El nombre de esta columna ilustra perfectamente el actual momento político-constitucional chileno. El afán refundacional que algunos sectores y dirigentes políticos y sociales quieren imponernos a través de una nueva Constitución, hace que los síntomas de la epidemia constitucional que vive el país desde el 15 de noviembre pasado pongan en riesgo la estabilidad del país y el futuro del país.

Bajo el actual clima de violencia y de polarización imperante, agravado por la crisis sanitaria del Covid-19 (coronavirus), el principal riesgo que conlleva el proceso constitucional es que ningún sector político del país está en condiciones de garantizar que será un proceso responsable, sensato, exitoso y saludable. En estas condiciones, ¿estarán los políticos a la altura de la gravedad de la situación? ¿Depondrán sus intereses personales y mezquinos en favor del bien común, postergando el plebiscito de abril próximo? Quizás el temor a contagiarse ellos mismos -y salvar su pellejo- los termine convenciendo.

Aún así, resulta sorprendente, decepcionante e indignante que algunos políticos y académicos sigan contagiados del virus constitucional y sigan tratando de torcer el espíritu y letra de los acuerdos del 15 de noviembre y de las reformas constitucionales consiguientes. La antojadiza y caprichosa interpretación del real sentido del quórum de dos tercios para aprobar la nueva Constitución es un claro síntoma de la mala fe con que algunos pretenden participar en este proceso.

Cuesta entender que después de 40 años de vigencia y más de 35 reformas constitucionales, siendo la más importante la del 2005, la actual Constitución haya dejado de ser, de un día para otro, la “casa de todos”, transformándose súbitamente en la casa de los “otros”. Aquellos que afirman que la carta fundamental fue construida en forma irregular -y padece de coronavirus- no reparan que, tras cuarenta años de aplicación, la Constitución se acogió a una suerte de “cuarentena”, quedando plenamente “saneada” por la democracia.

Por eso resulta incomprensible e insensato que algunos aún piensen que la única opción es sacrificar la Constitución por completo en lugar de curarla. Nuestra Constitución puede no ser perfecta ni 100% saludable, como tampoco nuestra democracia. ¿Pero qué democracia (o Constitución) es perfecta? “La democracia perfecta sólo puede existir en una sociedad de ángeles”, nos recuerda Russeau. Y en la sociedad chilena abundan los diablitos (y algunos bien rogelios).

Los reclamos porfiados de la oposición sobre la falta de apoyo del oficialismo (poder de veto) para aprobar ciertas reformas como fundamento para cambiar la Constitución no parecen sinceros y ello por una simple razón: la oposición tampoco ha apoyado todos los proyectos de reforma constitucional del Gobierno, evidenciando una inconsecuencia política casi infantil. El caso más reciente: la creación de un nuevo estado de excepción constitucional para permitir el resguardo de infraestructura crítica por parte de las FFAA. Y ello es propio de toda deliberación democrática, donde se establecen altos quórums para proteger a las minorías de las mayorías circunstanciales. Es una regla de resguardo democrático de larga data y amplia aplicación en el mundo.

“Si queremos mejorar o perfeccionar nuestra carta fundamental la manera de hacerlo es por la vía institucional”.

Quienes omiten deliberadamente mencionar que los quórums para aprobar la nueva Constitución son igualmente altos, tampoco explican que los integrantes del “equipo médico” llamado Convención Constituyente serán controlados por los mismos políticos de siempre. La elección de los constituyentes se regirá por la ley electoral vigente donde los independientes -que están inmunes al virus constitucional- no tendrán cabida. Las listas de candidatos serán confeccionadas por los partidos políticos. Nos quieren hacer pasar gatos por liebres. Las típicas “cuchufletas” de los políticos malsanos.

Hay muchos políticos amurrados, taimados, afiebrados y delirantes -síntomas típicos del virus- que ya no quieren que la actual Constitución sea la “Casa Común”, sino que la idea imperante es contagiar mortalmente, a toda costa, la casa que nos ha permitido 40 años de progreso sin igual y reconstruirla a la pinta de algunos. Estos personajes -que debieran estar con aislamiento total- quieren que la nueva Constitución sea “su casa”. Pretender echar abajo una Constitución simplemente porque no se permitiría aprobar ciertas reformas -de dudosa salud- solo refleja que el único objetivo detrás del “apruebo” en el próximo plebiscito es construir la “casa de algunos”.

“Es una de esas el coronavirus se convierte en nuestro mejor oculista y nos abre los ojos para poner la pausa necesaria y reflexionar -unidos como pocas veces- sobre todo lo que ha pasado y lo que queremos para el futuro de nuestro país”.

Aquellos que se avergüenzan de apoyar, defender y perfeccionar la Constitución vigente olvidan que ésta ya no es la Constitución de Pinochet (1980) o de Lagos (2005) sino que es la “casa de todos” los chilenos, sanos y contagiados, la misma que nos ha permitido gozar de orden, estabilidad y progreso institucional, económico y social durante décadas a través de sucesivos gobiernos y coaliciones políticas. Pablo Casado, actual presidente del Partido Popular de España, nos recuerda que “las democracias más longevas lo han sido por la estabilidad institucional que generación tras generación han asumido en su texto constitucional”. Este es precisamente el caso de nuestro país.

Frente aquellos que plantean que el proceso constitucional debe partir de una “hoja en blanco”, solo les recuerdo que ex Presidente del Gobierno de España, el socialista Felipe González, afirmaba que “las ventajas de las constituciones democráticas, radican en su carácter abierto, que permiten su perfeccionamiento …”, lo que se aplica exactamente al caso chileno. Todas las reformas a la Constitución de 1980, salvo la de 1989, fueron realizadas en plena democracia con el concurso de ambos poderes colegisladores. Una carta fundamental que ha sido la más reformada -y saneada- en la historia del país.

Aceptar la idea de una nueva Constitución es renunciar irresponsablemente a la esperanza de una “casa de todos”. Si queremos mejorar o perfeccionar nuestra carta fundamental la manera de hacerlo es por la vía institucional. Y por ello debemos alzar la voz para reformar la actual Constitución y desechar la elaboración de una nueva. A riesgo de ser impopular, los chilenos queremos paz, orden, estabilidad y reglas claras y ello ciertamente no lo conseguiremos a través de un largo y tormentoso proceso constitucional. Persistir por este camino sería delirante.

Concluyo con una cita de mi amigo Winston (que solo le faltó ser doctor en su vida): “Cuanto más atrás puedas mirar, más adelante verás”. Desconocer, en consecuencia, todo lo avanzado en estos últimos 40 años bajo la actual Constitución es insensato. No seamos miopes. En una de esas el coronavirus se convierte en nuestro mejor oculista y nos abre los ojos para poner la pausa necesaria y reflexionar -unidos como pocas veces- sobre todo lo que ha pasado y lo que queremos para el futuro de nuestro país, salvándonos de otra catástrofe como puede llegar a ser el proceso constitucional bajo las actuales condiciones. ¿Quién se atreve a aislarnos de este mal?.

Mientras los científicos en el mundo corren contra el reloj para encontrar una vacuna contra el Covid-19, aquí en Chile dependemos de los políticos para vacunarnos del virus constitucional.

Por Francisco Orrego, abogado, para ellibero.cl

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