En la década de los 80 fuimos la primera línea de las primeras manifestaciones contra la dictadura de Pinochet. Andábamos a rostro descubierto (los encapuchados eran muy esporádicos) y teníamos enfrente no solo a las fuerzas policiales, sino también, invisibilizados entre nosotros, a los agentes de los servicios de inteligencia herederos de la siniestra Dina.

Recuerdo un 1 de mayo en que un grupo de estudiantes nos congregamos cerca de un monumento a las glorias militares en plena Alameda, que por supuesto no se nos pasó por la cabeza vandalizar, a pesar de la fuerte carga simbólica de esa imaginería militar para nosotros. Gritábamos nuestras consignas, que el frío y una neblina grisácea dispersaban en el silencio de la ciudad callada. Me veo lanzando algunos panfletos al aire y enarbolando la palabra “libertad” con la voz quebrada por el miedo. No quemamos ni destruimos la iglesia en la que nos escondimos para arrancar de las fuerzas represivas, y la quema de una biblioteca la hubiésemos esperado de los fascistas. Teníamos claro que nuestro enemigo era la dictadura y no perdíamos el foco.

Es cierto que años después hubo barricadas, algunas quemas de buses, pero no la violencia nihilista a cuyo espectáculo ostentoso y obsceno asistimos hoy a diario, en plena democracia y sin un dictador en escena.

He criticado con mucha fuerza a Piñera en varias columnas, no es el Presidente que me gusta para Chile, pero tengo claro que no es un dictador. Quienes crecimos con uno omnipresente en nuestras vidas, sabemos distinguirlo de un político debilitado y acorralado. Las consignas que dicen que lo es son falaces o deshonestas, y un movimiento social, para tener claridad en sus objetivos, no debiera avalar tales distorsiones conceptuales.

Aquí ha habido cobardes maltratos a manifestantes y muertes que debemos condenar categóricamente exigiendo castigo ejemplar, pero homologarlos a las “violaciones sistemáticas a los DD.HH.” en dictadura es un despropósito.

Pero lo más grave es justificar la violencia callejera como la consecuencia lógica de la indignación por las colusiones y las desigualdades del sistema. Al afirmar que la destrucción es necesaria para el cambio social, se apaga —según el filósofo Jorge Millas— “la postrera y débil lucidez frente a la inhumanidad de la violencia”. Son así invisibilizados los rostros de miles de chilenos que están padeciendo la destrucción de sus estaciones de metro, sus museos y bibliotecas públicas, sus iglesias, sus pequeños negocios. ¿Acaso ellos no merecen también esa dignidad por la que Chile se ha movilizado con tanta fuerza?

Ser de izquierda es aspirar a un orden social y político mejor para todos, pero a un orden, no a un caos o a una anarquía.

No se construye una sociedad mejor sobre las ruinas y las cenizas del país que queremos mejorar. Ser de izquierda es aspirar a más democracia y eso supone aceptar convivir con el adversario y no convertirlo en un enemigo a destruir. Así lo entendieron Mandela, Gandhi y la resistente francesa contra el nazismo y el colonialismo francés en Argelia, Germaine Tillion. Ellos debieran ser en el siglo XXI los verdaderos referentes de una izquierda insumisa, pero pacifista.

Tillion acuñó el concepto de “enemigos complementarios” para designar el círculo vicioso en que todos legitiman su violencia en la violencia del otro: “Para unos, el terrorismo justificaba la tortura, mientras que la tortura y las ejecuciones hacían lícitos (en opinión de los otros) los atentados terroristas”. En el Chile de hoy empiezan a perfilarse esos “enemigos complementarios”. Los que nos sentimos parte de una tradición de izquierda humanista, la de Albert Camus, en la que el fin no justifica los medios, no debemos caer en esa trampa. Y recordar que “sin odio y sin violencia” derrotamos a Pinochet.

Por eso y porque soy de izquierda, rechazo la violencia, venga de donde venga.

Cristián Warnken

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