DE TODOS los aparatos ideológicos con que se sirve el Estado para hacer visible y ejercer su propósito de poder monopólico, los censos deben ser los más anacrónicos. Escribo esta columna para que se lea días después de nuestra última jornada censal, de modo que a nadie se le pase por la cabeza que mi intención es sabotear el “operativo”, que fue como el ministro de Economía, algo policial si no militarmente, describió lo del otro día a su cargo. Es que eso es: el Estado si quiere ser soberano no puede dejar de hacer sentir su peso, y qué mejor manera que empadronar, hacer todo tipo de registros, inquirir sobre asuntos personales, algunos íntimos, no vaya a ser que se diga que en Chile no hay una cabeza que rige y ordena.

A más de alguien puede resultar sorprendente que trate así de sospechosamente una institución de la “República”. Pero, veamos, suele usarse el término república cada vez que se quiere dar cierta validez sacrosanta a actos de Estado que lejos de ser religiosos, son burdamente intrusivos. Y no exagero. El otro día, al país entero se le paralizó con una mera orden administrativa territorial (eso sí que es poder, más potente que terremoto o sanitaria haciendo arreglos) y no es que estemos produciendo a toda máquina como para darnos el gustito de otro “feriado” caro más. Se nos obligó, también, a no movernos de nuestras casas mientras no fuésemos censados so pena de ser multados, y se enviaron una serie de mensajes a extranjeros, vagos y transeúntes. Para empezar, el “todos contamos” que, en verdad, es una manera farisaica de dar a entender que a todos se nos cuenta y computa. No hay Estado que no tenga complejo de panóptico y pierda la oportunidad de vigilarnos. Todo censo aspira a ser un plan cuadrante en grande, gusto de “dirigistas” sociológico-planificadores. En las distintas agencias de Naciones Unidas van a estar encantados con los resultados; esa gente está por empadronar a medio mundo si puede, y conste que Chile es siempre un “test case”, tan “petite”, fácil de auscultar y, en lo posible, rediseñar.

Se suele afirmar, en buena onda, que el propósito que anima los censos es mejorar las políticas públicas. ¿Y no también medir riquezas a fin de redistribuirlas y saber con qué se cuenta? Suponer que los censos no tienen que ver con impuestos o con querer saber con cuánta fuerza de enganche militar se dispone, es no entender qué es, qué ha sido, y a qué el Estado no está dispuesto nunca a renunciar.

La duda que salta a la mente es qué Estado tenemos y queremos. ¿Un Estado añoso, vestigio de absolutismos pasados, asistido por voluntarios y ni tanto (funcionarios públicos conminados por primera vez a censar en nuestra historia)? ¿O instituciones de gobierno que podrían recabar igual información que ya tienen o pudieran conseguir vía otros medios, online desde luego, y no por $50 mil millones? A no ser que la autoridad haya tenido que volverse híper presente porque no se está haciendo respetar como debe, en cuyo caso se entiende, están complicados.

/Columna de Alfredo Jocelyn Holt para La Tercera

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