María tiene 24 años. Hace cuatro años tuvo que abandonar el instituto profesional donde estudiaba, porque tuvo a su hija Lucía. Como muchas de las madres en Chile, María cría a su hija sola. A pesar de las ganas de seguir estudiando, María no tuvo facilidades de sala cuna en el instituto ni tuvo suerte con el sistema público de salas cunas. Pero la suerte no abandonó a María. Cuando su hija cumplió un año consiguió un trabajo donde le permitían ir con ella. Han pasado tres años desde entonces y hoy enfrenta un dilema doloroso. Su hija de cuatro años debería entrar al colegio, pero la oferta de colegios con jornada escolar completa para prekínder es escasa en el sector que financia el Estado. Ella postuló a los pocos colegios que ofrecían jornada completa, pero su hija no quedó en ninguno. María sabe que es importante para su hija asistir a prekínder, pero la media jornada escolar es incompatible con su trabajo. ¿Qué hacer? La pregunta es retórica, no tiene opción, de su trabajo depende su sobrevivencia. Su hija Lucía no podrá asistir a prekínder, tendrá que esperar hasta el próximo año para entrar a kínder a un colegio con jornada escolar completa. ¿Y si no encuentra lugar? Entonces deberá esperar hasta 1° básico.

La población más pobre de Chile son los niños. Uno de cada cinco niños vive bajo la línea de la pobreza, en contraste con los adultos mayores, donde solo uno de cada 18 vive en esta condición. Los niños que viven en pobreza pertenecen en su mayoría a hogares monoparentales, con jefatura femenina. La principal razón de la pobreza es la falta de acceso laboral. El trabajo es el camino para la emancipación femenina y la puerta de salida de la pobreza. Pero en una sociedad machista, las mujeres tienen múltiples obstáculos para acceder al trabajo. De ahí que no baste la libertad negativa (en términos de Berlín), sino que se requiera mirar también la libertad positiva.

Cuando celebramos el Día de la Mujer, resulta imperativo preguntarse ¿cuánto hemos avanzado? La respuesta es desoladora. El proyecto de ley de sala cuna para todas las mujeres trabajadoras lleva casi dos años en el Congreso y no avanza. Hay miles de excusas para no avanzar, pero la única pregunta relevante es si este proyecto mejora las condiciones actuales de las mujeres y la respuesta es rotunda: sí. El proyecto que extiende el acceso universal a la educación a partir de los dos años también se encuentra inmovilizado. A los parlamentarios les importa más la forma de pago o el conflicto con los sindicatos de educadoras de párvulos que mejorar la condición de vida de los niños y mujeres de este país, especialmente de los más vulnerables, pues la verdad sea dicha, este proyecto mejora de forma significativa lo que hoy existe. Y todavía falta más. Debiésemos asegurar acceso a sala cuna a las mujeres que estudian y hacer un esfuerzo por extender la jornada en los primeros años de la educación escolar.

La ausencia de voluntad de nuestros políticos por avanzar en áreas que son fundamentales para el bienestar de las mujeres y sus hijos contrasta con la diligencia que mostraron para alcanzar la paridad de género en el órgano constituyente. Esto es un claro reflejo de la distancia abismal entre la élite y la ciudadanía, pues más allá de lo simbólico de la paridad, lo que María pide a gritos es haber podido terminar sus estudios y hoy que la dejen trabajar sin que su hija tenga que pagar los costos por ello.

/Escrito por Sylvia Eyzaguirre para La Tercera

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