Equivocadamente, una parte de la oposición está más obsesionada con lograr que el Presidente Piñera deje el poder antes de que se termine su periodo que en combatir el coronavirus. Por eso, en vez de constituirse en una oposición responsable que fiscalice las medidas que toma el gobierno y ofrezca espacios de colaboración para adoptar medidas que minimicen el impacto negativo de la pandemia en la economía, sigue más interesada en obstruir el accionar del gobierno. Como si no entendiera que ahora el país de verdad enfrenta un enemigo poderoso, la oposición pagará altos costos si no demuestra su capacidad de trabajar codo a codo con el gobierno para ayudar a salir al país de esta crisis. Ya habrá tiempo después para volver a las peleas y los conflictos políticos pendientes.

Siempre es difícil para la clase política ajustarse rápidamente a una nueva realidad. La llegada del coronavirus a Chile alteró profundamente las prioridades de los chilenos. Después de que el país experimentara un profundo cambio de agenda con el estallido social del 18 de octubre, el coronavirus volvió a dar vuelta el tablero. Para el gobierno de Piñera, que estaba entre la espada y la pared, el coronavirus le permitió retomar el control. Es verdad que la amenaza de disrupción económica y de alto costo en vidas es real y pudiera terminar por hundir al gobierno, pero dado que la administración de Piñera ya estaba en el piso producto del estallido social, al menos ahora tiene la esperanza de salir bien parado de esta difícil situación.

Para la oposición, el coronavirus constituye un desafío todavía mayor. Como después del estallido social, la oposición tenía el control de la agenda y llevaba la voz cantante en la política cotidiana, el coronavirus golpeó más fuerte a la oposición que al gobierno. Incluso hoy, cuando es evidente que el problema prioritario para los chilenos es el combate a la pandemia y la preocupación futura principal será la recuperación económica, la oposición ha perdido el control de la agenda de la misma sorpresiva forma en que le llegó a sus manos después del 18 de octubre. Por eso, una parte de ella sigue actuando como si estuviera en negación. Después del 18 de octubre, la oposición logró instalar la idea de que el Presidente Piñera era más parte del problema que de la solución —después de todo, la aprobación de Piñera cayó a menos de un 10%, lo que indica que incluso una amplia mayoría de aquellos que votaron por él en 2017 ya no apoyaban su gestión. Pero ahora que el coronavirus se ha convertido en una amenaza a salud pública, el gobierno ha recuperado un rol protagónico. Sin embargo, esa parte de la oposición que sentía que podía forzar la renuncia del Presidente Piñera no ha sido capaz de aceptar esa nueva realidad y mantiene su estrategia de bloqueo y obstrucción al gobierno.

Lamentablemente para ellos—y para el país—esa estrategia contribuye poco a la articulación de una respuesta consensuada y coordinada de la clase política dirigente a la amenaza que constituye la pandemia. Pero, a diferencia de lo que ocurrió después del 18 de octubre, la opinión pública ahora parece menos dispuesta a apoyar los llamados a la renuncia de Piñera. En cambio, la opinión pública busca que la clase política dirigente sea capaz de poner sus diferencias de lado y trabajen juntos para ayudar a que el país salga bien parado de esta crisis.

Si la oposición no modifica su estrategia, haciéndose cargo de la nueva realidad, pagará altos costos ante la opinión pública. La gente está pidiendo a gritos un liderazgo que sea capaz de trabajar con personas que piensan distinto en pro de proteger a los chilenos. Por eso, aunque es legitimo que la oposición critique y cuestione las acciones del gobierno, cuando la crítica responsable y constructiva es remplazada por una estrategia de obstruccionismo y de negación de sal y agua, la gente termina castigando a los que parecen más interesados en sacar beneficios políticos de corto plazo aun a costa de aumentar el costo para las personas.

Todavía está por verse si la estrategia del gobierno producirá resultados mejores que en países comparables que también enfrentan la amenaza del coronavirus y que han adoptado medidas diferentes. Faltan varios meses para poder saber si se hizo lo más adecuado. Tal vez precisamente por eso, el gobierno ha evitado usar la bala de plata de la cuarentena nacional. Después de todo, si la situación empeora sustancialmente después de que se haya decretado la cuarentena nacional, se habrá quedado sin medidas para aplanar la curva de la expansión del virus. Sea cual sea el resultado, si la oposición insiste en mantener una estrategia obstruccionista pagará altos costos por seguir combatiendo a Piñera cuando el país precisa y demanda que la clase política se una para lograr combatir exitosamente la pandemia del coronavirus.

Por Patricio Navia, sociólogo, cientista político, académico UDP para ellibero.cl

/psg