Con bombos y platillos, Pablo Longueira anuncia su retorno a la política y para ello toma la bandera del apruebo en el próximo plebiscito, será candidato a la eventual asamblea constituyente y a la presidencia de la UDI. Es decir, Longueira vuelve, según lo que él se imagina, como líder y en medio de los aplausos y vítores de las huestes que lo siguen. Pero, ¿cuáles son estas huestes? La verdad es no son más que un fantasma que pasa por la mente de un Longueira que sueña con un pasado al cual ya no puede retornar.

Él mismo destruyó los puentes que lo unían a ese pasado. Era la época de su gran confrontación con Sebastián Piñera que llenó la prensa de la época: él no podía sentarse en la misma mesa con una persona tan retorcida como el actual presidente. Longueira todavía era (más o menos) leal a la legitimidad del pronunciamiento de 1973 y a el legado que el gobierno militar dejara en nuestra patria, representado sobre todo por el hecho que Chile en 1973 estaba a la cola de los países del continente y en 1990, se ubicaba a la cabeza. Pero fue, entonces, cuando se dio cuenta que una alianza con Piñera aceleraría la conquista del poder y, por eso, dejando de lado todas las diferencias, unció a la UDI al carro de aquél. En esa obra, Longueira encontraría grandes aliados en Lavín, H. Larraín, Andrés Chadwick, y otros. Demostraron así que, más que por lealtades, la UDI estaba animada por un hambre de poder. Bastó la oferta de algunos ministerios para que el partido cambiara radicalmente de rumbo. Hasta el punto que, en la última elección presidencial, Longueira y su socio Joaquín Lavín llamaron publicamente a votar por Piñera en la primera vuelta en desmedro de José Antonio Kast.

Longueira construyó así su gran responsabilidad en el hecho que Chile perdiera las defensas contra el extremismo marxista y, por lo tanto, es responsable que este haya podido atacar el 18 de octubre pasado sin encontrar más resistencia que la que podían oponerle unos reducidos cuerpos policiales carentes, por lo demás, de apoyo político desde el gobierno del cual la UDI formaba parte. Fue ese día cuando Chile pudo advertir cuán grave había sido la labor de demolición en la que se habían empeñado Piñera, Longueira y sus compañeros y cómo, para reemplazar las defensas ya inexistentes, ellos iban a practicar una política de radical entreguismo. Ese fue el origen del plebiscito al cual ahora nos vemos enfrentados y en el cual ese grupo aceptó que se pusiera en juego ni más ni menos que la misma constitución del país.

Cuando hay quienes nos negamos a dejarnos arrastrar a esta aventura, porque pensamos que Chile no requiere para nada un cambio de la constitución que nos ha regido durante tanto tiempo, sobre todo después de 2005, aparece Longueira para insistir en esa aventura. En el hecho, para atarnos al carro que parece victorioso sin preocuparse que los que lo conducen son el marxismo y sus habituales compañeros de ruta. Simplemente, patético.

/Gonzalo Ibáñez Santamaría

/gap