El sábado 22 de febrero pasado, un grupo de delincuentes encapuchados atacaron con piedras y pinturas el Monumento a los Héroes de Iquique, emplazado en la Plaza Sotomayor de Valparaíso. Ante este hecho repudiable contra la tumba y memoria del capitán Prat y otros marinos que realizaron una de las mayores gestas heroicas de la historia patria, la respuesta condenatoria por parte de la Armada de Chile y, en particular, de su comandante en jefe ha sido firme, clara y enérgica, señalando que no se volverán a permitir atentados de esta índole.

Los sucesos acaecidos no han pasado inadvertidos para la ciudadanía. Vale la pena destacar dos aspectos importantes en relación con los mismos. Primero, la conducta ejemplar del almirante Julio Leiva, mando superior de la Marina. En un contexto nacional donde a diario se hace ostensible la abdicación al ejercicio de la autoridad, partiendo por las más altas magistraturas, él ha dado prueba de prudencia y fortaleza, para defender, junto a la bien ganada honra de sus próceres, el patrimonio moral fundamental que sustenta a la institución que tiene el honor de dirigir.

Segundo, ha revalorizado prácticamente la crucial importancia que poseen la historia y la tradición en la configuración de la identidad de las instituciones y las naciones, al tiempo que también ha ayudado a poner de relieve que toda sociedad humana posee un puñado de realidades que considera sagradas y, por tal razón, inviolables.

En suma, el proceder del almirante ha sido una luz en medio de la oscuridad, en un Chile que se desmorona día a día a vista y paciencia de muchos y, peor aún, de una mayoría entre quienes, por los cargos que detentan, están directamente obligados a cautelar la unidad y sana pervivencia del país.

Los momentos que vive la sociedad chilena requieren urgentemente de una apelación a lo esencial. Las crisis, en general, así lo demandan. En este sentido, la seguridad y el orden constituyen la base necesaria para el despliegue de cualquier comunidad política. Sin la existencia de ellos, todos los demás bienes humanos que en aquella se pueden desarrollar pasan a ser nada más que un desiderátum.

Cuando, además de la violencia y el pillaje delictual-terrorista descontrolado se enfrenta la destrucción y la mancilla de lugares simbólicos y sagrados, se están cruzando límites inaceptables. Hay en ello un peligro manifiesto para la integridad del cuerpo social y del alma que lo anima. Recapacitar ya sobre el respecto resulta imprescindible para todos los miembros de la sociedad chilena, pero muy especialmente para quienes la gobiernan.

Es de esperar que la lección de autoridad y coraje dada por la Armada y su almirante sea, por el bien de la Patria, prontamente imitada. El futuro inmediato será esclarecedor sobre si así ocurrirá.

/Escrito por Álvaro Pezoa para La Tercera