Los inversionistas extranjeros en Argentina deben estar devanándose los sesos por estos días. Luego de la inesperada derrota de Macri, ocurre ahora el sorprendente triunfo radical en Mendoza, el cual va en sentido opuesto a lo registrado en las PASO. Son zigzagueos electorales que plantean una justa duda, ¿hacia dónde se dirige el país? Ello, sin contar con ese nuevo deporte nacional, cual es discutir qué tan cercanos/lejanos están Alberto Fernández y Cristina Fernández.

Los empresarios no logran descifrar el rompecabezas. Por un lado, están los enojados y desilusionados con Macri y, por otro, los dispuestos a re-alinearse. Para reforzar a estos últimos, el albertismo ha hecho grandes esfuerzos. El más importante es su reunión con 400 empresarios en la Fundación Mediterránea. Allí aseguró que dispone de capital político propio, que tiene la intención de consolidarlo y que será él, y no su Vicepresidenta, quien gobierne. Cabe preguntarse entonces si existe o no una brecha entre el albertismo y el cristinismo, y si logrará el seductor exorcizar los demonios.

Tanto juego bifronte es señal que, por conveniencia electoral, parece haberse alzado sobre el horizonte de Buenos Aires más bien una figura semejante al dios Jano; dos caras de lo mismo. El propio Horacio Verbitsky, máximo kirchnerólogo del país, señaló que observa al eventual Presidente y a su Vicepresidenta “muy felices”, que son “indisolubles”, que tienen un proyecto común, que no hay brecha entre ambos ni la habrá, que son dos caras complementarias. A Verbitsky en realidad habría que agradecerle tanta sinceridad.

En efecto, por un lado, Alberto Fernández orienta sus esfuerzos a mostrar un rostro heterodoxo en lo económico y dialogante en lo político, levantando un discurso orientado a despejar fantasmas. Para ello, peregrina a diario por ambientes refractarios a los K, como el grupo Clarín, empresarios e incluso sectores peronistas alejados de los K. Hace trascender reuniones formales y encuentros amistosos con tecnócratas digeribles, filtrando la posibilidad de que sean miembros de su eventual gabinete, como Carlos Melconian y Matías Kulfas. En el fondo, la cúpula albertista apuesta a la infalibilidad de esa dinámica aglutinadora en torno al poder que proverbialmente acuñara el inolvidable premier italiano, Giulio Andreotti: “estar en el poder desgasta, pero estar fuera del poder, desgasta aún más”.

Por su parte, Cristina Fernández ha sido menos locuaz e intensa, absteniéndose de fijar posiciones públicas sobre la futura marcha del país. Se ha preocupado en transmitir la idea que está concentrada en cuestiones más prosaicas, como ser una madre y abuela inquieta por el destino de su hija. Florencia Kirchner se autoexilió en Cuba en marzo de este año cuando su situación judicial se complicó, y Cristina se ha mostrado perturbada. Pero Verbitsky tiene el mérito de no disimular las cosas. Habla de conductas tácticas y recuerda que ella en realidad es un animal político. Dijo que si hubiese querido, habría sido candidata y habría ganado. Pero, obvio, habría sido una victoria pírrica, corriendo innecesariamente el riesgo de sufrir una derrota. Por eso fue ella la que ideó esa mágica fórmula bifronte: seducción y espanto.

Así demostró que es verdadero stakeholder y que no tiene necesidad de andar demostrando a diario sus capacidades ni haciendo trascender a los medios que cenó con fulano o se sacó una foto con zutano. Ha actuado poniendo en valor tres cosas: una base electoral amplia y convencida, una vasta red de conexiones muy activas (incluyendo al Papa Bergoglio) y la fuerza de sus dos alfiles, Axel Kicillof y Máximo Kirchner.

El primero, pese a su juventud, es el gran padre del modelo económico kirchnerista, y gracias a su abrumador triunfo en la Provincia de Buenos Aires, se convertirá en el gobernador más poderoso del período que se avecina. Será el gran prefecto de la doctrina y la fe peronistas.

Por su lado, Máximo Kirchner actuará como cancerbero del modelo en la Cámara de Diputados. Serán sus frías dagas las que se pasearán a diario por las cabezas albertistas. Es además el nexo con esa miríada de sindicatos y piqueteros K, que cautelará desde las calles, todo cuanto suceda (Frente Darío Santillán, Corriente Clasista, Movimiento Evita o la Confederación de Trabajadores de Economía Popular). Su poder quedó demostrado ahora, en el tira y afloja de la huelga de pilotos. Pablo Biro, el sindicalista camporista, hizo caso omiso del llamado de Alberto Fernández a deponer el paro.

Por lo tanto, la idea propalada por algunos albertistas en orden a que, en lenguaje sarmientiano, él representaría la civilización y ella la barbarie, no pasa de ser un simple artilugio electoral. Lo que sí ambos tienen claro, es que deberán compartir el firmamento peronista al menos en la etapa inicial. Ello, porque la gran pregunta que corresponde es ver si en Argentina terminará imponiéndose un esquema equilibrado de poder o se retornará finalmente a la vieja hegemonía K. Y esa es una pregunta válida incluso en la eventualidad que Macri revierta las cosas.

Intenso monitoreo y trabajo prospectivo demandará aquel cuadro político.

/Escrito por Iván Witker, Investigador ANEPE y docente de Escuela de Gobierno Universidad Central para El Líbero

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