A casi 40 días del estallido social en Chile, el desafío “el que baila, pasa” se popularizó entre los manifestantes. En la mayoría de las ocasiones, el “juego” que involucra a los automovilistas concluyó con abrazos y sonrisas de lado y lado. Aunque también fue motivo de conflicto y reacciones políticas.

“Cuando una manifestación pacífica se toma la calle y obliga a los conductores a bajarse y bailar para poder seguir avanzando, deja de ser pacífica”, aseguró hace algunas semanas la vocera de Gobierno, Karla Rubilar. “Es humillante y violento. Por eso, el respeto es el mejor legado que le podemos dejar nuestros hijos”, añadió la secretaria de Estado.

Karol Cariola bailó en Ruta 68

Para bien o para mal, entre los “el que baila, pasa” más recordados están los casos del ciudadano norteamericano residente en Chile, John Cobin, quien disparó contra un grupo de manifestantes en Reñaca, y el de Mari Almazabar, quien se la jugó con una osada performance.

Anoche, la diputada Karol Cariola también fue interceptada por un pequeño grupo de manifestantes en la Ruta 68, cuando regresaba a bordo de un vehículo desde el Congreso. El hecho fue grabado por el ex concejal de Peñalolén, Juan Urra, quien acompañaba a la parlamentaria.

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Karol Cariola Oliva@KarolCariola

Anoche, de vuelta del cerca de las 21:15 comenzó un taco. Luego de 40 minutos d avanzar nada, en la carretera, un grupo de gente pedía el … Me dio risa, me bajé, bailé, una niña me reconoció, me abrazó y luego me fui. 😅😅✊🏼✊🏼👏🏼👏🏼

https://youtu.be/g8wVz-t6-Aw
¿Sabrá la diputada Cariola que esta “ocurrencia tan simpática” era una humillante práctica nazi, como lo demuestra la escena de la película El Pianista que reproducimos al comienzo de esta nota?
La invitamos a leer la siguiente columna publica es un medio ideológicamente cercano a ella como es The Clinic:

Escribe Aïcha Liviana Messina

Profesora titular Universidad Diego Portales

Desde hace varios días, la televisión se ha hecho cargo de hacer pública cierta indignación (¿social? ¿o meramente sectorial?) producida por el fenómeno de “el que no baila no pasa”, que podemos escuchar también en la forma de “el que baila pasa”. Con esta consigna o canto, las y los manifestantes redefinen las reglas de la circulación. En una ciudad donde, por razones excepcionales, masivamente no hay semáforos y donde faltan muchas señaléticas, la regla, impuesta directamente desde la calle (entonces violentamente) es la siguiente: el o la que sale de su auto a bailar puede pasar; el o la que no baila, no pasa.

La regla es simple. Muchas veces (al menos por donde yo vivo) es acogida con buen humor. Los y las conductores y conductoras del auto salen a bailar. Se unen a los manifestantes. Manifiestan, con su cuerpo, solidaridad con los movimientos sociales. Otras veces, es vivida con molestia, sea porque hay personas a quienes les cuesta bailar, sea porque hay personas apuradas (o que se consideran más apuradas que otras), sea porque hay personas que no quieren manifestar solidaridad. Están apestados con el movimiento social. Ven esta consigna como la prueba del “pensamiento único” (que llaman “fascista”). Algunos analistas afirman incluso que esta consigna y practica es nazi, pues de alguna fuente que ni siquiera hacen explícita, creen saber que en la Alemania nazi también los judíos pasaron por esta consigna, este canto, esta invitación….

¿Es justo comparar la consigna actual, formulada en el contexto de las movilizaciones sociales que “estallaron” en Santiago en octubre, con una práctica nazi?

Compartiré algunos argumentos (simples) para explicar por qué considero esta comparación hermenéuticamente inepta, socialmente grave, políticamente condenable.

Comparar consignas requiere por lo menos preguntarse si los contextos en los que son formuladas son comparables. Ahora bien, ¿es necesario recordar que cuando los nazis “invitaban” (!) a los judíos a bailar, lo hacían en un contexto de humillación social y dentro de un proyecto político de exterminación.

En este caso –de excepción, tampoco se va a eternizar esta práctica–,que tiene lugar actualmente en Santiago, la consigna pide, no sin producir molestia, por cierto (y si ha habido personas lastimadas es justo que hayan querellas), solidarizar con un movimiento que nos pone frente a demandas muy sencillas pero muy fundamentales, y que no consiguen con tanta facilidad como parece creerse, tener voz en el espacio político.

Celebrar que las reglas del tránsito no las decidan quienes ironizan (¡levántense más temprano!) frente a quienes se rebelan luego del alza del precio del transporte, es una acción política que busca, por un rato, hacer reflexionar sobre el hecho de que incluso algo tan básico como circular en la ciudad y poder dirigirse a su trabajo o desde su trabajo a su casa en condiciones dignas no es dado a todos y a todas. ¿Es necesario recordar que hay mujeres embarazadas que caminan desde Maipú hasta La Vega, o que los recolectores de basura están pidiendo algo tan básico como el “derecho a baño”? ¿Son comparables estas demandas y la celebración que sí requieren con una práctica nazi? ¿No se entiende que celebrar una demanda política es celebrar la posibilidad –a veces solo momentánea– de salir de la soledad de una condición cuando en cambio el nazismo implicó, para los judíos (y no solamente para ellos), la destrucción de un mundo?

Esta comparación que han hecho al parecer personas cultas no significa solo confundir solidaridad y exterminio, remite a banalizar la propia violencia del nazismo, el cual implicó, de manera estructural, el negacionismo (el nazismo es un proyecto de exterminio que buscó borrar toda huella del exterminio, y que por ende implicó negarse a sí mismo en cuanto proyecto exterminador). Comparar un baile que celebra la formulación de nuevas demandas sociales con el que tuvo lugar en un proyecto de exterminio es entonces seguirle el juego del nazismo.

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