Con los avances mundiales de la campaña de vacunación contra el coronavirus -dadas por sentadas las diferencias territoriales- comienza a flotar en el ambiente la pregunta acerca de la duración de las medidas de prevención y entre ellas la más visible: el uso de la mascarilla. A esta cuestión se ha intentado responder prácticamente en cada momento en que la pandemia ha dado un respiro, hasta ahora más aparente que real, y no deja de ser lógico dado que en esta pandemia se está aprendiendo a medida que van sucediendo los hechos.

El de la aparición de la vacuna es el primer cambio cualitativo que se produce en la situación, por ser el primer medio para atacar la enfermedad directamente, más allá de las medidas de contención que se han aplicado hasta ahora. Sin embargo, aunque a despecho de la opinión de antivacunas genéricos y personas poco informadas sobre los procesos de fabricación de la misma, su efectividad está ya comprobada, quedan aún interrogantes sobre todos los extremos de su aplicación. Por ejemplo sobre si, además de proteger a la persona vacunada de la infección, impiden también la propagación de la misma.

Pese a que ya se han oído opiniones que afirman que eso no sucede, otras afirman que ha pasado poco tiempo todavía desde las primeras inmunizaciones para saber si se da o no este efecto: es decir, que las personas vacunadas no se vean afectadas por la enfermedad, pero se conviertan en portadores asintomáticos. En esta línea se manifestan, por ejemplo Avery August, profesor de inmunología en la Universidad de Cornell, en declaraciones a The Guardian. También Margarita del Val, directora del Laboratorio de Inmunología Viral del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa del CSIC -si bien ella afirma que son ‘potencialmente’ contagiadores-, que por eso ve prematuro desescalar las medidas de prevencion sólo porque los índices de contagios hayan bajado en las últimas fechas. En su opinión, avalada por los datos de vacunación, este efecto se debe a las restricciones de movilidad, y no a las vacunas, aún poco extendidas en España.

Sin embargo en Israel, el país que más porcentaje de población ha vacunado, sí se ha experimentado una importante mejora en la incidencia de la enfermedad

Esto significa que, por el momento y al menos hasta que la vacunación no esté más generalizada y/o haya avanzado más el estudio sobre si la vacuna anula también la transmisión, no pueden relajarse demasiado las restricciones a la movilidad. En cualquier caso, a medida que menos personas se vean directamente afectadas, la presión sobre los sistemas sanitarios disminuirá. De nuevo según el doctor August, habrá que estudiar ambas vertientes de la situación. “Quizá a mediados de septiembre podamos saber el efecto de ambas cosas, la vacunación y su extensión”. Pero en cualquier caso, la eficacia de la vacuna en contener directamente la enfermedad está ya fuera de duda.

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