El tema ya lo planteó el economista Thomas Piketty en su libro El Capital en el siglo XXI. ¿Qué hacer con la herencia? ¿Legar los bienes de una generación a otra termina profundizando las desigualdades? ¿Pero es justo privar del derecho de un padre de legar a sus hijos lo acumulado durante su vida? El debate, sin embargo, no es nuevo. La novedad es que ahora se instaló en Chile con la propuesta de un grupo de diputados del Frente Amplio y del Partido Comunista para limitar el monto de las herencias. Más allá de la calidad del proyecto, la discusión está abierta y mientras algunos como Daniel Matamala han salido a respaldar el concepto de fondo que esconde un debate que tiene una larga historia a nivel mundial, otros como Gonzalo Cordero han cuestionado la legitimidad de lo que califica como “un acto de barbarie legislativa”.

 

Pero ¿existe un límite a la herencia “adecuada? O simplemente, toda herencia conspira contra lo que algunos consideran una sociedad “más justa”. ¿Qué define finalmente la “justicia” en este caso? Para Cordero no hay duda en la improcedencia del proyecto. “¿Por qué la restricción se impone a contar de los cuatro mil y no de los 400 millones o de los 40? La respuesta es simple, porque seis diputados consideran que sobre ese monto la riqueza heredada produce una distorsión injusta e intolerable de las oportunidades”, escribe. Y destaca lo que considera dos arbitrariedades evidentes: “creerse con la facultad de disponer de una parte del patrimonio de ciertas personas, no porque se haya adquirido de manera irregular, sino por una suerte de ideal de justicia en el orden social”. Y, pensar que se puede “establecer el límite del patrimonio personal”.

 

¿Por qué alguien se atribuye el derecho a moldear el orden social? Y ¿dónde está el límite? Esas son las grandes preguntas detrás del cuestionamiento de Cordero. Un punto que muchos están deseosos de debatir, en especial en este nuevo ambiente surgido tras el 18-O. “Hay algo que huele a podrido en Dinamarca”, escribió Skakespeare hace cuatro siglos y el concepto siempre resulta útil. Esta vez, el debate es cuan mal huele nuestra propia realidad. Y sobre eso apunta Matamala, recogiendo el debate sobre la herencia y la experiencia de figuras memorables de otras latitudes que cuestionaron su legitimidad. “El hombre que muere rico muere deshonrado”, escribe, recordando el lema de Andrew Carneggie, quien decía que prefería dejar a su hijo una maldición que “el dólar todopoderoso”. Algo en lo que también insiste Bill Gates.

Matamala pone un punto. El debate no ha sido sólo fruto de sectores de izquierda, sino también ha surgido entre referentes del capitalismo –países donde el impuesto a la herencia supera el 60% o el 70%. “La riqueza heredada concentra el poder en unos pocos, fosiliza la competencia, vuelve una burla la promesa de meritocracia y es ineficiente al poner los recursos en “los hijos de” y no en los más talentosos”, escribe el periodista. Pero eso termina colisionando con lo que plantea por su lado Cordero, que “el atributo más primario de la libertad individual consiste en la capacidad del ser humano de hacerse dueño de aquello que produce con su trabajo y, a la vez, que ese dominio comprenda la facultad de disponer de sus bienes en favor de su familia”. Dos puntos encontrados. Pero en tiempos de cambio nada parece estar establecido.

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