Si elevamos la mirada a niveles estratégicos, debemos asumir un enorme vacío de institucionalidad global en estos días. El planeta navega hacia el futuro sin mapas de referencia ni entendimientos compartidos. Está claro que ya la pandemia cruza fronteras y desafía a gobiernos y ciudadanos en todos los continentes. Pero, ¿dónde está el espacio para discutir y tomar decisiones sobre todo lo que ello significa? ¿Dónde y cómo actuar ante las consecuencias en lo político, lo económico, lo social, lo cultural, lo tecnológico y tanto más interrelacionado?

Mirando ese vacío hay dos crisis tan cruciales como la actual. Una es el ataque a las Torres Gemelas en 2001, cuando el Consejo de Seguridad de la ONU era la entidad para tratar los temas de la guerra y la paz, y donde por dos años se estuvo infructuosamente buscando allí un accionar consensuado. Otra, la crisis económica de 2008, cuando Bush, ya en las postrimerías de su mandato, optó por convocar al G20, asumiendo que ante ese crac de alcance mundial no le servían ni el FMI, ni el Consejo Económico y Social de la ONU ni tampoco el G7 de los países industrializados. Y el G20 se articuló en Cumbres que inicialmente se veían exitosas, más allá de las derivaciones posteriores que le quitaron su poder de consensos. Puede discutirse la trascendencia de esos dos escenarios institucionales, pero existieron. Ahora, el coronavirus llega en el peor de los momentos, cuando todavía no asimilamos esas grandes crisis ni hay institucionalidad para articular una respuesta mundial coordinada.

Con todo respeto –especialmente ante la tarea a la que están entregados– no es la Organización Mundial de la Salud el lugar para un debate donde todas las variantes de esta crisis estén presentes. Necesitamos respuestas nuevas ante los efectos en la vida de millones de ciudadanos en el mundo, ante los quiebres en los planes económicos y en los deterioros del crecimiento, ante la presencia determinante de las redes digitales y su impacto en el trabajo, en la educación, en las interacciones culturales. En definitiva, la pandemia vino a invadir sin bandera ni ejército de ocupación.

La paradoja es que, tratándose de un fenómeno global, planetario, encuentra un mundo mucho más desarticulado de lo que parecía estar al inicio del siglo XXI. Es impresionante ver cómo Europa no logra un plan de cooperación y apoyo mutuo, mientras Italia buscó ayudas desde Cuba, Rusia y China. Y en América Latina, en tanto, es dramático el vacío de una entidad sólida y eficiente para la coordinación política. Lo que hoy tenemos, a mi juicio, es la culminación de un cuadro internacional inédito: hemos vivido un itinerario donde las crisis mayores, por tener su origen en fenómenos inesperados, llevaron a decisiones que hoy nos tienen en la precariedad del accionar común.

Al cruzar el 2000, se instaló un espíritu multilateral, se acordaron metas del Milenio y el discurso global pareció concentrarse en aquello. Todo cambió bruscamente el 11 de septiembre del 2001, cuando por primera vez en la historia de los Estados Unidos, el ataque se produjo en su territorio continental. Y el agresor no era un estado, sino el fanatismo religioso del mundo musulmán que se expresaba en Al Qaeda. El presidente Bush ordenó invadir Afganistán porque allí se refugiaba el movimiento y sus líderes. Dos años después, con razones nunca esclarecidas, invadió Irak, pasando por encima del Consejo de Seguridad y aplicando la política de los hechos consumados. ¿Resultado? Aún siguen enredados en esos países. Ahora, bajo una clara lógica electoral, Trump ordena salir de Afganistán, con todo lo que significa una retirada apresurada.

Algunos años después, en 2008 la quiebra de Lehman Brothers desató una crisis financiera que pronto derivó en una crisis económica con efectos múltiples. La supremacía del mundo financiero sobre el mundo productivo llevó a la “codicia”, se dijo entonces. Al instalar Estados Unidos el debate en el G20, China, India, Brasil y Sudáfrica, entre otros, pasaron a ser parte de la discusión. Obama, con su política monetaria expansiva, logró disminuir fuertemente el desempleo, mientras Europa pagó, y aún paga, un alto precio con su política de austeridad. Pero la crisis del 2008 significó un quiebre profundo en el funcionamiento del sistema internacional: los elementos que supuestamente lo administraban dejaron de hacerlo y el mercado no fue capaz de autoregularse. Así, los hechos pusieron en cuestión todo el andamiaje gestado por la dupla Reagan-Thatcher y su neoliberalismo rampante. Fue eso lo que cayó con la crisis del 2008 y hoy, desde Basilea, el sistema bancario no termina de definir cómo se aplicarán las nuevas normas para evitar otros terremotos en el mundo financiero. Paralelamente, la política de Trump ha significado que Estados Unidos ya no tiene a Europa como aliado tradicional: si el entendimiento en el Atlántico Norte ayudaba a ordenar el mundo, aquello ya no existe.

Es en este marco cuando llega la tercera crisis: la crisis del coronavirus. Si su primer impacto fue en China, Corea y Singapur, pronto saltó a Europa y ahora a Estados Unidos. Y cuando la nación norteamericana pasa a ser el foco predominante del covid-19, como anticipa la OMS, vemos allí la tensión entre dos visiones valóricas. Por una parte, personas como el alcalde de Nueva York, Bill de Blasio, y el gobernador Andrew Cuomo, reclaman apoyo federal porque salvar vidas es lo primero. Trump, por su parte insiste en disminuir los aislamientos y cuarentenas porque asegura frenan la economía: “nuestro país no está diseñado para cerrar”, afirma contundente.

Al final de estas dos décadas, tras estas tres crisis, tenemos un mundo de incertidumbres. El desafío es pensar más allá, y entender que necesitamos tener dónde abordar todo esto con alta coordinación política. Tal vez emerja el G20 como núcleo dinamizador de la nueva institucionalidad global, y tenga mayor capacidad de acción que el Consejo de Seguridad con sus 15 miembros, cinco de ellos con derecho a veto. Algo promete la cumbre extraordinaria virtual realizada el jueves pasado. Veremos. Pero para este escenario es clave el entendimiento Estados Unidos-China, en un contexto donde lo internacional está cruzado progresivamente por sociedades altamente comunicadas, donde lo tecnológico y lo científico son fuente de poder y donde los peligros globales no vienen de invasiones militares sino de biofuerzas ocultas.

Nunca tuvimos tanto conocimiento ni tantas herramientas de innovación como ahora. La cuestión es volver a la brújula, porque andamos muy perdidos. Se nos perdió la palabra cooperación en medio de tanta globalización. Y hoy el verbo más urgente es cooperar.

/Escrito por Ricardo Lagos para La Tercera

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