El archiconocido dilema de Hamlet, aunque trompeteado sin cesar por las imperecederas glorias de la dramaturgia, es baladí en comparación con el de la Democracia Cristiana. “Ir o no ir” a primera vuelta, o dicho de otro modo “ir o no ir” a primarias, tiene mucho más peso que la pregunta acerca de los beneficios comparativos y respectivos de estar vivo o muerto, interrogación irrelevante porque no es cuestión optativa; moriremos de todos modos ya sea hoy por propia mano o en algún futuro por el azar de un accidente o la acción de la naturaleza, opciones que en la inmensidad del tiempo y la brevedad de la vida vienen siendo lo mismo; inevitablemente se verá -o no- qué era más conveniente. Además se trata de un dilema privado que no le interesa a nadie. Lo de la decé, en cambio, sin duda alguna es asunto de mucha mayor gravedad y amplitud. Después de todo están en juego “destinaciones” al servicio de la patria, esto es, cargos de representación en el Congreso, pegas en La Moneda, pitutos de múltiples orígenes y un largo listado de negocios conocidos o desconocidos; en breve, el dilema en este caso implica nada menos que la prosperidad o quebranto financiero y laboral y quizás hasta espiritual de miles de titulares y sus familias, esto es, no menos de un cuarto de millón de ciudadanos o quizás más considerando la prodigiosa fertilidad de las familias decé. Y todo eso depende siquiera en parte de Carolina Goic, decidida, tal parece en este minuto, a probar suerte en primera vuelta como candidata presidencial de la Democracia Cristiana y de quien se pliegue a su convocatoria. El asunto merecería un capítulo en el recordado libro de Stefan Sweig Momentos estelares de la Humanidad si acaso el autor resucitara, lo reeditara y estuviera inclinado al humor.

¿Cree ella posible instalar algún día su bella estampa y partes anexas en el sillón presidencial? Difícil, pero quién sabe. Una cosa es lo que le diga su calculadora de bolsillo y otra su corazón. Este columnista vio una vez al insigne historiador marxista Luis Vitale, incomparablemente más inteligente que toda la clase política nacional sumada y multiplicada, quien, mientras se candidateaba sin la más mínima chance para el cargo de rector de la Universidad de Chile, de súbito se hizo entusiastas esperanzas porque en unas “once” que organizaron sus adherentes asistieron un par de docenas de académicos. La esperanza no sólo es lo último que se pierde, sino lo primero que se contagia.

Los motivos

Probablemente hay en la mente de Carolina y la de sus partidarios una mezcla de motivos dando vueltas junto a dicha posible aunque microscópica esperanza. Deben pensar que los votos obtenidos en una hipotética primera vuelta aun no siendo muchos valdrían su peso en oro cuando se hiciera ostensible -si se hace ostensible- que ni el abanderado de la NM ni el de la oposición lograron mayoría absoluta. O como mínimo deben pensar que la sola amenaza de que eso pudiera suceder valorizará dichos eventuales votos aun antes de que existan, aun antes de siquiera acercarse la primera vuelta, mucho antes de todo eso, en plena etapa de negociaciones. Es lo que le “palpa en el corazón” a Guillier que motiva a Carolina y sus seguidores. La premisa que da sustento tácito a la estrategia de Carolina es que los votantes decé son tan sumisos como eran los campesinos decimonónicos que votaban según las instrucciones del patrón, premisa de larga data y tan obsoleta como los personajes agrarios de los cuentos y novelas de Eduardo Barrios y Mariano Latorre. Aun así se asume que un partido, cualquier partido, es como dicho literario patrón de fundo y como tal dueño de la conciencia de sus electores. Esa mirada con olor a Gran Señor y Rajadiablos es prima hermana de la del cacique político que aun hoy ve las circunscripciones electorales como feudos a los que se destina al candidato que se les frunza. Isabel Allende ha usado y abusado de esa perspectiva, implícitamente tan despreciadora del vulgo; lo mismo pretenden hacer ahora José Miguel Insulza y muchos más.

