La elección presidencial está a la vuelta de la esquina y nadie se ha pronunciado sobre la que debiera ser la gran reforma política y administrativa, que permitiría modernizar  nuestro país: la descentralización de Chile.

Ya son más de 200 años en que todas las decisiones giran en torno de un centro político, administrativo y económico, con un sistema político presidencialista y unitario, con un poder ejecutivo que nunca ha tenido contrapeso.

Actualmente, en relación al tamaño de su población y de su economía, Chile es el país más centralizado de América Latina y de la OCDE. Los ejemplos están a la vista y países como Argentina, Brasil, Colombia y México, entre otros, han mostrado el camino para derrotar el centralismo que está asfixiando a Chile y que tiene a las regiones en una situación de desventaja con Santiago, que repercute en su desarrollo y del país.

A estos efectos negativos, se agregan los problemas que se generan en la misma capital, producto del desbocado crecimiento demográfico y la excesiva extensión de la ciudad, que terminan en congestión vial, amplias distancias a recorrer cotidianamente y situaciones de estrés en sus habitantes, en síntesis mala calidad de vida.

Por lo mismo, urge un programa que le otorgue a las regiones mayor protagonismo y autonomía en sus decisiones políticas y en el uso de sus recursos. Para que esto se concrete, es imprescindible que cada región elija a sus autoridades (sean intendentes o gobernadores), pero con facultades reales para tomar decisiones independientes de las instrucciones que reciban desde La Moneda, disponiendo además de presupuestos efectivos para enfrentar los problemas propios, que por lógica son diferentes en el norte, centro o sur del país.

Concretamente, en Antofagasta y otras regiones mineras, podrían crearse incentivos para el desarrollo de la pequeña minería, orientar la educación hacia este rubro, creando la tan anhelada Universidad de la Minería, con aportes estatales y particulares.

Posibilitando, por último, la esperada integración regional, orientada hacia la auténtica vía del desarrollo económico, creando fuentes laborales y otorgando los espacios para la verdadera inclusión, favoreciendo realmente a quienes constituirán un aporte para el país al que se integran.

Nadie mejor que las propias regiones y sus autoridades conocen cuáles son sus problemas y necesidades reales. Y por lo mismo, son los que pueden adoptar las mejores soluciones, sin depender de lo que diga, haga o dictamine Santiago.

Columna de Waldo Mora publicada en la págin a editorial del diario El Mercurio de Antofagasta

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