La muerte de Agustín Edwards plantea el viejo problema de si acaso un personaje público -alguien cuyas acciones configuraron o ayudaron a configurar la vida de los demás- puede eximirse del escrutinio cuando llega la hora final.

Y la respuesta es no. Especialmente si se trata de quien condujo y poseyó -con plena conciencia del lugar que le cabía en la historia- un medio de comunicación tan influyente como “El Mercurio”. El poder que se tiene es siempre la medida de la propia responsabilidad, y esta última, el umbral del examen que los demás tienen derecho a ejercer sobre nosotros. A mayor poder, mayor exposición frente al juicio de los otros. Esa ha sido la lección del diario que él mismo condujo.

Y por eso, llegada la hora final, Agustín Edwards no puede ser una excepción.

Agustín Edwards representa, como ninguno, el destino de un heredero, alguien que recibió un gigantesco capital social, cultural, económico y político, construido por generaciones en su familia, que de pronto se vio puesto ante el desafío de mantenerlo y, a la vez, de erigir para sí una identidad propia. Y como suele ocurrir con los herederos, él creyó que la suerte de su memoria familiar y la suya se confundía con la del país, que las tribulaciones suyas, los temores de perder la fortuna y la propia posición social, la posibilidad de ver enmohecer sus privilegios, eran los temores de todos.

Allí, sumado a sus innegables convicciones ideológicas, radica la explicación de la conducta que mantuvo durante el régimen de la Unidad Popular, cuando se autoexilió en los Estados Unidos y, según consta en documentos desclasificados, contribuyó al golpe militar en Chile. La suya no fue una conducta muy distinta, desde luego, a la que anhelaron otras familias chilenas; pero él, con el poder que contaba, decidió acortar la brecha entre el simple anhelo y la acción, entre el deseo y la conducta. No hay entonces que extrañarse de que haya sido erigido como el símbolo del comportamiento que su clase mantuvo frente a la ola transformadora de los sesenta y, más tarde, frente a la dictadura. De lo que sí cabe extrañarse es de que se olvide de pronto cuán partisana fue toda la prensa de esos años y hasta qué punto el conflicto social chileno fue de clases más que de personalidades.

También se encuentra en el debe de su existencia la renuencia del diario para reconocer la existencia de los detenidos desaparecidos y el desgraciado titular de La Segunda acerca de la muerte de 59 miristas. Es verdad que la propiedad no es igual a la dirección editorial de un medio; pero no es posible eximirse de la responsabilidad de tamañas conductas cuando los medios de comunicación forman parte del capital sobre el que descansa el prestigio individual y familiar.

La muerte de Agustín Edwards -no hay otro caso en que un solo nombre tenga sobre sí el peso de toda una clase social e invoque a la vez el lugar que ella ha tenido en la historia nacional- es, pues, la muerte de un hombre que representó mucho más que sí mismo. Es probable que él, si se le hubiese concedido la oportunidad, no hubiera escogido esa situación vital, pero el heredero suele no elegir el caudal que recibe ni las luces que aclaran su perfil ni las sombras que lo afean: él solo puede escoger el modo de administrarlo. Y Agustín Edwards E. puesto a escoger, lo hizo. Escogió a la dictadura creyendo que ella podría ser, paradójicamente, la salvación de la democracia; escogió adaptar el diario a las circunstancias, incluso a aquellas que ahogaron la libertad de expresión, como única forma, creyó, de salvar la posición del medio; escogió creer que su propio sufrimiento por el cruel secuestro de su hijo era conmensurable con el de los detenidos desaparecidos, y más tarde escogió la caridad como una forma de acercarse a los desvalidos y a la fe.

En cada una de esas elecciones, el hombre público que fue Agustín Edwards se escogió a sí mismo y labró el perfil que hoy día, cuando ya no es posible la enmienda, está entregado al juicio de los ciudadanos.

Agustín Edwards acabó sus días en un momento en que no soplan buenos vientos para los herederos, para quienes tienen la suerte o la desgracia de recibir, envuelto en un caudal, buena parte del guion que deberá guiar su vida. La ironía del destino es que este momento, cuando la élite a la que él perteneció ha perdido su fuerza orientadora, cuando la expansión del consumo y el cambio de expectativas ha debilitado a lo que se llamó la vieja clase dirigente (una expresión con la que, sin duda, debió identificarse), es también fruto de su propio quehacer y de su empeño. Después de todo, Agustín Edwards, con sus redes y el poder de los medios, fue uno de los impulsores de la revolución capitalista, alguno de quienes creyeron que ella empujaría definitivamente la modernización y que este tiempo ambivalente compensaría los sufrimientos y abusos que se cometieron para alcanzarlo.

Lo que no sabía -pero es seguro que alcanzó a adivinar- es que estos tiempos serían malos para los herederos.

Y que él sería el último que pudo construir su propia identidad sobre la base del caudal, material y simbólico, que recibió.

Columna de Carlos Peña para El Mercurio

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