El ambiente exhala desazón, mal humor, pesimismo… ¿Qué pasó? ¿Dónde quedaron los refranes y las cábalas que animaban estas fiestas y que prometían un futuro mejor?… ¡Año nuevo vida nueva! ¡El pasado pisado y, el presente de frente! Y si a eso le agregábamos unas cucharaditas de lentejas, doce uvas y unos calzones amarillos, lo demás sería… ¡tejer y cantar!

Los balances, los recuentos y las proyecciones de estos días dan cuenta de un difícil panorama para el año que comienza… Todo parece indicar que “el horno no está para bollos”.

Digan lo que digan, hagan lo que hagan, no podemos caer en el marasmo, ni en el desanimo al que nos quieren arrastrar los augures de la política. Por lo mismo, esta pluma marcará una vez más sus tintas en: la necesidad de ser optimistas y en la obligación de no rendirse ante la adversidad porque, como dicen en el campo, “aunque el gallo no cante, mañana amanecerá igual”.

No es fácil, claro que no, pero no podemos quedarnos paralizados ante el pesimismo de unos y las amenazas de otros. Unos pocos violentistas constructores del odio, el miedo y la mentira, no pueden amedrentar y acobardar a esa gran mayoría que aspira a vivir en paz y orden, y anhela construir un mejor futuro.

El tiempo está corriendo, lo que no hagamos ahora, mañana será tarde. Cuando llegue el momento de decir si queremos o no tirar todo por la borda, la oportunidad de actuar se habrá acabado. Ahí, no cabrán los lamentos. Este es el tiempo de las “Grandes Esperanzas”.

Se me viene a la memoria “Grandes Esperanzas” (1860), uno de mis libros regalones escrito por el novelista inglés Charles Dickens, cuyo mensaje nos enseña que: nunca debemos darnos por vencidos, porque nada es imposible, y que siempre debemos tener grandes esperanzas y luchar para lograrlas.

Mi ilustrado lector recordará que Dickens nos habla de un jovencito (Pip), quien termina por aprender que la perseverancia y la lealtad es lo más importante en la vida y que, al momento de encontrar dificultades… el camino es uno solo: tener “grandes esperanzas”.

En poco más de tres meses (Abril 2020) nos estaremos jugando el “todo por el todo”. En consecuencia, no caben los ambages, los cálculos políticos, ni mucho menos las conductas eclécticas o acomodaticias. Sólo hay dos posibilidades: o terminamos con este anarquismo y rechazamos tirarlo todo por la borda, o simplemente entraremos en una vorágine de al menos dos años en que la mayoría será presa de una minoría violentista y de una clase política que, renunciando a sus principios y sus valores, se volverá aún más acobardada.

A mis optimistas contertulios les confieso públicamente que tengo “grandes esperanzas”: que la mayoría rechace la idea de “echar por tierra” todo lo construido, y que los “señores políticos” corrijan sus desvaríos y aprendan lo que dice Dickens: “Si por el camino recto no puedes alcanzar tus objetivos, jamás lo conseguirás yendo por caminos torcidos”.

/Cristián Labbé Galilea/gap