Con el misil lanzado por el Comité Central del PS a la candidatura de Ricardo Lagos, terminó de cerrarse una etapa en la historia política del país. Precisamente esa que el ex mandatario llegó a encarnar como ningún otro: la de una izquierda moderna que buscó dejar atrás los atavismos ideológicos de la guerra fría; la que entendió que un proyecto de gobernabilidad viable necesariamente pasaba por una alianza con la DC; y aquella que diseñó cambios graduales para la sociedad, siendo también parte de los acuerdos que hicieron posible la transición.

Pero hay que tenerlo claro: esa izquierda renovada y ajena a las tentaciones populistas no murió el día de ayer. En rigor, había empezado a extinguirse cuando los partidos de la antigua Concertación explicaron su derrota de 2010 culpando al Chile que ellos mismos habían construido durante dos décadas. Esa crítica brutal, demoledora y oportunista, los llevó a abrazar las demandas del movimiento estudiantil sin ponerles un piso mínimo de realidad, haciendo de ellas el trampolín para volver al poder sin el más básico examen respecto a las verdaderas causas de su derrota.

Durante el gobierno de Sebastián Piñera apostaron por sembrar la división y el resentimiento social; instalaron una imagen de Chile basada sólo en abusos y frustraciones, llenaron su oferta política de derechos y se desestimaron de los deberes, prometieron cambios refundacionales sin haberlos diseñado y sabiendo que algunos -como la gratuidad universal-, eran completamente inviables. En los hechos, apostaron a la demagogia y a la ausencia de límites, y es eso lo que ahora los tiene al borde del precipicio, divididos, sin liderazgo y con niveles de desaprobación enormes.

En septiembre pasado, Ricardo Lagos decidió bajar a la arena para intentar recomponer el proyecto de una centroizquierda moderna, a la que veía amenazada por los desvaríos que enfrentaba el país. Pero era tarde: los vientos sembrados durante estos años ya estaban cosechando tempestades. La centroderecha había logrado reagruparse sin grandes fisuras gracias, entre otras cosas, al masivo rechazo provocado por el Ejecutivo y sus reformas. La Nueva Mayoría vivía a plenitud los embates de su fracaso político y del desplome en la popularidad de Michelle Bachelet. Sin una hoja de ruta común, desgastada por fracturas internas, viendo además como su anhelada polarización ayudaba a reagrupar a la centroderecha y abría un forado interminable hacia el Frente Amplio, la coalición oficialista se quedó sin un piso común para poder recomponerse.

De algún modo, el adiós de Lagos fue ayer el símbolo de una centroizquierda herida de muerte. Abducida sin remedio por este extraño cóctel de oportunismo político, levedad técnica e irresponsabilidad adolescente, que define a la Nueva Mayoría. Así, resulta del todo coherente que el tiro de gracia a Ricardo Lagos no lo haya disparado la derecha sino su propio partido. Símbolo perfecto de una coalición de gobierno cuya razón de existir fue desde el comienzo un profundo rechazo a todo lo que el ex Mandatario representaba.

La Nueva Mayoría siente cada vez con más fuerza el vértigo de la derrota. La DC enfrenta ahora el dilema de ir en solitario a la primaria para competir con un Alejandro Guillier apoyado por todo el resto de la coalición. O llegar hasta la primera vuelta y ser ella la que termine de matar al bloque. O quizás, hacer como el PS, optar por el más frío pragmatismo y simplemente respaldar a Guillier. En rigor, los socialistas acaban de demostrar cuánto valen hoy día la historia, la identidad y las convicciones.

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