Manuel José Ossandón va a primarias; Carolina Goic ha anunciado que participará en la misma instancia -en la vereda del frente, obviamente-, aunque su partido revisará esa posición, después del descalabro de Lagos.

Si ambos mantienen sus decisiones iniciales y compiten el 2 de julio, los dos quedarán fuera de la carrera presidencial. Punto final.

Pero aunque sus nombres no llegasen a figurar en la papeleta de la primera vuelta, no cabe duda de que sus activos electorales son importantes (y eso es lo que los podría hacer cambiar de opinión, especialmente a Goic y a su gente). Efectivamente, Ossandón obtuvo más de 317 mil votos en una sola circunscripción cuatro años atrás; y hace apenas unos meses, la DC consiguió cerca de 580 mil preferencias para sus candidatos a concejales. Son casi novecientos mil sufragios, es decir, más del 16% del total válidamente emitido en la segunda vuelta de la última elección presidencial. Es un enorme y decisivo caudal de votos el que quedaría disponible.

¿Para quién?

Ciertamente, no para el Frente Amplio; sin duda alguna, no para Marco Enríquez-Ominami.

Los únicos que podrían cosechar en esas praderas serían Guillier, Piñera y José Antonio Kast. Nadie más.

Dependerá de ellos tres, entonces, que esos sufragios engrosen a alguna de sus candidaturas o que vayan a parar al saco de la abstención, ya tan abultado.

Obviamente, unas y otras preferencias -las para Ossandón y las para la DC- no son idénticas. Las primeras tuvieron más que ver con un alcalde que había demostrado notables condiciones de servicio en terreno, mientras que las segundas se asocian históricamente al deseo de consolidar una tercera vía, tan atractiva por sus sueños como difícil de definir.

Pero, a pesar de sus diferencias, esos electores -los de Ossandón y los de la DC- comparten algunos elementos que los identifican y distinguen. O, mirado desde las candidaturas que los quisieran conquistar, ¿qué los caracteriza, qué fibras hay que tocarles para conseguir su adhesión?

Como gran marco de referencia, esos electores son sentimentales más que racionales: suelen confiar en sus afectos como el criterio de validación para sus decisiones públicas. Y eso los lleva a asumir inconscientemente tres coordenadas al decidir por quién votar.

En primer lugar, exigen coherencia entre vida y palabras. No están buscando en cada candidato a un padre Hurtado, pero no aceptan talantes desfachatados, frívolos, petulantes o agresivos. En su inmensa mayoría son cristianos que quisieran votar por… cristianos.

En segunda instancia, miran con atención el modo en que los candidatos afirman que se van a relacionar con los más débiles. No se sienten a gusto con quien promete el desarrollo económico como solución universal, ni tampoco con quien anuncia más y más reformas estructurales, supuestamente eficaces para eliminar todos los males. Es lo comunitario lo que los atrae; son hombres y mujeres de familia y de lo intermedio: barrio, gremio, club.

Por último, son personas que prefieren el diálogo y los acuerdos, por sobre el enfrentamiento. El conflicto les molesta, intentan conciliar, quisieran la paz permanente, aunque no necesariamente se animen a pagar su alto precio. Por eso, les encanta autodefinirse como moderados, o de centro, o socialcristianos.

Lo que Ossandón y Goic les pidan a sus electores al terminar sus respectivas aventuras en primarias -si insisten en participar en esa instancia- será importante. Pero mucho más decisivo para Guillier, Piñera y José Antonio Kast será el modo en que busquen captar la sensibilidad de ese electorado.

Y si no hay primarias, la misma exigencia se plantea para la segunda vuelta.

/Columna de Gonzalo Rojas para El Mercurio

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