La refutación

Quienes no creen en la vigencia de tan venerable premisa no tienen temor que llegue el día cuando supuestamente la candidata muestre su Escalera Real, porque están seguros de que no existirá. Si Carolina va a primera vuelta, razonan, cualquier monto de votos que saque NO se irá adonde ella quiera sino se dividirá conforme a la inclinación natural de los votantes de esa confesión, unos dos tercios hacia la izquierda y un tercio hacia la derecha o en proporciones parecidas, lo cual eventualmente sucederá, en segunda vuelta, CON o SIN su candidatura presidencial. Suponiendo que se atreviera -casi imposible- a convocar a “su” electorado contra la NM o siquiera insinuara una abstención, dicha proclama caería en el vacío y no afectaría esa matemática. Si va a primera vuelta, le advierten, se encontrará manejando un tesoro ilusorio, votos fantasmales, sumisos electores-campesinos que no existen. Peor aun, lo que sí manifestará una presencia es la ausencia de la decé en la lista parlamentaria de la NM. Como dice el refrán, se quedarán “sin pan ni pedazo”.

Contrarrefutación

Ese argumento, aunque políticamente razonable y quizás infalible, puede ser objeto de una con- trarrefutación inspirada, es cierto, en un estratosférico vuelo imaginativo y no poco de “chutzpah”. Podría argüirse que tal es la confusión y desconcierto que vive la nación, tal el descrédito de la política “as usual”, tal la rabia de 2/3 o 3/4 de la población con la NM y su mezcla de torpeza y arrogancia, tal la desconfianza hacia la derecha, tal el pánico que en los mayores de 40 años suscitan las nuevas hornadas de nenes profesando su filiación con el Che y Chávez, tal el miedo inspirado por las bandas de adolescentes estacionados aun más a la izquierda y dirigidas por súbitos mohicanos e hirsutos barbudos, que, en vistas de todo eso, bien podría ser que una vez más y por nuevas y distintas razones se esté abriendo no sólo un espacio, sino GRAN espacio para un partido y/o coalición de centro que se aleje de Escila y Caribdis por igual y para liderar tal cosa, continúa el ensueño, ¿quién mejor que las huestes decé? Tal vez, concluyen, no alcance para repetir la hazaña de Frei Montalva ni de lejos, pero sí para acumular un stock de votos como para que la Democracia Cristiana, hoy a los tumbos y sufriendo un acelerado proceso de anorexia política, reviva y sea el eje de un nuevo referente. ¿Por qué no? Ahí están esos grupos pequeñitos pero movedizos y locuaces formados desde la derecha, ahí están los Kast, las Lily Pérez, toda esa gente linda que ha visto la luz, ahí está la mentada doña Juanita con la creciente sospecha de que se la pasaron por el aro, ahí está la ciudadanía muda y descontenta y todo eso y mucho más es lo que se dice, por ahora de modo velado, pero con no menos entusiasmo que Vitale en esa lejana tarde de oncecitas con los decanos de varias facultades.

Contra-contrarrefutación

Es un hermoso sueño, aunque casi tan fantasioso y al mismo tiempo mucho menos realista que la Revolución en Libertad del tata Frei. Ni ahora, ni antes ni nunca ha habido ni habrá en política, SI Y CUANDO se viven tiempos de crisis, espacio sustantivo para las posturas de medianía, para los caminos teñidos por la luz crepuscular de la “áurea mediócritas”. La propia Revolución en Libertad resultó ganadora porque se presentó como revolución, siendo el agregado “en libertad” nada más que un aderezo postizo para dejar tranquilos a los predicadores de la Alianza para el Progreso. Y tampoco, después de todo, fue una revolución. Es ahora que esta existe aun más que en tiempos de Allende, aunque con menos franqueza en su semántica. Y en épocas de revolución, de “transformaciones profundas”, de intentos de voltear patas para arriba toda la institucionalidad con retroexcavadora o picota, las posturas liberales tienen sólo la convocatoria de un club de Toby de jubilados de la Contraloría.

Columna de Fernando Villegas para el diario La Tercera

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