Stefan Kramer es un artista excepcional. Con una carrera de más de 20 años y con un éxito imparable desde 2008, Kramer ha logrado conquistar audiencias masivas a través de sus imitaciones y un sentido del humor sin igual. Su actuación de anoche no fue diferente, al igual que millones de chilenos que reventaron el rating de televisión y colmaron las gradas de la Quinta Vergara, me reí a carcajadas con sus imitaciones y con la capacidad única que tiene de identificar los temas, situaciones y anécdotas que todos conocemos, y de interpretarlas magistralmente para sacarnos una sonrisa. Porque no se trata sólo de tonos de voz o de caracterizaciones físicas: el trabajo de Kramer es intelectual y recoge las sensibilidades de todos los chilenos y cómo ha sido nuestra aproximación y reacción frente a esos hechos.

Pero ayer Kramer decidió dar un paso más. No sólo preparó un espectáculo humorístico, sino que montó una puesta en escena profundamente política, con un mensaje claro sobre lo que ha sucedido en Chile en los últimos cuatro meses y una evidente proyección sobre el futuro. Mediante el sarcasmo, la expresión gráfica y cuidadas referencias a la contingencia, Kramer optó por validar a ciertas figuras -e invalidar otras– sumándose a un coro mayoritario de voces que lo apoyó en sus opciones y que, hoy por hoy, pareciera representar a la mayoría de los chilenos.

Incluso, deslizó un tímido esfuerzo por lograr un objetivo aún más ambicioso: usar su arte para dar un mensaje de unidad entre los chilenos y para que, más allá del humor y las diferencias, comprendiéramos el sentido profundo de las decisiones que tenemos que tomar en los próximos meses. En este esfuerzo, el diálogo entre él y su vecino representó el climax de un intento honesto por legitimar la existencia de puntos de vista diversos, pero aceptables, que invitaba a todos los chilenos a hacerse parte de su rutina, independiente del sector político o la opción en el plebiscito que tenga.

Sin embargo, algo falló. Porque en la búsqueda de legitimación de distintas visiones, Kramer incluyó la validación de la llamada primera línea. Haciéndose eco de una visión romántica que existe en algunos sectores sobre el rol que cumplen estos delincuentes, Kramer los elevó, injustamente, al mismo sitial que la Señora Pikachú o el Estúpido y Sensual Spiderman, y en el plano del humor, los trató como verdaderos héroes de las protestas, olvidando el daño profundo que cientos de delincuentes hacen y siguen haciendo, en nombre de esa primera línea.

A lo largo de todo su show, Kramer no hizo ninguna mención implícita o explícita en contra de la violencia brutal que ha azotado las calles de Chile en estos cuatro meses y que, minutos antes, asolaba las calles de Viña del Mar con el objetivo de impedir la realización del Festival del que era parte. Ninguna referencia a la cancelación del show de obertura o de la competencia internacional, suspendidas por la imposibilidad de esos artistas de llegar a la Quinta, porque la mentada primera línea les había intentado quemar el hotel. Ningún reconocimiento al impacto negativo que ha tenido el “despertar” de Chile en los negocios, empleos y en la vida diaria de millones de chilenos que se sienten abusados y perjudicados por la violencia extrema que se ha tomado el país.

Kramer, el artista, no tenía ninguna obligación de referirse a los hechos de violencia ni menos de representarme en las visiones políticas o sociológicas sobre lo que ha ocurrido en Chile en los últimos meses. Pero Kramer, el político, que decidió meterse en el tema y que buscó, ingenuamente dar una señal de unidad que nos comprometiera a todos, no sólo no lo logró, sino que profundizó las divisiones que existen entre los chilenos.

Reírse de un Presidente repudiado por el 85% del país o elegir a los ministros más rechazados para imitarlos es un recurso fácil. Lo verdaderamente difícil es lograr que un país completo se ría contigo y te aplauda a rabiar cuando termina tu espectáculo, como lo logró Kramer en 2008 y el 2018, cuando nuestro país era muy diferente.

En tiempos de convulsión social, el mensaje de unidad que buscaba transmitir Kramer era absolutamente necesario. Lamentablemente, a su exceso de genialidad le faltó coraje y sentido común para condenar con fuerza las actuaciones marginales de la primera línea. Tristemente, para muchos chilenos que somos fanáticos de él, Kramer terminó siendo un encapuchado más que, solo para esta noche de Festival, se sacó la capucha y nos mostró su peor cara.

/Escrito por Cristián Valenzuela para el diario La Tercera

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