Se ha puesto de moda hablar de una Tercera Guerra Mundial. La búsqueda de “World War 3” (sic), según informó esta semana la prensa estadounidense, se ha disparado en Google.
¿Estamos ante semejante riesgo?
Distintos analistas de política exterior han explorado esta cuestión en semanas recientes.
Nigel Ferguson, por ejemplo, propuso en “The American Interest” que Trump hiciera una alianza (“condominio”) con Rusia y China para mantener la paz mundial, repartiéndose áreas de influencia y compartiendo soluciones puntuales (por ejemplo, en Siria, donde su idea es que Estados Unidos y Rusia opten por una balcanización del país, como se hizo con Bosnia). Se trataría de un arreglo nostálgico del “equilibrio de poderes” del siglo XIX y que permitió muchas décadas de paz (aunque estalló en mil pedazos con la Primera Guerra Mundial). En el actual contexto, piensa él, puede estallar un conflicto mundial sin un esquema de esta naturaleza.
Kissinger, en su libro Orden Mundial, ya había esbozado una tesis más o menos parecida que no sorprende demasiado en él. El ex secretario de Estado cree que el mundo de hoy se parece a la Europa del final de la Guerra de Treinta Años, que desembocó en la paz de Westfalia (1648). Había una multiplicidad de unidades políticas caóticas, ideologías incompatibles, culturas disímiles: nadie tenía poder suficiente para imponer su orden a los demás. Así, optaron por el sistema del Estado-nación, reemplazando el mundo de los imperios por otro más modesto, en el que cada Estado decidía sus asuntos y formas de gobierno, respetando la soberanía del otro. Un equilibrio hacía que nadie pretendiera obtener una hegemonía sobre los demás.
Desde un punto de vista muy distinto, Robert Kagan ha escrito en Foreign Policy que esa visión es ingenua y que acabaremos envueltos en conflictos mundiales graves si no entendemos la necesidad de que Estados Unidos afiance su poder a través del sistema que nació tras la Segunda Guerra Mundial y que sobrevive hasta hoy.
El constata que Rusia y China tienen pretensiones hegemónicas. Moscú quiere llevar su área de influencia mucho más allá de Georgia y Ucrania (que invadió en 2008 y 2014), hasta abarcar Europa oriental y central, así como Asia central (donde ya pesa). Pekín pretende mucho más que hacerse fuerte en el Mar del Sur de China; su verdadera ambición es extender un área de influencia a toda el Asia oriental, donde Estados Unidos ha mantenido alianzas con países como Japón y Corea del Sur.
Según Kagan, el nuevo nacionalismo aislacionista surgido en Estados Unidos y Europa atenta gravemente contra el orden mundial que ha predominado desde la Segunda Guerra Mundial: al minar el prestigio y la solidez de la democracia liberal, debilita el orden mundial basado en ese ideal del que Washington y la OTAN han sido pilares. Mientras mayor sea la percepción en Rusia y China, pero también en países menores bajo sistemas autoritarios con ambiciones propias, de que Estados Unidos y Europa se repliegan en lugar de asumir sus responsabilidades, mayor será el aventurerismo de los gobiernos que buscan aumentar sus áreas de influencia.
En ese contexto, cualquier incidente grave puede llevar a una conflagración o simplemente a que la democracia liberal vaya encogiéndose en el mundo aceleradamente, lo que provocará que los países autoritarios que se sientan fuertes se engullirán a los que perciban como presas fáciles.
Como la historia no es previsible en lo fundamental, ninguna teoría o análisis, por autorizada que sea su autoría, es infalible. Un aspecto que vuelve aun más difícil hacer pronósticos es que Estados Unidos no tiene una doctrina de política exterior. No la tuvo Obama y no la tiene Trump. Obama llegó al poder ofreciendo la visión de un Estados Unidos interesado en abandonar el unilateralismo y apostar por el multilateralismo. Pero en momentos importantes no pudo ser fiel a esta visión; los acontecimientos lo obligaron a adoptar políticas contradictorias. Trump ofreció un eslogan: “America First”, que tomó prestado de un movimiento aislacionista opuesto al ingreso de su país en la Segunda Guerra Mundial, pero ya vemos que a él también los acontecimientos lo han llevado a hacer cosas imprevistas, como bombardear la base aérea de al-Sharyat, en Siria y, ahora, enviar una “armada” a la península coreana, incluido un portaaviones con reactores nucleares, el USS Carl Vinson, que transporta casi un centenar de aeronaves.
La ventaja de Estados Unidos y Rusia en el número de ojivas nucleares sigue siendo impresionante. Según la Asociación para el Control de Armas, Estados Unidos tiene desplegadas, en sus misiles y bombarderos, unas 1.411 y almacenadas otras 2.800, mientras que Rusia tiene desplegadas 1.765 y almacenadas 4.500. China posee unas 260 ojivas en total y se sitúa incluso por debajo de Francia, con 300.
Pero si nos fijamos en el poderío militar en general, la ventaja de Estados Unidos, cuyo presupuesto militar es 10 veces superior al de Moscú, es enorme incluso en relación con Rusia. Hay unas 800 bases militares norteamericanas alrededor del mundo contra no más de 12 de los rusos. Estados Unidos tiene casi un millón y medio de uniformados contra unos 800 mil rusos y su superioridad tecnológica es evidente, por ejemplo, en los bombarderos furtivos de quinta generación (que ningún otro país tiene).
