La Semana Santa que tradicionalmente ha sido de recogimiento, respeto, humildad y esperanza, da la impresión de que ha ido perdiendo su sentido… Para donde se mire todo parece contaminado, no sólo por el COVID sino por otros virus que han corrompido la convivencia ciudadana, transformando la contingencia política, económica y social, en un ambiente toxico donde se inhala odiosidad, intolerancia, anarquía, violencia…

Este poco halagüeño diagnóstico sociopolítico no viene de revelaciones, augurios ni oráculos sino de la experiencia de este “criollo galeno” que, antes de cada tertulia, les aplica a los participantes el “Test del PCP”* (índice de: Percepción Ciudadana Pesimista, artesanal variable del PCR). Los resultados de este examen son concluyentes y preocupantes… el 99% da “Pesimismo”, a pesar de que los testeados, por su edad, ya han sido “vacunados políticamente” muchas veces en su vida.

Las causas de esta epidemia son muchas y no difíciles de identificar. Una de ellas es la sucesión de acciones y omisiones de los poderes del Estado, los que no han respondido a los tiempos, dejándose seducir por la permisividad, la falta de autoridad, los protagonismos e intereses personales, la corrupción, la prevaricación, los populismos… todo lo cual ha transformado una realidad de bienestar y progreso en una epidemia de desgobierno y desesperanza con proporciones pandémicas.

Otra causa latente de esta situación es que la ciudadanía, en su condición de comunidad, ha asumido un rol pasivo, no activo ni proactivo en defensa de sus libertades, sus bienes, sus instituciones, su cultura e incluso su territorio y su futuro. Lo cierto es que el ciudadano común y corriente se ha diluido en el anonimato y, ante el sentimiento de orfandad por falta de liderazgos, ha renunciado a sus responsabilidades.

Preocupa que, así las cosas, nada bueno puede pasar en una sociedad donde se impone la desazón y la desesperanza…

Si algo debe ser reconocido al actual sistema político institucional -que ahora se pretende cambiar- es que, además de colocar al país en una situación expectante a nivel internacional, le permitió a los más vulnerables movilizarse de la pobreza a la esperanza y de la ignominia a la dignidad. Fueron muchas las familias que, producto de su esfuerzo y sacrificio, se movieron de la necesidad al bienestar y de un futuro sin expectativas a uno de esperanzas y aspiraciones.

Sin caer en beaterías, ni nada que se le parezca, esta pluma quiere aprovechar la Semana Santa para fortalecer en sus “píos lectores” la esperanza de un mañana mejor y, en un arresto de chifladura, pedirles a los señores políticos que “atinen”, que salgan de su burbuja y dejen atrás el odio, el rencor, el resentimiento y la intolerancia.

Al terminar esta “Santa Tertulia”, para animar y evangelizar a los asistentes quise predicar diciendo… “la esperanza es el sueño del hombre despierto” … pero mi proclama se cayó cuando un contertulio advirtió… no se les olviden que: “a la esperanza por ser verde… se la comió un burro”.

/Cristián Labbé Galilea

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