¿Estamos bien?

No cabe duda de que estamos en un gran problema, un gran berenjenal. El país está agobiado por protestas a veces pacíficas y otras increíblemente vandálicas. Como en la guerra de las galaxias, un rayo golpeó casi de muerte a la columna vertebral del transporte capitalino. Otros rayos láser muy precisos han ido destruyendo poco a poco las cadenas de suministro, las que aún son a diario saqueadas y quemadas así como en las películas de guerra. Los vándalos desalmados, de repente se toman las carreteras, queman un edificio, o un hotel, una municipalidad, o arremeten contra pequeños comercios y otros golpes certeros a la convivencia democracia. Esto último y kafkianamente va en paralelo a una especie de carnaval callejero de cantos, risas y cacerolas, con un toque de queda que casi no se respeta.

Los que protestan pacíficamente lo hacen por cosas que ellos consideran válidas, pero que resultan muy abstractas como lo son la desigualdad y el abuso. Es diferente reclamar por la pobreza, o incluso las tarifas. Con todo, no parece ser una verdadera razón para una situación de esta magnitud, gatillada en menos de tres días, y en un país que es literalmente y, por lejos, el mejor país, en cualquier indicador, de toda esta región, acercándose en niveles de vida a Portugal. Entonces es un problema complejo. Se nota una mano pérfida, pero no se la ve.

En este fenomenal guirigay, o crisis aguda, es legítimo preguntarse quién o quienes están hoy realmente a cargo del país.

Quién manda, quién decide

Al gobierno se le ve claramente sobrepasado y ni siquiera logra parar el vandalismo que ya lleva casi una semana. Pareciera que disminuye, pero aún existe. Por su parte, los partidos políticos están completamente desprestigiados, no son respetados. El parlamento tampoco, porque es parte crítica, quizás central del problema. Los jueces al parecer juegan de espectadores o eventualmente de árbitros, pero son percibidos como árbitros barreros. Ellos dirán que no lo son, pero al menos la mitad de la población no confía en su objetividad. Los empresarios, como los políticos, están severamente cuestionados, particularmente en esta saga. Los medios sólo confunden más las cosas y sin duda polarizan en vez de catalizar soluciones. Las redes sociales son caóticas. Las policías y FFAA han sido desprestigiadas y menoscabadas por décadas así es que no podrían ayudar mucho. La iglesia está en una aguda depresión y se encuentra en busca de su destino. Los estudiantes fueron invitados por la sociedad a la legislatura y sólo agravaron los problemas y creyeron que el Congreso era como otro centro de alumnos. Los alcaldes están superados por temas de alcance nacional.

En otra vereda, los intelectuales y académicos al parecer están escondidos en las universidades. Uno que apareció ahora último a opinar de astronomía, resultó ser peor que los políticos en sus opiniones cada vez que sacaba un dedo fuera de la ciencia. No era tan objetivo como se espera de un científico. Pero debe haber otros mejores. Si hay sabios en Chile, que sería la opción ideal, parece que o se extinguieron o simplemente nadie los conoce.

En suma, al menos mirado desde afuera, parece como que nadie está realmente a cargo o tiene capacidad de tomar decisiones, y si eso es así es sinónimo de anarquía, y no hay manera de solucionar racionalmente el problema. A pesar de los esfuerzos del gobierno, estamos viviendo una forma de anarquía.

Para avanzar

Por supuesto, tenemos que superar el problema, y para eso hay que avanzar. Estas son mis ideas.

  1. Lo primero es aceptar todos, y no de la boca hacia afuera, que efectivamente tenemos un problema grave. Como cuando uno va al psicólogo o al médico debe partir por definir el problema. No sirve que todos se victimicen y culpen al otro de sus desgracias. Es un problema nacional, es decir de todos.
  2. Lo segundo es aceptar que cualquiera que sea la solución, esta debe ser de unidad o muy mayoritaria, si no, no es efectivamente una solución. Cuando digo mayoritario estoy pensando en un 75% de acuerdo mínimo y eso debe ser acordado como condición desde el inicio. Eso obliga a que casi todos estén consultados y de acuerdo. Quien se niegue a esta premisa, es que no quiere realmente lograr la solución y quiere imponer su propia posición, lo que es una mala solución.
  3. Dado lo anterior, también debemos aceptar que la solución debe ser esencialmente racional. Es la única manera de entenderse. Debemos dejar las pasiones al lado por un ratito, ya que es ahí donde estamos empantanados. La razón no se conlleva muy bien con el fundamentalismo ni con las emociones. La razón es el peso de la lógica dentro de la consciencia. Y no basta sólo la coherencia lógica (teórica), se requiere también la consistencia, es decir, la correspondencia con los datos o la evidencia disponible. De otro modo volvemos a las creencias subjetivas y ahí nos empantanamos de nuevo.
  4. Además de racional, la solución debe mirar al futuro, no al pasado. No queremos volver al pasado, ya que ahí está la raíz del problema, la herida, y cuando retrocedemos como ahora, las cosas se ponen siempre peor, ya que se abre y sangra la herida.
  5. Necesitamos una organización adecuada para discutir y negociar la solución, y eso requiere líderes y administradores a cargo, que es el problema urgente: nadie está aún validado para ello. El congreso ya no es representativo de casi nadie. Las asambleas y cabildos no son solución hasta que encontremos líderes confiables que las convoquen, las monitoreen, y ordenen inteligentemente los resultados. La derecha no va a participar jamás en las tradicionales asambleas manipuladas de la izquierda. La izquierda no va a participar tampoco en las comisiones de técnicos que tengan resultados vinculantes, como le gustaría a la derecha.
  6. Debemos concordar que el populismo nunca es solución; pan para hoy hambre para mañana. La tentación populista está siempre presente en estas crisis.

