“¿Quieres ser John Malkovich?” es una película que trata de un tipo que encuentra un pasadizo que lleva al interior de la cabeza del actor John Malkovich, que hace el papel de sí mismo. Primero, reacciona asombrado, pues puede experimentar la vida en el cuerpo de otro. Pronto descubre el anónimo ejercicio irresponsable de la libertad impune. A continuación, piensa en cómo ganar plata con este acceso a la cabeza del famoso actor. Hasta que John Malkovich se da cuenta de que algo raro ocurre dentro de su cabeza, encuentra el pasadizo, y entra en sí mismo.

Esta columna la imagino como un pasadizo que nos conduce a la cabeza del ciudadano Sebastián Piñera. Igual que en la película, primero viene el asombro. Sordo a los consejos y llevado de sus ideas, llegó adonde está y obtuvo lo que tiene porque se esforzó más, exigió más, compitió más, arriesgó más y ganó más. Es de mentalidad eminentemente capitalista –dice Lucía Santa Cruz en una biografía–, lo suyo es competir y ganar, pero no para consumir, sino para invertir y volver a competir. La plata, para Piñera, no es un fin, sino la medida de su éxito competitivo. Y no está satisfecho; nunca lo está. A continuación, quiso ser Presidente, como Patricio, mejor que Ricardo, más simpático que Michelle; si ella se repite, yo también.

Veo las palancas, ahora puedo ejercer impunemente la Primera Magistratura. ¿Qué se siente que no te quieran?, ¿tener récord de rechazo en la encuesta CEP? Estás al borde del precipicio. Querías pasar a la historia como el Presidente que llevó a Chile al desarrollo y arriesgas ser recordado como uno que violó los Derechos Humanos en democracia. ¡Pero no!, todavía queda una jugada maestra, acertar un pleno, la escala real: esa constitución debe llevar mi nombre. Será la Constitución de Piñera.

Pero esta columna es mía, no de él. Otros antes han estado en situaciones iguales o peores. Y salieron del embrollo haciendo política, no poker. Porque un país no se juega en una mano de cartas.

Una mañana en la oficina Oval de la Casa Blanca, Bill Clinton estaba al teléfono con Tony Blair, Primer Ministro inglés. Hablaban sobre algo ocurrido en Irlanda o un problema con Rusia. Al mismo tiempo se estaba publicando el informe del abogado Kenneth Starr –el sabueso que investigó, persiguió y arrastró a Clinton a las puertas del infierno por un perjurio relacionado con una becaria de apellido Lewinsky. “¿Cómo podías estar preocupado de temas internacionales cuando tu vida, tu matrimonio, tu carrera profesional y tu Presidencia se estaban haciendo pedazos?”, le preguntó años después en una entrevista televisiva Alasdair Campbell, el ex encargado de comunicaciones de Blair. La respuesta de Clinton es la que uno esperaría de Piñera hoy: “Tenía un objetivo simple: sobrevivir. Una estrategia: despertarme cada día y enfocarme en las cosas que sólo yo podía hacer porque yo era el Presidente. Y mi táctica fue asegurarme de que la gente supiera que yo lo estaba haciendo”.

Así se hace política cuando marcas 6 puntos en la CEP y los muros de la ciudad piden tu cabeza: un objetivo (sobrevivir hoy), una estrategia (hacer hoy lo que sólo puede hacer un Presidente) y una táctica (que la gente lo sepa hoy). Esa mañana, Clinton estaba preocupado de las relaciones internacionales, algo que sólo él podía hacer. A diferencia de la chilena, la Constitución de Estados Unidos reconoce muy pocas atribuciones a su Presidente; para hacer cualquier cosa, éste debe persuadir y movilizar innumerables agencias y oficinas que no dependen de él. En cambio, Piñera sigue cometiendo cada mañana el mismo error: pone su cabeza en una bandeja que controla el Congreso, y cada 20 días le impone a sus ministros una nueva “carta de navegación”, mientras que Clinton tuvo el nervio suficiente para apretar los dientes, aguantar la balacera política y medial, y concentrarse obsesivamente en su objetivo, su estrategia y su táctica.

¡Rayos! ¡Parece que Sebastián Piñera está leyendo esta columna! ¡Lo escucho avanzar por el pasadi… PiñeraPiñeraPiñeraPiñeraPiñera…

[En este punto se acopló la señal y se perdió la última parte del mensaje; el autor salió expulsado hacia el borde de un camino en las afueras de Santiago].

@jose_muniz para El Líbero

/gap