Los trabajadores de las fuentes de soda de Plaza Italia miran con resignación cómo un grupo de escolares empieza a reunirse a los pies del monumento al general Baquedano. Hace 23 días -desde el inicio del estallido- que no tienen clientes y deben abrir en horarios acotados. Lo peor, dicen ellos, es que la situación no parece cambiar.

Quienes transitan por el sector tienen apenas unas pocas horas de relativa tranquilidad durante la mañana. Los vecinos abren sus ventanas para aprovechar que el aire no tiene el ardor de las lacrimógenas y los comercios intentan maximizar las pocas ventas que tendrán en el día.
El pasto del Parque Bustamante perdió el verde y ya no queda espacio en las murallas para rayar nuevas consignas. En algunas veredas encontramos restos de municiones usadas por Carabineros para dispersar a la multitud, así como las piedras que esta les devuelve.

“Se perdió el número de clientes en un 80%. El flujo diario era de 30 pasajeros y ahora hemos tenido días en que solo llegan tres (…).
Estoy de acuerdo con lo que se está luchando, pero de esta manera nos estamos haciendo daño a nosotros mismos”, comenta Sandra Contreras, trabajadora de un hotel en calle Eulogia Sánchez.

FOTO: AGENCIA UNO

A una cuadra, en una pequeña peluquería en Ramón Carnicer, Carlos nos intenta expresar lo mismo con una pregunta. “¿Quién va a venir a cortarse el pelo con lo que está sucediendo?”, dice. Su puerta de vidrio fue trizada por un piedrazo que salió de alguna manifestación, no sabe de cuándo. Un día llegó y estaba así.

“Apoyo las protestas, pero esto tiene que parar”, agrega.

En esa misma manzana está la casona Schneider, el edificio patrimonial que se quemaría en medio de las manifestaciones del viernes 8.
Los hoteles, cafés, restoranes, librerías y almacenes del barrio están en la misma situación, funcionando a media máquina, ensayando una normalidad ficticia.

Algunos alumnos pretenden que las clases en el Preuniversitario Pedro de Valdivia sigan como siempre -o como antes-, pero todo depende de los desmanes. Es casi una cuestión de azar. Cuando la situación se vuelve caótica deben cerrar todo y explicarles a los estudiantes que deben irse. Hay rezagados que llegan hasta la entrada en medio de los enfrentamientos y se deben devolver raudamente al encontrarse con puertas cerradas.

La calma de la mañana es frágil. A partir de las 11 empieza el movimiento. Al grupo de alumnos se suma un coro de músicos para hacer una intervención artística. Cantan canciones de Víctor Jara, Violeta Parra y Los Prisioneros. Por el lado pasan autos tocando sus bocinas en apoyo.

Y una hora más tarde llegará Fuerzas Especiales a dispersar a la masa. La rutina no cambia: bombas lacrimógenas, el carro lanzaguas, encapuchados, insultos y piedras que van y vienen; una manifestación ciudadana que a ratos se vuelve un caos.

Un día más en el barrio.

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Esta tarde se espera que el foco de las marchas se desplace hacia Providencia, después de casi tres semanas de movilizaciones ininterrumpidas. “Me alegra que no sea en la Plaza Italia. Los vecinos me decían ‘intendente, aquí veníamos con nuestros nietos, nos venían a ver, salíamos del departamento y disfrutábamos al lado del Café Literario que quemaron’ (…). Hay áreas verdes, plazas, todas vandalizadas con pintura, grafitis, bancos destruidos”, dice el nuevo intendente de la Región Metropolitana, Felipe Guevara.

Sin embargo, nuevamente se vislumbran enfrentamientos. “Este escenario es de todos los días. Independiente de que las marchas estén convocadas en otras zonas de Santiago, acá siempre se congrega gente”, cuenta María Silva, periodista que vive y trabaja en el sector.

Plaza Baquedano. Foto: Agenciauno.

