Deng Xiaoping fue un prominente político reformista chino y el principal líder del Partido Comunista entre 1978 y comienzos de 1990. Desarrolló el “socialismo con características chinas” y fue el padre de la reforma económica aperturista del país que abrió a China al capitalismo y a los mercados mundiales. Todo eso, más la continuidad de sus sucesores, explica que la economía china sea hoy la segunda más importante del planeta, y con el logro de haber conseguido la mayor reducción de pobreza en la historia económica (730 millones de pobres a principios de los 80 a 36 millones en 2015).

A Deng se le atribuye el dicho “No importa que el gato sea blanco o negro; mientras pueda cazar ratones, es un buen gato”. Pues bien, para el Gobierno de la Nueva Mayoría, imitar al gobierno chino debería ser un punto de partida para sus proposiciones de políticas públicas y su respuesta ante emergencias. Es decir, ahora que a nuestro país lo azotó la peor ola de incendios de que se tenga cuenta, la máxima de todos los funcionarios públicos debería conllevar un actuar efectivo y definitivo para extinguir los incendios. Sin embargo, el Gobierno ha sido lento en reconocer el problema, irresponsablemente inepto en proveer las soluciones y disperso en atender las reales prioridades de la población.

¿Por qué la inefectividad del Gobierno? La ideología de la Presidenta Bachelet impidió las soluciones prácticas al problema del incendio. Me explico. Ella está convencida de que el Estado es capaz de proveer a precios justos y razonables muchos servicios que el sector privado, por intereses creados, no puede entregar. Por lo tanto, a la hora de apagar un incendio, nadie mejor que el Estado para la tarea. Es más, su imperdonable falta de cortesía hacia quienes proveyeron gratuitamente el supertanker, contrastaba conspicuamente con sus públicos agradecimientos al Gobierno ruso por facilitar  “el luchín”. Su profunda creencia de que los intereses del sector privado son perversos y contrarios al bienestar de la población la llevaron a soslayar la ayuda que el sector privado había ofrecido. Punto aparte merece el proceder del director ejecutivo de la Conaf, que con una displicencia lindante en lo facineroso desechó la ayuda de privados (libre de costo para el Fisco) cuando era realmente necesaria.

Es en este tipo de situaciones cuando uno entiende porqué todos los llamados de este Gobierno a desarrollar la actividad público-privada como una palanca importante en re-acelerar el crecimiento económico no han encontrado eco en la población y no se percibe materialización significativa dentro de la comunidad empresarial. La sensación de que el Gobierno dice algo para tranquilizar a empresarios y consumidores, pero hace poco, queda plasmada en el manejo que ha demostrado durante esta catástrofe. El Estado puede hacerlo y no necesita competencia privada, pues se corre el riesgo de que se demuestre su incapacidad e incompetencia en la provisión de soluciones a problemas como el incendio, la educación, el cuidado de los niños del Sename, etc.

En definitiva, para un Gobierno con cercanías ideológicas irrefutables con socialismos radicales y el comunismo, la lógica apunta a que debería imitar a Deng, que probó con su actuar que a la hora de resolver problemas lo que importa no es el color del gato, sino que cace ratones. Este Gobierno, con esa misma lógica, debió haber asumido desde que se iniciaron los incendios que era indiferente quién fuera el dueño de la manguera, pues lo verdaderamente importante era que lanzara la mayor cantidad de agua para extinguir el fuego lo antes posible. La reacción lógica era haber solicitado toda la ayuda posible, a los privados y a los Estados, independiente de sus afinidades políticas, pues como ha quedado demostrado con los incendios, es mejor que sobre a que falte.

Lamentablemente, este Gobierno ha demostrado nuevamente con su tardía e inepta reacción ante los incendios que, a pesar de declarar incesantemente su preocupación por los compatriotas más pobres, no tiene lo que se requiere para gobernar, porque la administración del Estado le queda grande.

Columna para El Libero de Manuel Bengolea, estadístico PUC y MBA de Columbia, NY