• Esta semana pasó un tsunami por la región: tensión creciente en Chile y una crisis política en Bolivia que terminó con el golpe de Estado y posterior asilo de Evo Morales en México. El asilo tiene sentido a la luz de la historia de Bolivia: de los 65 presidentes que gobernaron ese país, muchos de ellos fueron asesinados después de dejar el cargo. Dicho de otro modo: apenas siete mandatarios quedaron con vida después de haber sido presidentes. Tiene lógica entonces que Evo Morales haya optado por el asilo político.
  • Bolivia es un país turbulento y con una dinámica muy propia de la que en la Argentina sabemos poco. Sabemos mucho de los abusos de poder en Venezuela pero poco los de Evo Morales, tal vez porque durante muchos años la economía boliviana funcionó bien: Evo redujo significativamente la pobreza y hasta era elogiado por el Fondo. Mientras todo eso sucedía, Morales se dedicaba a forzar las instituciones hasta desembocar en un fraude que terminó en un golpe de Estado.
  • La salida de Morales del poder, más la probable derrota del Frente Amplio en Uruguay, complica los planes de Alberto Fernández para configurar una frente progresista en la región. Lo sorprendente aquí fue la reacción de Fernández, que en los últimos días pareció “cristinizarse”. ¿Por qué? Lo primero que hizo fue atacar con dureza a Donald Trump, del que dependemos tanto para renegociar la deuda con el Fondo como para restablecer el vínculo con Jair Bolsonaro, nuestro principal socio comercial en la región. La posición de Trump es polémica y ciertamente patética teniendo en cuenta la historia de las dictaduras en América latina y su pasado de sangre. Pero pelearse con Estados Unidos no parece el mejor negocio para la Argentina en las difíciles circunstancias económicas por las que atraviesa el país.
  • Esta semana Alberto Fernández dijo algo que puede alejarlo de los sectores moderados: “Ojalá que Máximo Kirchner sea presidente”. ¿Por qué lo dijo? ¿Una concesión a Cristina? ¿O Alberto se cristinizó? A esto habría que agregarle su novedoso discurso sobre el lawfare y su también novedosa caracterización de los periodistas como ejecutores de los intereses económicos de los medios: es decir, lo que piensa Cristina. ¿Por qué se corrió del eje de moderación que venía sosteniendo?. Los amigos de Alberto lo explican así: “Esto es producto del encuentro con el Grupo de Puebla, que está redefiniendo su identidad de centroizquierda porque sabe que no podrá hacer grandes modificaciones en la calidad de vida de la gente. Se aferra a valores simbólicos identitarios y el lawfare es uno de ellos”.
  • La transición parece detenida. El equipo que Alberto designó cuando ganó, no parece estar activo cuando falta menos de un mes para la asunción del nuevo gobierno. Gustavo Béliz, uno de los convocados por Fernández, no se puso en contacto con nadie del Gobierno ni tampoco recibió directivas para hacerlo. No sucede lo mismo en todas las áreas del Estado, es cierto, pero lo que hay es cierto desapego que desorienta un poco teniendo en cuenta la gravedad de la situación económica.
  • Así como Mauricio Macri supuso con su llegada que podía resolver la inflación y atraería como un imán una lluvia de dólares, Alberto cree algo parecido: su gobierno devolverá calidad de vida a los argentinos como en tiempos de Néstor Kirchner. Del plan económico sabemos poco y nada. ¿Estrategia o no tiene idea de qué hacer?. Un amigo de Fernández me lo contaba así: “Pura estrategia: la sorpresa y la imprevisibilidad son factores esenciales en el peronismo. Alberto Fernández, como príncipe peronista, debe cultivarlos”. Si hay un príncipe peronista: ¿será que Cristina Kirchner es la reina?
Por: Laura Di Marco para La Nación de Buenos Aires