“Mientras Chile exista, jamás será marxista”. Es el grito de guerra que se ha estado tomando las calles de Las Condes en las últimas semanas y que gradualmente empieza a convocar cada vez más manifestantes en otras partes del país, bajo la bandera del rechazo a la idea de una asamblea constituyente. ¿Una llamada de auxilio? ¿Una declaración de principios? ¿Una provocación ochentera? Difícil de determinar, debido a la heterogeneidad de quienes componen estas incipientes protestas.

En la otra vereda, las multitudinarias manifestaciones que marcaron el inicio del estallido de violencia en octubre han quedado atrás y en los últimos meses sólo hemos visto actos de violencia permanente en contra de Carabineros y la destrucción continua de infraestructura pública y privada. Esta semana, en un acto de simbolismo puro, el ataque incendiario contra un tren de carga en movimiento en Antofagasta representó visualmente el destino de un país que avanza hacia un derrotero desconocido e inquietante, azuzado por el terror y el miedo que infunden minorías violentas y autoritarias.

¿Pero es tan desconocido todo lo que está pasando? 50 años después, Chile está reviviendo las profundas divisiones de los años ’70 y la lucha entre dos ideologías profundamente distintas, como lo son el capitalismo y el marxismo. Por un lado, quienes pugnan por cambiarlo todo y reconstruir los fundamentos básicos del modelo chileno, revisitando desde la matriz productiva hasta las herencias; por otro, quienes buscamos defender un sistema exitoso que -matices más, matices menos- ha permitido el progreso de Chile en las últimas cuatro décadas y ha logrado resultados impensados para una nación latinoamericana.

Los más moderados dirán que esta dicotomía no es tal y que, razonablemente, los chilenos buscan participar de un proceso de reformas que corrijan las deficiencias del modelo y permitan a todos disfrutar de los beneficios de un progreso que les ha sido esquivo. Consciente o inconscientemente, de manera retórica y otras veces formal, los que se suman a la idea de un nuevo pacto social creen ingenuamente que van a poder contener a los extremistas de la opción “Apruebo” y conducir las demandas sociales por un tránsito no ideológico hacia una nueva carta fundamental más pluralista y que nos represente a todos.

Pero esa aspiración choca directamente con nuestra experiencia histórica: la batalla entre el marxismo y el capitalismo ya se libró en Chile, y el primero fue derrotado estrepitosamente. La revolución de Allende y el programa de la Unidad Popular contenía muchas de las ideas que hoy están en el debate y en la aspiración programática de las minorías de izquierda. Cada una de esas ideas fue probada e implementada en nuestro país, recibiendo el repudio de la mayoría de los chilenos que optó por un modelo radicalmente distinto y que terminó desechándolas completamente.

Contrariamente, el capitalismo fue impuesto en Chile por sus creadores como un verdadero experimento social e institucional, y con el paso del tiempo, asimilado y aceptado por los chilenos que vieron que sí tenía resultados y que, en el agregado, nuestro país avanzaba vertiginosamente hacia el desarrollo y dejaba atrás a sus competidores latinoamericanos.

La crisis social en Chile no es una respuesta al fracaso del modelo, sino el resultado del éxito del mismo. Las demandas populares no aspiran a revolucionar los fundamentos de la institucionalidad chilena, sino que buscan que los beneficios del progreso lleguen a todos, con más igualdad de oportunidades y justicia social. Los abusos y exageraciones del capitalismo tienen que ser abordados y corregidos, pero en nada se comparan con las aberraciones del modelo marxista que se plantea como alternativa y que ilusoriamente, algunos buscan disfrazar como la solución a todos los problemas.

300.000 mil personas han perdido su empleo desde el 18 de octubre y aunque muchas de las demandas sociales los interpretaran, han vivido su propio estallido al perder el trabajo y al ser incapaces de responder a sus obligaciones y alimentar a sus familias. De aquí a abril, muchos más se sumarán y vivirán en carne propia el resultado de la acción de estas minorías violentas y retornarán 50 años en el tiempo, para revivir esa batalla que ya se libró en Chile.

Para cada uno de ellos, cada día se hará más evidente que nuestro país no debe transitar hacia el marxismo y que el verdadero derecho a vivir en paz no lo garantizan los encapuchados de la primera línea, sino aquellos que abogamos por el respeto al estado de derecho, a las instituciones y creemos que el modelo chileno, con ajustes y correcciones, es el único capaz de asegurar el progreso de Chile.

Por Cristián Valenzuela, abogado.

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