Como nuevos jugadores de peso en el convulso tablero de Oriente Medio, Rusia y Turquía hacen todo lo posible para que sus intereses no terminen enfrentándoles. Aunque en Siria y en Libia se han alineado en bandos opuestos, Moscú y Ankara quieren preservar una alianza que van forjando en medio de fuertes tensiones pero que les compensa en una esfera global.

Una delegación turca ha visitado esta semana la capital rusa. Se suponía que las conversaciones iban a ser un trámite más, pero según el diario Védomosti se han alargado tres días debido a las complicaciones para acoplarse en los dos escenarios bélicos. El equipo turco, encabezado por el viceministro de Exteriores Sedat Önal, y el ruso, que ha dirigido su homólogo Mijaíl Bogdánov, han intentado alcanzar un compromiso que satisfaga a ambos.

Desde que en septiembre del 2015 el Kremlin diera apoyo aéreo al Gobierno de Damasco, Rusia se ha ido convirtiendo en el principal hacedor en la guerra civil de Siria. Ha sido clave para que el régimen de Bashar el Asad recuperarse el control de casi todo el país.

En los últimos años el principal foco de tensión se encuentra en la provincia de Idlib (noroeste), donde resisten grupos islamistas y opositores a Damasco. Las buenas relaciones entre Ankara y Moscú hicieron que se atendieran los deseos de Turquía de no lanzar un ataque masivo sobre Idlib, lo que habría provocado que decenas de miles de personas buscaran refugio en suelo turco. Pero las noticias de la semana pasada indicaban que los ataques del ejército sirio con apoyo ruso iban a más.

El mes pasado Turquía firmó dos acuerdos con el Gobierno de Acuerdo Nacional que lidera Fayez el Sarraj, uno sobre seguridad y cooperación militar y otro sobre las fronteras marítimas en esa región del Mediterráneo. Para un país al que la historia ha ido creando enemigos en esa región, el acuerdo marítimo supone salir del aislamiento. Y más teniendo en cuenta que está aumentando las prospecciones en busca de recursos naturales en alta mar ante la oposición de vecinos como Grecia.

El pacto militar intenta fortalecer al Gobierno de Trípoli, asediado desde abril por las tropas del general rebelde Jalifa Hafter. El país norteafricano es un Estado ingobernable desde el asesinato de Muamar Gadafi en el 2011. La actual guerra civil es la segunda desde entonces y comenzó tras las elecciones legislativas del 2014. Enfrenta al gobierno de Serraj y al llamado “gobierno de Tobruk” que defiende Hafter.

Las buenas relaciones que Rusia y Turquía mantenían desde el fin de la URSS se han visto sobresaltadas desde que el presidente ruso, Vladímir Putin, decidió apoyar a El Asad en la guerra civil siria. Al presidente turco, Recep Tayyip Erdogan, alineado como estaba con la oposición siria, le gustó poco ese avance de peones. Sus críticas no provocaron ninguna hecatombe pero sí que la hubo cuando en noviembre del 2015 dos aviones de combate turcos derribaron un caza ruso en la frontera entre Siria y Turquía. Uno de los dos pilotos rusos falleció, Moscú puso el grito en el cielo y Putin llegó a hablar de “puñalada por la espalda”.

 

Rusia impuso sanciones comerciales a Turquía, suspendiendo entre otras cosas los vuelos chárter que cada año llevan a millones de turistas rusos a disfrutar de las playas turcas. La crisis provocaba preocupación en Moscú, ya que aquí se temía que un país poderoso como Turquía pudiese causar daño a los intereses rusos en cualquier lugar.

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