2020 es un año prisionero de 2019. Sus rasgos ya están determinados. Un proceso constituyente haciéndose cargo, o no, de la debacle institucional; deterioro de la economía combinada con una cuantiosa agenda social; incertidumbre compartida por esperanzas y pesimismos. Y con falencias de la política y la economía – vaya que las tienen – entrelazadas una en otra como nunca antes.

Un desempleo fuerte votará en el plebiscito. Parte de los que abandonaron la pobreza en estos años, volverán a ella y eso es más que economía. El proceso constituyente pone en compás de espera mucha decisión económica, especialmente sobre inversión y creación de nuevas actividades, aguardando que estén redactadas y oficializadas las nuevas reglas del juego que las regirán. La “agenda social”, con una economía creciendo dos puntos menos del PIB que se proyectaba (unos US$6.000 millones menos al año) y déficit fiscal creciente, es más que política voluntariosa. Un clima de violencia cotidiana, de amedrentamiento a los discrepantes, de descontrol del orden público, de inundación de “fake news”, de ataques y boicots a eventos de la política o a actividades productivas, es el entorno preciso para que el proceso constituyente pierda legitimidad y la economía se deteriore aún más de lo que ya está.
2019 creó conciencia masiva de que necesitamos un Chile menos desigual. Pero el camino para llegar a él se inicia en un angosto desfiladero amenazado por desprendimientos. Pedir responsabilidad en el clima de estos meses, puede motivar mofas y funas. Me importa poco. El peligro de desbarrancarse como democracia y como economía es real. 2020 será un año peligroso para Chile y la irresponsabilidad saldrá muy cara. Lo creo y lo advierto.

Es impresionante lo que ha perdido Chile en poco más de dos meses. El gobierno y el parlamento con su prestigio por los suelos (nadie los quiere, a ambos), el orden público desbordado, la institucionalidad en bancarrota; la economía que se proyectaba creciendo más, lo hará menos y algunos prevén recesión; 140.000 empleos menos en dos meses y seguirá cayendo; importaciones, exportaciones y comercio interno bajando. La violencia, el odio y la desconfianza mutua, en niveles hasta ahora desconocidos. No exageraba el Presidente del Banco Central cuando dijo que podíamos volver 27 años atrás en pobreza y desigualdad. Quienes postulan que nada ha pasado en 30 años, salvo abusos y fraudes, pueden encogerse burlonamente de hombros; pero no será la actitud de quienes lo vivan.

En 2020 se probará si somos capaces de construir como nación un futuro que a todos les valga la pena o si encarnaremos el caso de quien se vio alguna vez exitoso, pero terminó naufragando en sus propias incapacidades. Si el destino fuera éste último, nutriremos “papers” y carreras académicas en todos los idiomas; pero con las víctimas nos quedaremos nosotros. Como ocurrió con la UP.

/escrito por Oscar Guillermo Garretón para La Tercera

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