Esta ventaja, sin embargo, es académica si tenemos en cuenta la capacidad de destrucción que tiene el arsenal nuclear ruso, cuyos misiles balísticos, por lo demás, pueden llegar a cualquier ciudad estadounidense. Por tanto, la realidad es que todavía sigue vigente la famosa doctrina MAD (Mutually Assured Destruction) de los tiempos de la Guerra Fría que se basaba en la disuasión: ningún país con armas nucleares tiene un incentivo para atacar a otro país con armas nucleares porque una guerra con el uso de dicho arsenal arrasaría a ambos.
Por eso, las guerras entre las potencias ocurridas durante la segunda mitad del siglo XX eran vicarias: se libraban a través de terceros. La irracionalidad del Kremlin tenía limitaciones racionales: los líderes comunistas, a pesar de su fanatismo ideológico, siempre se frenaron cuando se estuvo al borde de un conflicto nuclear. La crisis de los misiles de los años 60 se resolvió porque Rusia percibió que llevar la provocación a Kennedy hasta límites excesivos podía poner en riesgo a la propia URSS. Negoció con Washington un acuerdo para retirar sus misiles a cambio de que la OTAN hiciera lo propio con los que tenía en Turquía.
Aquí, creo, reside la razón por la cual, a pesar de las teorías inteligentes de muchos pensadores, es muy improbable una Tercera Guerra Mundial. La dinastía de los Kim lleva un cuarto de siglo tratando de desarrollar un programa nuclear. En el caso de Irán, el programa de energía nuclear fue introducido por Estados Unidos en los tiempos del sha y después de la Revolución de Khomeini los mullahs empezaron a diseñar una estrategia para desarrollar su dimensión militar.
¿Puede confiarse en el instinto de autopreservación de estos dos regímenes como para suponer que, si logran desarrollar plenamente sus programas nucleares, se frenarán a la hora de provocar un ataque estadounidense? No se puede confiar nunca en un fanático, pero el propósito de estas dictaduras tiene más que ver con el hegemonismo y las áreas de influencia de ciertas zonas que con la guerra con Estados Unidos.
Corea del Norte quisiera conquistar Corea del Sur y Teherán pretende volver a ser el poder dominante del mundo musulmán. Para ellos, la democracia liberal es un enemigo y Estados Unidos, su portaestandarte mundial, una amenaza. Pero ninguno de estos dos regímenes ignora que si pretendieran emplear un arma nuclear en zonas cercanas, serían inmediatamente objeto de un ataque devastador por parte de Washington.
Sólo en la eventualidad de que Corea del Norte e Irán pudieran contar con respaldo de China y Rusia, respectivamente, en un conflicto, podrían competir con Estados Unidos en condiciones verdaderamente amenazantes. Pero ni Rusia ni China tienen interés en desafiar la doctrina MAD porque la disuasión, que fue efectiva durante la Guerra Fría, lo sigue siendo hoy. El fanatismo de los Estados no es autodestructor desde el punto de vista de la política exterior: busca más bien la perpetuidad del poder establecido. A veces calcula mal, pero su pretensión no es la destrucción mutual en una guerra.
Rusia ha criticado severamente el bombardeo de Estados Unidos a Siria. Pero, en la práctica, ¿ha tomado represalias militares? No. En el caso de Corea del Norte, lo que se ha visto es que China ha perdido la paciencia con Pyongyang en lugar de una disposición de Pekín a ir a la confrontación con Trump para proteger a Kim Yong-un. Si algo han revelado los últimos días es una tensión creciente entre China y Corea del Norte. Los chinos perciben el germen de su propia inestabilidad en cualquier conflicto que pudiera desatar Kim Yong-un.
Este dictador, como su padre y su abuelo, utiliza de tanto en tanto la bravata exterior como herramienta política interna. Pero ¿está seriamente dispuesto a exponerse en una guerra contra potencias muy superiores? Nada de lo que sabemos de los regímenes comunistas apunta en esa dirección. Lo que sabemos es, más bien, que, aunque algunos Estados comunistas están dispuestos a llevar el “bluff” hasta la zona de peligro real, su instinto es la autopreservación.
¿Significa esto que no hay peligro de Tercera Guerra Mundial? No, significa que ese peligro no viene, a mi modo de ver, en lo inmediato, de los lugares donde está fijada al atención en estos días. Viene, más bien, de esas organizaciones terroristas no estatales en las que el suicidio sí es un arma de lucha para alcanzar la gloria. Pero ¿cuáles son las posibilidades de que los terroristas no estatales se hagan con un arsenal nuclear importante?
Evitar que ello ocurra es una necesidad imperiosa, un objetivo compartido por las grandes potencias nucleares enemistadas entre sí. Estados Unidos, Rusia y China tienen exactamente el mismo interés en evitar que el terrorismo suicida se apodere de armas nucleares. Esto no garantiza que una organización terrorista no pueda obtener un arma nuclear, pero sí implica que los países que tendrían que enfrentarse entre sí para que se diera una Tercera Guerra Mundial actuarían para atajar el riesgo conjuntamente.
El mayor peligro en el corto o mediano plazo no es la guerra mundial. Es más bien la erosión de la democracia liberal, el auge de los autoritarismos bajo la cobertura del nacionalismo y el populismo. Y en un mundo, todavía lejano, en que la democracia liberal dejara de ser el paradigma líder, el peligro de una conflagración planetaria crecería.

/Blog de Álvaro Vargas LLosa para La Tercera

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