Sabemos que de Chile podía decirse, hasta el 18 de octubre, que era un país con un elevado desarrollo humano; todavía en el último informe del PNUD (Programa de Desarrollo de las Naciones Unidas) entregado este mes encabezábamos la lista de los países de la región. ¿Qué significa este puesto? Que en Chile se vive mejor que en cualquier otro país latinoamericano y mejor que en otros 147 países del mundo. Cuando hablamos de desarrollo humano nos referimos a la esperanza de vida al nacer, años promedio de escolaridad y años esperados de escolarización e ingreso familiar disponible o consumo per cápita.

Planteado desde otra perspectiva, en términos macro tenemos mejor modelo económico, mejor institucionalidad -léase Constitución- que los demás países latinoamericanos. En la dimensión micro significa que los jóvenes de hoy disfrutan de una abundancia jamás conocida por sus padres ni abuelos. Pero ni las cifras ni la experiencia intergeneracional bastaron para evitar la crisis. Una crisis que ha sido resumida como el agotamiento del modelo cuando, para ser francos, las áreas sensibles que han ocasionado molestias profundas, denominadas “abusos”, presentan una serie de distorsiones producto de una regulación que se ha ido modificando con el tiempo, siguiendo lógicas mercantilistas, muy lejos del espíritu emprendedor de un empresariado competitivo y un Estado subsidiario cuyo fin es regular la competencia en favor de la profundización del mercado. Y una se pregunta: ¿estas fallas de mercado y de regulación del Estado anulan la mejor calidad de vida experimentada por parte importante de los ciudadanos? Claramente no; entonces ¿qué explica el descontento que llevó a las personas a salir a las calles sin importarles que dicho acto legitimara la violencia y destrucción perpetrada por grupos extremos? ¿Cómo es posible que un país con la mayor movilidad social de los países de la OCDE (23% de hijos de padres de bajos ingresos ahora están en el 25% de mayores ingresos de la población, OCDE 2018) y que ostenta el triunfo de haber superado la pobreza (31% en 2000 a 6,4% en 2017, Banco Mundial) hoy esté dispuesto a echar todo por la borda?

“Los de hoy somos los ex pingüinos formando a las nuevas generaciones”.

Entre los chilenos que se descolgaron del modelo tenemos cuatro actores principales. El comunista liberal, el comunicador social, el profesor o académico y los jóvenes. Comencemos por ellos. Nuestros jóvenes son la generación de mayor escolarización que ha existido en la historia del país. En el estallido su participación se funda en un discurso que acusa la existencia de un sistema capitalista, opresor, cuyo modelo económico debe cambiarse por otro en el que el Estado, independientemente de la ineficiencia y el despilfarro que le caracteriza, se haga cargo de las vicisitudes de la existencia humana. ¿Cómo fue que llegaron todos los jóvenes, actores del estallido social, a las mismas ideas, ideas que niegan la realidad de un país donde se vive mejor que en el resto de Latinoamérica? Hannah Arendt pone énfasis en la repetición de la doctrina ideológica y nosotros sabemos quiénes hacen esa pega en Chile: los profesores y académicos que adhieren a la ideología comunista. Como bien dijo una profe, “los de hoy somos los ex pingüinos formando a las nuevas generaciones”. Sin ningún tipo de sanción social, estas confesiones se repiten una y otra vez. Eduardo González, vocero nacional del Movimiento por la Unidad Docente, aseguró este año que el proceso en curso es de «formación de nuevos luchadores sociales» cuyo objetivo es dar continuidad a las movilizaciones de 2006 y 2011.

Desde el jardín infantil a cuarto medio nuestros jóvenes aprenden el discurso de quienes promueven el desmantelamiento del modelo y entienden que los medios para lograrlo se basan en la violencia. O sea que la palabra con la que se persuade a las mayorías es innecesaria o, más lejos aún, las mayorías mismas son irrelevantes si lo que se desea es hacer grandes cambios. Como bien dijo el profesor Fernando Atria en la Universidad de Magallanes en septiembre del año pasado: “las grandes transformaciones no pueden ser acordadas por todos. Pensar así refleja falta de experiencia política”. La idea del académico es que las políticas de perfeccionamiento no logran el derrumbe de las estructuras que sostienen la distribución del poder, sino solo un mejoramiento paulatino que conserva lo existente y eso “no es lo que queremos”.

¿Qué hacer? Hay dos posturas: la del que asume el discurso políticamente correcto, protege su nicho y acepta la erosión de las libertades individuales a cambio de una moneda cuyo pago termina siendo una pauperización de la calidad de vida, en el mejor de los casos, y una destrucción total de las condiciones que permiten la vida, en el peor. Estamos ante parte importante de los comunicadores sociales que, con su adhesión a los discursos políticamente correctos instalados por minorías extremadamente influyentes gracias a su poder de funar a quienes piensan distinto, contribuyen a que perdamos el rumbo del desarrollo y la calidad de vida.

La existencia de estos comunistas liberales me recuerda una frase que escuché muchas veces siendo niña: “la historia se repite, sólo cambian los actores”.

La otra postura es la de quienes dan la batalla por las ideas, aportando a generaciones de jóvenes inquietos que no están dispuestos a comulgar con una religión que saben, destruirá su futuro. No es fácil enfrentarse a los medios, a los tremendos presupuestos del Ministerio de la Cultura, totalmente capturado por la izquierda, ni a una educación que, en lugar de formar ciudadanos y profesionales, adoctrina a luchadores sociales. Tampoco es fácil enfrentarse al cuarto actor de esta crisis; me refiero a los liberales comunistas que Žižek describe como aquellos empresarios capitalistas que apoyan causas comunistas. Sobre ellos el filósofo reflexiona: “¿qué hacer con un hombre que no puede ser sobornado por los intereses de las corporaciones, puesto que es copropietario de ellas, que sabe lo que dice acerca de luchar en contra de la pobreza puesto que se aprovecha de ella, que expresa con sinceridad su opinión puesto que es tan poderoso que puede permitírselo, que es valiente y sabio a la hora de llevar adelante en forma despiadada sus empresas y no considera sus ventajas personales, puesto que ya están todas satisfechas […]?” La respuesta para Žižek se encuentra en Bertolt Brecht: “Escúchanos: sabemos que eres nuestro enemigo. Por ello te pondremos frente al muro. Pero en consideración a tus méritos y buenas cualidades te pondré frente a un buen muro y te dispararemos con una bala buena de un arma buena y te enterraremos con una pala buena en la buena tierra” (Žižek, Sobre la violencia). ¿Y no es acaso eso lo que históricamente ha sucedido con todos los empresarios que apoyaron a los tiranos de turno creyendo que ellos se salvarían? La existencia de estos comunistas liberales me recuerda una frase que escuché muchas veces siendo niña: “la historia se repite, sólo cambian los actores.” Nunca he creído en este tipo de determinismos, pero en el caso del comunista liberal reconozco que mi espíritu escéptico empieza a tambalear.

Escrito para El Líbero por Vanessa Kaiser, Acádemica Universidad Autónoma

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