La respuesta fisiológica de la ira se caracteriza por un incremento de la frecuencia cardiaca y la tensión arterial sistólica, entre otros factores.

Esta emoción también produce un aumento de los niveles de testosterona, a la vez que disminuye los de cortisol.

Por su parte, el cerebro muestra una mayor alteración del hemisferio izquierdo.

La inducción de emociones genera cambios profundos en el sistema nervioso autónomo y en el sistema endocrino. Se altera también la actividad cerebral, en especial en los lóbulos frontales y temporales. Tal como Charles Darwin (1809-1882) ya señaló, cada una de las seis emociones básicas —felicidad, tristeza, sorpresa, aversión (asco), miedo e ira— se acompaña de patrones de respuesta fisiológica específicos.

Así, en el caso concreto de la ira, la respuesta fisiológica se caracteriza por un incremento de la frecuencia cardiaca y la tensión arterial sistólica, además de un aumento de la resistencia vascular periférica, de modo que la tensión arterial diastólica sube (al contrario de lo que sucede con el miedo).

En el sistema neuroendocrino, el efecto de la ira y de la agresión ofensiva (en humanos y en primates no humanos) supone unos niveles altos de testosterona (hormona vinculada a la conducta agresiva y dominante), así como niveles bajos de cortisol.

Ya en el sistema nervioso central, destaca la actividad cerebral asimétrica de los lóbulos frontales que se produce cuando experimentamos emociones. En este contexto, existen dos modelos conceptuales. Por un lado, el modelo de valencia emocional, según el cual la región frontal izquierda del cerebro se halla implicada en la experiencia de emociones positivas, mientras que la región frontal derecha se relaciona más con las emociones negativas.

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