El 20 de enero último, en este mismo diario, Luis Alvarado, ex subsecretario general del PS, escribía un interesante artículo titulado “El peligro del síndrome ibañista en el PS”, en el que señalaba lo siguiente: “Me parece que lo que ocurre dentro del PS es bastante parecido a lo que ocurrió en las elecciones de 1952”.

Cualesquiera sean las interpretaciones en torno a la reciente elección, por una abrumadora mayoría de su Comité Central, de Alejandro Guillier, prefiriéndolo sobre el militante de ese partido, Ricardo Lagos, tal vez convenga adentrarse en la historia del PS para procurar esclarecer el verdadero sentido y alcance de la proclamación de Guillier.

Tras la división del PS, en 1948, los socialistas se habían dividido entre el PS y el Partido Socialista Popular (PSP), este último bajo el liderazgo de Raúl Ampuero. En medio del enrarecido ambiente de comienzos de la década de 1950, marcado por el desprestigio de la política y de los partidos, fue el PSP, representativo de una amplia mayoría del partido, el que, en su XIV Congreso de 1952, bajo la conducción de Ampuero y contando con la activa participación de Clodomiro Almeyda y Carlos Altamirano, entre otros, dio su apoyo formal a la candidatura de Ibáñez.

Hay que decir que esto era perfectamente contradictorio con las definiciones adoptadas por el PS en su XI Congreso, en 1946, en que una nueva generación política encabezada por el mismo Ampuero arremetía contra el “frentepopulismo” y el “colaboracionismo” de la primera etapa, en torno a los gobiernos del Frente Popular, entendidos como una experiencia de colaboración de clases. Esas definiciones fueron ratificadas en la Conferencia Nacional de Programas de 1947, hasta concluir en la división del partido, en 1948 (gatillada por el hecho de que algunos dirigentes socialistas habían defendido la aplicación de la Ley de Defensa de la Democracia, del mismo año).

¿Qué condujo a que la inmensa mayoría de los socialistas apoyaran a Ibáñez? Por un lado, el fenómeno de desprestigio de la política y los partidos, que llevó a una amplia masa ciudadana a apoyar al “General de la Esperanza”. El socialismo no escapó a ese clima de opinión. Por otro lado, sin embargo, puede decirse que la llama del populismo de la primera hora, en torno al liderazgo caudillista de Marmaduque Grove, no se había extinguido. El germen e influencia del populismo en el PS, desde su creación en 1933, están magistralmente recogidos y estudiados en el libro de Paul Drake, “Socialismo y populismo en Chile, 1932-1952”, un clásico en esta materia, cubriendo desde Marmaduque Grove hasta Carlos Ibáñez.

También habría que decir que lo más probable es que los socialistas encontraron en Ibáñez la llama aún viva del antiimperialismo, junto a un sentimiento antioligárquico que jamás se había extinguido en él. En ese sentido, Carlos Ibáñez y Juan Domingo Perón compartían una mirada común.

Salvador Allende, casi solo, se opuso a la definición del PSP, y levantó así su primera candidatura presidencial, en 1952, con el apoyo del PC.

A decir verdad, el oportunismo táctico del PSP, en contradicción con todas las definiciones partidarias adoptadas desde fines de la década del 40, le dio réditos electorales nada despreciables: cuatro senadores y 18 diputados en las elecciones parlamentarias de 1953, frente a un senador (Allende) y cinco diputados del PS.

Finalmente, cuando no había transcurrido un año de su gobierno, el PSP abandonó a Ibáñez para retomar las banderas de un partido “revolucionario y de clase”, hasta concluir en la tesis del “Frente de Trabajadores” (1955), la creación del FRAP (Frente de Acción Popular), y la reunificación socialista, en 1957. El resto de la historia es suficientemente conocida.

¿Se inserta la elección de Alejandro Guillier como candidato presidencial del PS, contando con el apoyo de dos tercios del Comité Central, en esa tendencia histórica?

Aún es prematuro saberlo. Los dichos y acontecimientos venideros nos darán algunas luces al respecto.

No obstante, es más que una simple coincidencia que el apoyo a Ibáñez, en la década del 50, y a Guillier, en nuestros días, se dé en un contexto casi idéntico de desprestigio de la política y de los partidos, en que el recurrir a una figura independiente y popular, aparece como una solución atractiva.

En ese contexto, no es la democracia de instituciones lo que tiende a prevalecer, sino la democracia de caudillos.

El modelo nacional y popular tal vez sea el paradigma predominante en América Latina, al menos desde la década de 1930. La historia de Chile, y del PS en sus primeros 20 años de vida, no escapan a esa tendencia. Está por verse si la candidatura presidencial de Alejandro Guillier responderá, o no, a ese paradigma. Lo cierto es que, desde su fundación, en 1933, y de Ibáñez a Guillier, la influencia del populismo ha estado presente en la historia del PS.

Columna de Ignacio Walker, Senador DC para El Mercurio

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