PLAZA BAQUEDANO. FOTO: AGENCIAUNO.

Caminamos con ella desde su trabajo en Lastarria hasta su departamento en Parque Bustamante. Por el camino nos cruzamos con negocios y bancos que han sido saqueados. La gente entra a mirar como haciendo turismo negro. Aquellos que han sobrevivido cubren sus vitrinas con planchas de madera, intentando evitar los ataques.

Avanzamos unas cuadras y nos encontramos con una incipiente barricada. En la esquina con Vicuña Mackenna está lleno de gente manifestándose. Carabineros está cerca, vigilando.

Es fácil adivinar lo que se avecina.

A nuestro alrededor, varios trabajadores corren apurados al Metro. La jornada laboral termina a las 14 horas.

Cruzamos rápidamente en dirección al Teatro de la Universidad de Chile. “Tengo muy claro por qué se ha sostenido este campo de batalla 24/7 en Plaza Italia. Y se debe a una violencia policial desatada a la que algunos -no todos- responden con más violencia. Entiendo que si los carabineros ven a un grupo de personas saqueando o quemando un lugar tengan que actuar, pero he visto con mis propios ojos que hay personas manifestándose pacíficamente y ellos pasan y los mojan o tiran gas con el ‘zorrillo’”.

Mientras apuramos el paso, María presta atención a una canción que se escucha a unos metros de ahí. La tararea. “Es como villera, de fútbol, me gusta”, comenta.

Vamos llegando al departamento cuando vemos un tumulto que se acerca repentinamente desde el Parque Bustamante y entra a nuestra calle. Corremos a la puerta y entramos al edificio. Desde la ventana se ve cómo la calle se ha transformado en un campo de batalla.
“Todo lo que acabamos de ver es mi rutina diaria desde hace varios días. Y creo que la violencia por parte de Carabineros ha ido escalando. La primera semana en nuestra calle tiraban una lacrimógena, la siguiente un poco más, pero esta última semana es casi durante todo el día y están más fuertes”, comenta María.

En los primeros días, tras el estallido social, trabajó desde su casa. Una rutina desgastante, asegura, encerrada durante todo el día. “Hay gente que viene a las marchas y vuelve a su barrio tranquilo, hay otros que por alguna razón no lo hacen y comentan por las redes. Yo con mi pareja estamos todo el día en esto, para nosotros mirar la tele o mirar por la ventana es lo mismo. Salimos a trabajar y el olor que sentimos es una mezcla entre lacrimógena y orina. Todo esto te empieza a afectar emocionalmente”.

Entre las 17 y las 21 horas se intensifica la violencia. “Trato de entrar y salir lo menos posible en ese horario, porque hacerlo es respirar una bomba lacrimógena seguro”.

María recuerda especialmente a una pareja de papás jóvenes, encerrados en el auto con su hijo de solo unos meses. Llegaron al barrio justo cuando comenzaron los disturbios. No se pudieron bajar en mucho rato.

Entre los vecinos del edificio se han organizado para levantar un recurso de protección por todos los daños causados en el barrio a partir del 18 de octubre, una fecha difícil de olvidar.

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De estilo art decó, los edificios Turri fueron construidos en 1929 y se convirtieron en un hito arquitectónico de Santiago. En su primer piso funciona el Teatro de la Universidad de Chile y justo a fuera está la entrada de la Estación Baquedano, que lleva un par de semanas clausurada.

Acá llegó a vivir el ingeniero civil y analista político Davor Mimica, en 2011. “Esta zona no es como una plaza cualquiera. Parte de la razón por la que vivo acá es por eso. Por supuesto que también es la muy buena movilidad. Los problemas y los costos, que son grandes, son mucho menores a los beneficios de vivir acá. Mi principal razón es porque es un espacio republicano. Siento que de alguna manera soy parte de muchas cosas”, nos dice.

Escrito para La Tercera por: María José Salas y Fredi Velásquez

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