Un reciente estudio realizado por académicos de John Hopkins Business School, Harvard Medical School y la Facultad de Economía de Duke University ha fulminado la dicotomía de salud versus economía tan comúnmente presentada en los medios de comunicación: “Usamos nuestros resultados para evaluar los efectos a largo plazo de la recesión económica del covid-19 sobre la mortalidad y la esperanza de vida. Estimamos que el tamaño del shock de desempleo relacionado con covid-19 es entre 2 y 5 veces mayor que el shock de desempleo típico, dependiendo de la raza y el género, lo que resulta en un aumento significativo en las tasas de mortalidad y una caída en la esperanza de vida” señala el workingpaper. Más adelante agregan que el total de exceso de muertos derivado de la recesión económica —generada esencialmente por medidas gubernamentales—alcanzaría más de 1,3 millones de personas en los próximos 20 años solo en Estados Unidos. Ante estos hallazgos, los autores afirman que “la pandemia de covid-19 podría tener consecuencias duraderas en la salud humana a través de su impacto en la actividad económica. Interpretamos estos resultados como una fuerte indicación de que los legisladores deben tener en cuenta las graves implicaciones a largo plazo de una recesión económica tan grande en la vida de las personas al deliberar sobre las medidas de contención y recuperación de covid-19”. Aunque no se pronuncian directamente en contra de las cuarentenas e incluso sugieren que salvan vidas, las condiciones que los mismos investigadores plantean para que estas no generan más daños que beneficios en términos de salud son, por diversas razones, inviables en la mayoría de los países. Baste considerar que solo en Estados Unidos la totalidad de muertos por covid-19 no alcanza el medio millón de personas y es probable que se estabilice debido a la campaña de vacunación y a la inmunidad de rebaño desarrollada naturalmente. Ello significa que, si los cálculos del trabajo comentado son correctos, cerca de tres veces más personas, especialmente de minorías étnicas, morirá por la recesión económica derivada de las cuarentenas, cierres y el pánico, que producto del virus. Estas conclusiones probablemente se aplican a otras partes del mundo que han visto destrucción masiva de empleos y caídas colosales del PIB. Pero los daños para la salud de las personas son mucho mayores todavía. En enero de este año la Unicef señaló literalmente que los niños no pueden pasar un año más sin ir a la escuela: “A pesar de la abrumadora evidencia del impacto de los cierres de escuelas en los niños, y a pesar de la creciente evidencia de que las escuelas no son impulsoras de la pandemia, demasiados países han optado por mantener las escuelas cerradas, algunos durante casi un año”, afirmó la organización, añadiendo que el costo de cuarentenas para los niños ha sido “devastador” sobre su salud y capacidades cognitivas. El dramático llamado de la Unicef resume en su mejor expresión lo que ha sido la reacción contra el covid-19 en Chile y otros países: una basada en la histeria, cerrada a la evidencia, guiada por el pánico difundido por medios de comunicación sensacionalistas y la voz de médicos sin visión integral de la realidad. El resultado serán millones de personas que morirán y sufrirán efectos de por vida, sin mencionar la destrucción de libertades y de calidad de vida de poblaciones completas. Las declaraciones del UN-Global Compact en medio de la pandemia dan cuenta de lo anterior. En una de ellas, titulada “El hambre relacionado con covid podría matar a más personas que el virus” la ONU expresaba lo siguiente: “covid-19 ha matado a cientos de miles en los últimos meses. Pero a medida que la crisis sanitaria se convierta en una crisis económica, la escasez de fondos y los problemas de la cadena de suministro podrían provocar que millones más mueran de hambre”. Según estimaciones de David Beasley, director del Programa Global de Alimentos, hasta 300 mil personas podrían llegar a morir al día producto del hambre derivada de la crisis económica. Esto significa que en dos semanas el número de muertos por esta causa superaría la totalidad de muertos por el virus durante toda la pandemia. A lo anterior deben sumarse enfermedades mentales, patologías no tratadas o diagnosticadas a tiempo, vacunaciones no realizadas, abuso sexual infantil, violencia intrafamiliar, obesidad y un largo etcétera de costos de salud derivados de la política del pánico y en los que casi ninguna autoridad o figura mediática pensó al tratar este asunto. Sobre muchos de ellos hay ya estimaciones y números tanto o más devastadores que los mencionados. Los presentados en esta columna configuran parte de la economía de los muertos, esa que los vivos encargados de aplicar y promover medidas en la pandemia ignoraron convencidos de que han hecho lo correcto para proteger la salud de la población.

/Escrito por Axel Kaiser para El Mercurio

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