La propuesta

Por todo ello yo creo, de buena fe, que la salida real es la de un gobierno de unidad nacional, con generosidad y que convoque el apoyo de al menos al 75% de los representantes políticos de hoy. Los fundamentalistas deben quedar fuera, ya que la clave es transar y acordar para avanzar. Los dogmáticos por definición no pueden ni saben transar nada. Dogmáticos son aquellos que proponen avanzar sin transar o quienes quieren imponer sus ideas por la fuerza. También tienden a ser dogmáticos los que saben menos y no tienen suficiente experiencia de vida. Estos se aferran a lo poco que creen saber como verdades reveladas y tienden a tener posiciones mesiánicas. Para cambiar el mundo uno debe cambiar primero.

Para que eso ocurra, no sólo deben los opositores aceptar ser parte de ese proyecto, lo que les da autoridad y poder, sino que los que hoy están en el poder deben aceptar reducir el suyo. Esto último creo yo es más difícil que lo primero.

En concreto, deben entrar al gobierno, en acuerdo con los partidos, ministros y otros cargos, personeros de la DC, PPD, PR, y PS. Es decir, una nueva Concertación con la derecha. El poder debe ser equilibrado y la agenda pre acordada y única, al menos por un periodo mínimo. Los grandes temas de esa agenda, son a mi juicio los siguientes:

1.Cómo garantizar un crecimiento mínimo, que es la madre de todas las batallas re distributivas, por el empleo, la calidad de vida, y la infraestructura colectiva.

2. Terminar gradualmente con las concentraciones excesivas de poder, que en términos prácticos significa tres grandes cosas:

Evitar la concentración económica excesiva por industrias, y tener una excelente regulación que no permita los abusos, pero no liquide a las empresas.

Reducir significativamente el poder de la política que es el que más ha crecido en los últimos 30 años, y que día a día consume mas recursos, aprobados por ella misma.

Empoderar paulatinamente a las organizaciones civiles intermedias, fortalecer los municipios y las decisiones regiones donde efectivamente se puedan resolver la mayoría de los problemas reales y cotidianos. Las decisiones se deben acercar a los problemas.

3. Mejorar significativamente Fonasa y el sistema público de salud como un punto específico.

4. Focalizarse intensivamente en la calidad de la educación para el siglo 21, y especialmente la diversidad educativa que es clave en la edad del conocimiento.

5. Modernizar el estado en serio: justicia, equilibrio de poderes, digitalización, menos ministerios, más entidades independientes de verdad, no estado empresario sino regulador y fiscalizador, etc.

6. Niños y adultos mayores con la prioridad social que les corresponde.

7. Terminar de erradicar la pobreza, para focalizarse definitivamente en la clase media y las oportunidades.

8. Enfrentar de verdad el cambio climático y tomarlo como oportunidad, y que es mucho más cercano de lo que se piensa.

9. Transparencia y accountability de verdad.

10. Construcción de un nuevo pacto social de largo plazo basado en los puntos anteriores y aprobado finalmente por al menos el 70% de los votantes habilitados, no el 50% mas 1 voto.

Epílogo

Ese gobierno de unidad que sugiero es muy difícil, lo sé. Requiere una nueva forma de organización y funcionamiento del gobierno. Pero el premio de lograrlo significa paz social y claramente progreso sostenido por al menos un par de décadas. Chile podría ser un país desarrollado de verdad.

Desafío para los líderes, sabios, y estadistas de verdad en nuestro país.

/escrito por Sergio Melnick para El Líbero

/gap