se puede.

-¿El cambio climático fue lo que empujó el proyecto?

El proyecto se llama Vino, Cambio Climático y Biodiversidad porque el cambio climático es un empuje constante. Siempre existe una presión por seguridad alimentaria, pero sabemos que eso tiene que ver con los patrones de consumo, con que consumimos en exceso, que podríamos comer  mucho mejor, etc. También hay una constante presión por el cambio de uso de suelo, como transformar un bosque como el Amazonas en un campo de soya. O en Chile, cambiar un bosque esclerófilo en Catapilco y poner paltos. A eso se suma el contexto cambio climático. Tenemos mayor temperatura, más frecuencia de eventos climáticos extremos, sequía y que en un día puede llover a todo chancho. Estamos enfrentando un clima que nunca antes habíamos enfrentado. Si tu sumas clima, con el cambio de uso de suelo descontrolado que hacemos, pensando en el futuro estamos en un super mal escenario. En el proyecto buscamos una forma de desarrollo agrícola que nos permita mantener la provisión de servicios ecosistémicos para la empresa y para la comunidad bajo un escenario creciente de modificación extrema del hábitat y de cambio climático. No vemos las cosas por separado.

Un estudio de hace unos años advertía de cómo el calentamiento global afectará las zonas mediterráneas de Chile donde se ubican los principales viñedos: Cachapoal, Maipo, Colchagua. Dice también que el sur de Chile será más idóneo para viñedos. ¿Cómo ven esa situación?

Ese paper es bueno, es la modelación más sofisticada que hay de viticultura en tierras mediterráneas, pero ve solo temperatura, y otra cosa es el suelo. Todos hablan de moverse, adaptarse. Y sí, perfecto, se puede hacer, ojalá en Valdivia tengamos puros viñedos en vez de plantaciones de eucaliptus, pero, ¿cómo es el suelo?. Las condiciones climáticas pueden estar, pero no necesariamente las del suelo. La viticultura chilena lo que está haciendo es explorar nuevos lugares para ver si se pueden dar ciertos vinos. Acá (en Valdivia) lo que se da son vinos de climas fríos, unos pino noir, vinos blancos que están en Río Bueno, por ejemplo. Pero si hablas Carmenere y Cabernet, Sauvignon, los mejores siguen estando en la zona central, entonces no es cosa de llegar y cambiarse. Lo otro es que sí, podemos cambiarnos, pero qué pasa con lo que hay alrededor, que es la pega que nosotros hacemos y hemos demostrado con todas las investigaciones de que hay beneficios de la naturaleza que está ahí. Y no se puede agarrar la naturaleza y moverla más al sur.

Por ejemplo, el viñedo Los Robles, en pleno Colchagua, está al lado de un bosque esclerófilo precioso. ¿Cómo agarrarlo y ponerlo acá, al lado del bosque templado valdiviano? No sé qué microorganismos hay ni qué aves hay, puede que algunas de coman las uvas o que no coman uvas. En el fondo, todos los servicios ecosistémicos alrededor, toda esa naturaleza que le da identidad al vino, no se pueden mover. Si tú te mueves, tiene que ser con conciencia de que algunas cosas van a cambiar. Lo que sí es que hemos acompañado a algunas viñas que se cambian y parten con un diseño del viñedo completamente diferente. Dejan mucha vegetación dentro, apuestan por calidad y no por la cantidad,  son viñedos insertos en la vegetación, con corredores biológicos, árboles islas, todas las prácticas que hemos ido enseñando, prácticas de conservación en el viñedo que tienen oportunidad de aplicarlas desde el momento cero. Y esos viñedos nuevos están planificados para tener la naturaleza dentro del viñedo, ya no es en contra de la naturaleza.

-En Europa se habla de que sería inevitable el movimiento de los viñedos. ¿El movimiento debe ser protegiendo la biodiversidad?

Sí, porque si tu no resguardas los servicios ecosistémicos y la biodiversidad ahora, sobre todo en este contexto de cambio climático, no tendremos después como recuperarlas. Así como nosotros estamos en estrés por el cambio climático, toda la biodiversidad también lo está. Nosotros trabajamos con viticultura porque en el mundo y sobretodo en Chile está en lugares que en inglés llaman biodiversity hotspots. Son puntos prioritarios para la conservación a nivel mundial. Si miras la zona central de Chile es donde hay mayor riqueza ecosistémica. Acá hay dos opciones, o dejamos que todo siga desapareciendo o buscamos cómo proteger la biodiversidad que está donde vivimos. En tu casa, en la mía, en la calle y en el viñedo. Nosotros estamos poniendo sobre la mesa otra herramienta de conservación, estamos innovando para hacerlo con privados, el sector que no se toma en cuenta. Y eso está mal, porque en las viñas hemos encontrado especies que no han sido descritas para esas zonas, porque es raro que alguien haga investigación en zonas privadas, se suelen hacer en los parques nacionales. Pero hay viñas con 4 mil hectáreas de bosque nativo en perfecto estado de conservación. Cuando excluyes un sector como este, pierdes oportunidades. Los privados y la industria son agentes de cambio, no unos monstruos depredadores, esa es la filosofía del equipo.

/Entrevista de Francisco Parra para Que Pasa

/gap