Hola. Soy el nuevo coronavirus. Como saben, mi viaje comenzó en un murciélago y quizás terminará en sus pulmones.

Los gobernantes más poderosos del mundo me declararon la guerra. La gente me teme y me odia. Soy peor que la peste, que la lepra, que Hitler y Stalin. He hecho desaparecer a más neoyorquinos que el ataque terrorista del 9/11 y estoy provocando la peor catástrofe económica de la historia.

No es poco para ser apenas un microbio que no le da ni para bacteria. No soy gran cosa, pero admito que me ofende que cuando piensan en mí corren a comprar papel confort.

Es que no han visto mi faceta positiva. Cuando pasen los años, mi reputación mejorará; reconocerán lo bueno que traje al mundo, en general, y a Chile, en particular.

Vamos viendo.

¿No decían que querían pasar más tiempo en la casa y ver más a la familia? Ahí tienen, semanas y semanas de vida hogareña.

¿No se quejaban de la contaminación y el esmog? Miren lo limpio que les tengo el aire.

¿No juraban que los niños tenían que estar primero? Bueno, a ellos no los enfermo grave y los obligo a ustedes a ponerles atención todo el día.

¿Algunos querían No+TAG? Nunca más usaron TAG.

¿Ya no soportaban a los violentistas de la “primera línea”? Se los erradiqué.

¿Estaban medio desilusionados del proceso constituyente y querían darle otra vuelta? Sírvanse, ahí les di otra oportunidad de repensarlo todo.

Además, hice que cientos de miles de chilenos aprendieran en tiempo récord a manejarse en internet. Convertí en realidad, en un par de días, el sueño del teletrabajo. Y la educación y la medicina a distancia. Desnudé a los buenos y a los malos proveedores de wifi.

Les di una lección de vida a los que saquearon y quemaron farmacias y supermercados, y ahora no saben dónde conseguir remedios y alimentos.

Y a todos les hice ver en serio lo que es la democracia y la igualdad. Cualquiera puede caer enfermo, sin importar su estatus. Cualquiera de ustedes puede terminar en la gran sala común de Espacio Riesco. También los que criticaron que se arrendara ese lugar. Van a dar gracias de estar ahí internados y no en una cancha de fútbol cuando llegue el invierno.

Agradezcan que los hice acordarse de sus viejos. Los obligué a tomarlos más en cuenta.

Gracias a mí se acabó la estéril discusión entre los “provacunas” y los “antivacunas”.

Ayudé a algunos a dirimir entre comprar un perro o un gato, porque solo los primeros permiten salvoconducto.

Les solucioné un problema a los que no sabían si iban por Trump o por Xi Jinping en la guerra EE.UU.-China: los dejé en ridículo a los dos.

Ciertamente, le di una segunda oportunidad al Presidente Piñera. Y también logré que quedaran en evidencia los políticos que ponen primero su interés personal antes que el bien común. Les hice la pega a los electores chilenos para la próxima elección.

Quizás no se han dado cuenta, pero también resolví la controversia sobre lenguaje inclusivo. Todos hablan hoy de “contagiados” y nadie se queja ni pide que se hable de “contagiades” ni “contagiadxs”. En fin, y en síntesis, mi humilde aporte será despertarlos de verdad para darse cuenta de qué es lo que importa en la vida, como les pasa a los que sienten que volvieron de la muerte. Ya nada será igual. Y se sentirán liberados. Gracias, gracias, no se molesten.

/Escrito por Joe Black para El Mercurio

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