Al observar lo que pasa en nuestro país, a veces uno pareciera estar a bordo del Titanic. La economía mundial sufre los rigores de una pandemia que está causando estragos en la población de muchos países. Desde el punto de vista sanitario, algunas naciones han enfrentado mejor el problema y logran controlar la velocidad del contagio en etapas tempranas, lo que es clave para manejar de mejor manera la emergencia sanitaria sin que sus sistemas colapsen. China está entre ellos y lo ha logrado a costa de un gran frenazo en su actividad económica, que nos afecta porque compra la mayor parte de nuestro cobre y muchos otros productos, lo que lo convierte en nuestro principal socio comercial.

Otros países, en cambio -Italia es el paradigma-, parecen haber perdido el control sobre el coronavirus: la población contagiada sube exponencialmente y no tienen trazabilidad de ella, lo que augura el colapso de su sistema de salud. Han tenido que paralizar el país, con un costo enorme en términos económicos. España, que no quiere seguir el camino de Italia, toma también medidas muy drásticas de restricción a todo tipo de actividades con la esperanza de detener a tiempo la velocidad de contagio. Alemania hace lo propio y Estados Unidos intenta aislarse de Europa.

Y Chile, bueno en Chile estamos en lo que Óscar Guillermo Garretón denominó un carnaval. El Presidente Piñera anunció medidas en la línea de restringir fuertemente las actividades. Nuestro Código Sanitario entrega facultades draconianas al Ministerio de Salud para enfrentar este tipo de situaciones. El ministro Mañalich no es un tipo tímido y probablemente hará sus mejores esfuerzos para honrar la tradición sanitaria que tiene Chile y que es alabada por la Organización Mundial de la Salud.

Pero la pregunta es, ¿le van a hacer caso a la autoridad los violentos? ¿Los “primera línea”, aquellos que han privatizado nuestras calles y plazas, los que se apropian de los estadios de fútbol, los que desde hace más de dos meses han hecho de la lucha contra Carabineros su actividad principal, van a acatar las medidas? ¿Los que bailan y hacen bailar van a respetar cuarentenas? ¿Y nuestros políticos, se van a cuadrar detrás de la autoridad para sacar adelante la tarea? ¿Lo van a hacer los que desde el 19 de octubre están llamando a renunciar al Presidente de la República, o los que ahora pretenden destituirlo invocando incluso una supuesta incapacidad? Ellos más bien parecen la orquesta del Titanic, que sigue tocando su música como si nada ocurriera.

La economía chilena no va a crecer este año. Cada mes, desde noviembre, más de 100 mil personas quedan cesantes en nuestro país y un puñado de audaces se ha tomado las calles y causan un gran daño que se viene a sumar al coronavirus. Con ese rumbo nos estrellaremos tarde o temprano.

/Escrito por Luis Larraín para La Tercera

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