La Convención es una extraordinaria oportunidad para que las distintas visiones de la sociedad chilena se sienten, frente a frente, a conversar, a verse las caras, a escucharse. Antes de hablar sobre el qué y los contenidos de esa Carta Magna, hay que detenerse en el cómo lo harán quienes fueron elegidos para representarnos en esta gran Conversación-Convención.

Esta conversación no puede ser la misma que la de los parlamentarios: no debe, desde luego, estar supeditada a luchas de poder de partidos, facciones o bancadas. Se trata justamente de reconstruir o construir un “nosotros” perdido y de elevar los estándares de la discusión pública y política, tan degradada y tan desprestigiada en estos años. Esa degradación o decadencia es una de las causas del malestar que da origen a esta Convención Constituyente. Por lo tanto, tratar de remediar las causas de la crisis con las mismas fórmulas que la produjeron sería un contrasentido mayúsculo. Si la discusión política de estos años se caracterizó por la mezquindad, el privilegio de las agendas cortas por sobre la mirada de largo plazo, de los intereses individuales sobre el bien común, y el narcisismo mediático, los constituyentes deben trabajar y trabajarse a sí mismos para elevarse por sobre ese espectáculo decadente. Los tiempos de la Convención no pueden quedar supeditados o encadenados a los tiempos de la política coyuntural. No más letra chica y no más pelea chica.

La Convención tampoco (y parece que hay varios que lo sueñan así) puede convertirse en un asalto a la Bastilla de una mayoría transitoria, porque hoy quien es mayoría, mañana puede ser minoría. El electorado, afortunadamente, es lábil e ingrato, desleal incluso. La alternancia y la diversidad son una maravilla de la democracia: por algo los líderes totalitarios las usan para hacerse del poder, pero luego las cancelan, porque saben que el “pueblo” no es una realidad pétrea como la Verdad que pretenden imponer. Ni bancadas de ningún tipo, ni tercios: los convencionales no fueron elegidos para darse “gustitos” o sacarse una “selfie”, sino para llegar al final a una foto colectiva (cuando se logre el acuerdo final) en que todos quepan. Sin codazos, sin griteríos, ojalá sin “twitters”: lo que más necesitamos como país es tiempo reflexivo, ir más allá de la lógica de cuarenta caracteres que tanto daño le está haciendo a nuestra convivencia.

Esta gran Conversación debe comenzar con el tradicional “cafecito”, pero con el que piensa distinto. En tiempos en que el “otro” desaparece convertido en una cifra dentro de un algoritmo, en que el otro no tiene rostro y es un enemigo a destruir o funar, mirarse las caras, sostener la mirada, es un acto revolucionario, que requiere mucho coraje. Habría que releer la concepción del “otro” del filósofo Emmanuel Lévinas: el “otro” es lo que no se puede neutralizar en un contenido conceptual o juicio de valor teórico, eso lo pondría a nuestra disposición y quedaría reducido al Mismo. Esta debe ser una conversación leal entre “otros”. “Es tan difícil abrir el corazón como se abren las ventanas”, dice el poeta Rosamel del Valle en su poema “Conversaciones”. Lo primero que hay que abrir en el Palacio Pereira son los 155 corazones de los allí presentes para establecer una cordialidad constituyente de base: eso se llama “civilidad”.

No esperamos que los constituyentes sean expertos ni tribunos; lo que esperamos de ellos es que sean capaces de hacer de verdad una Convención. ¿Y qué significa convención? “Acuerdo o trato entre personas”. El maltrato o desprecio del adversario sería una contradicción con la aspiración central del 18 de octubre: la dignidad. Qué triste sería que no estuviéramos a la altura y que la Convención, en vez de sanar nuestros males y patologías sociales actuales, fuera un síntoma más de la terrible enfermedad que nos aqueja: la de no ser, a veces, un país sino solo una “montonera”.

/Escrito por Cristian Warnke para El Mercurio

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