Muchos son los culpables del odio que enferma a Chile, tantos que habría que utilizar la primera persona plural: nosotros. Contra la absurda tesis de una fecha de inicio y un nombre, un uniforme o un sector político, no hay época ni coordenada territorial donde no se hayan sembrado las bases del resentimiento.
Pero hay una sección ideológica que opera por definición con la mala fe, la mentira y el odio. Su ambición política se define y sostiene en la agitación violenta de masas. Es cierto que detectan injusticias preexistentes en nuestra pobre vida ciudadana, pero al amplificarlas para dividir y sembrar odio, las vuelven monstruosas, deformes, y finalmente falsas. En la crisis de los ’60 esa agitación de masas fue estratégicamente conducida hacia la revolución del proletariado. Gran parte de Chile, repugnando ese destino, presionó a las FFAA para poner fin a un desastroso gobierno y a una aún más desastrosa perspectiva dictatorial marxista.
Una de estas monstruosas falsificaciones es la victimización a manos del régimen militar. Hay suficiente información que establece una verdad histórica sangrienta, brutal, cobarde y deshonrosa en su política de madriguera; líderes y fanáticos antimarxistas cayeron sobre vencidos aún organizados, y en su locura sobrepasaron todo límite viendo enemigos hasta donde no los había. ¿De dónde venía su odio? De la trampa del alma que no se comprenderá si no se completa el cuadro histórico: al odio sembrado por los fanáticos marxistas se respondió con fanatismo antimarxista. Un país inmovilizado por la aplicación del manual de guerrilla urbana, vio sellado su destino por quienes creyeron que al odio y a la técnica guerrillera se les responde con la misma cobardía y deshonor propias del odio.
Pero no es verdad histórica que el régimen militar, en sí mismo haya promovido esta barbarie; es sólo una teoría machacada hasta convencer por insistencia. Participaron en él personas con orientaciones diversas, honorables y respetuosas de la dignidad humana, totalmente al margen del fanatismo antimarxista, y tan víctimas como cualquiera de la monumental obra de desinformación. Las mismas FFAA, en su interior, no estaban comprometidas con la guerra sucia; de hecho, el fenómeno manchó al honor militar desde el instante en que los comandantes ignoraron quien, de entre sus subordinados, era el oficial de seguridad, pues éste se reportaba secretamente a una unidad central de inteligencia. Muchos fuimos testigos de la ayuda prestada por funcionarios del régimen y por altos oficiales para evitar que alguien cayera en manos fanáticas o para que alguien fuera liberado y puesto a salvo.
Nada hubo de honorable en la siembra de odio ni en la cosecha de odio; aún siendo verdad la necesidad de enfrentar una guerra de guerrilla, fue estúpido mancharla de deshonor.
Lo que nadie hoy está dispuesto a decir con claridad es que la guerrilla continúa. La propaganda y la desinformación reemplazaron por ahora a la lucha callejera, pero con el mismo odio a la vista. Sólo se ha perfeccionado el método. Ahora se escoge permear al poder encargado de administrar justicia con agentes de venganza, capaces de enmascarar su razzia en basura jurídica que pervierte los mismos fundamentos del derecho: juicios por figuras legales de ficción, negación de las mínimas formalidades a la defensa, sentencias bajo la manga, y luego un ensañamiento inhumano con los sentenciados. Estos procesos han sido construidos por la propaganda para que masas morbosas vociferen la atroz culpabilidad de quienes no han sido siquiera encausados, destruyendo su honra; en esas condiciones un juicio bajo la mirada odiosa de grandes masas sólo puede confirmar la sentencia condenatoria, asegurando además que ninguna voz se levantará en defensa de inocentes, ni entre los más cercanos, para evitar ser también tildados de torturadores y asesinos. Pero, ¿son realmente culpables? ¡Pueden ser inocentes!, y a nadie parece importarle. El execrable método es aplicable a todo quien no forme parte de la coalición de izquierda, y a más de algún demócratacristiano.
Esta sed de venganza no es todo. El artefacto de propaganda alcanzó una inercia electoral imposible de frenar. Muchos funcionarios públicos y representantes electos dependen de esta rítmica aberración judicial para conservar viva en la memoria del votante su condición de víctimas y de únicos referentes válidos de la justicia y el respeto de los derechos humanos. Si abandonan esta lógica de masacre, perderán no sólo esa victimización morbosa y sus votos asociados; se destapará de inmediato la falsificación de antecedentes históricos y judiciales, manchando a todos quienes estuvieron detrás de este macabro circo.
Aún la mal llamada “derecha” política, arrastrada a las puertas del hades por esta campaña, está inmovilizada, perturbada y aterrada del triángulo en su chaqueta que rotula “torturador” y “asesino”. Sus cabezas, carentes de fuerza moral, ya no son líderes; se ha vaciado la escena política de verdaderos líderes, de personas íntegras y honorables. Anulados por intereses cruzados y por estas pesadillas que les perturban, abrirán la boca para repetir las mismas consignas de la infame campaña, pues temen ese triángulo más que a la misma muerte. Debilitados en lo esencial de un líder, el honor, nada valen moralmente ante un electorado irreflexivo y morboso prefiriendo a torturado que a torturador sin hacer demasiadas preguntas.
He aquí el contexto donde Cristián Labbé comienza a sufrir en carne propia el afán de venganza. En semana santa él ha sido llamado a las fauces de esta fiera revestida de legalidad. Se le cuelga haber perpetrado un crimen ocurrido en Chile mientras él estaba en un país lejano. Nada importará, ni los antecedentes debidamente presentados por su defensa, porque estos son juicios políticos cocinados en fuego electorero por la más tóxica de las razones: la adicción al poder mezclada con el fanatismo ideológico. Cristián Labbé, coronel en retiro del Ejército de Chile, con alto grado académico en ciencias políticas, académico y brillante gestor en su carrera política, había alcanzado un peligroso sitial como líder; de hecho, su mayor peligrosidad era su votación. Derechas e izquierdas, por las anteriores razones, tras el botín electoral (votos) y el botín estatal (poder y dinero), no defenderán a este hombre de honor, antes bien, guardarán silencio.
¿Qué harán en la familia militar? ¿Qué harán sus votantes, o sus amigos? ¿Qué hará todo quien alguna vez le admiró su aplomo e integridad moral? ¿Callarán ante el siguiente en la lista de la venganza? Aunque esta pobre voz que se alza pueda ser hasta indeseable, es un paso en la dirección correcta: es suficiente de cobardías y cálculos interesados, es hora de levantar la voz para decir ¡basta!
José Antonio Amunátegui Ortíz
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