Alex Valenzuela, jefe de la hospedería Padre Álvaro Lavín, con capacidad para 120 personas lo que la convierte en la más grande del país, pasó dos semanas de indescriptible angustia al momento de enterarse el 4 de mayo pasado que uno de las personas en situación de calle que estaba alojando allí había dado positivo en el test PCR.

“Ese lunes, un usuario que trabajaba en la construcción nos contó que le habían hecho el test en su trabajo y que había arrojado positivo, de inmediato se activaron las alarmas. El único síntoma que había tenido fue un vértigo que le dio el 29 de abril, estando en su trabajo en altura, por eso le hicieron el examen. Desde el momento que supimos, considerando que no hay dispositivos ni albergues sanitarios contemplados para personas en situación de calle, empezamos a ver qué hacíamos. El escenario era que él había estado compartiendo con los demás hasta los baños, porque en la hospedería no tenemos espacios de aislamiento que incluyan servicios sanitarios”, contó.

De inmediato se gestionó con la red de salud comunal y el jueves 7 de mayo, llegaron de la Seremía de Salud a hacer los exámenes a todos los que tenían síntomas de resfrío, pérdida del olfato, etc. Al día siguiente se consiguen más PCR y le realizan a todos los que estaban presentes. Resultado: 36 personas contagiadas, 4 negativos, ninguno de los trabajadores del Hogar de Cristo pero sí tres manipuladores de alimentos.

“De la noche a la mañana pasamos a ser la hospedería con el mayor número de contagios”, señala. Pasados ya los 14 días de angustiante espera desde el diagnóstico, Alex Valenzuela agradece al padre Hurtado que la mayoría haya superado bien la enfermedad. Sólo dos fueron trasladados a un hotel para cumplir con un mayor aislamiento pero ya van a ser dados de alta.

“En estos momentos, la hospedería está siendo administrada por sus 42 participantes, algo que nunca se había visto en la historia del Hogar de Cristo al menos en la línea Calle. Diariamente nos comunicamos con ellos y hacemos asambleas en videoconferencia, de 17:30 a 18:30 horas, porque como equipo nos preocupamos de sus necesidades. Se han creado comisiones: de aseo, de alimentación y esperemos que Dios y el padre Hurtado nos sigan acompañando para que todo siga funcionando bien mientras encontramos monitores que puedan ir a trabajar allá”, señala.

“Tengo Covid19 y me he humanizado”

Daniel Córdoba (37) es uno de los líderes del comité de emergencia que se creó en la hospedería Padre Álvaro Lavín y uno de los 36 contagiado por coronavirus.

-¿Te asustaste al saberlo?

-“No soy de asustarme mucho, pero sí me preocupó mi familia. Mi mamá tiene 73 años y cuando le conté se puso a llorar como si me fuera a morir. Pero yo he sido asintomático, no me ha pasado nada. Aquí ha habido algunos con fiebre un par de días, otros con diarrea, pero todos están bien. Solo dos se fueron a una residencia sanitaria”, dice muy tranquilo al teléfono.

Dice que la pandemia saca a relucir dos tipos de personas: las que se humanizan y las que se individualizan. “Yo me he humanizado, antes veía por mí nomás, me preocupaba solo de mí, ahora tengo que velar por los chiquillos, de hacer ver las necesidades que tenemos. Hoy tuvimos un tema con la comida y eso para mí no se transa, no podemos comer hoy un banquete y pasar hambre mañana, hay que ser precavidos. Pero algunos acá no entienden, se genera conflicto, pero nada que me agobie porque soy más a la antigua: se dice y se hace”, revela.

Daniel estudió ingeniería forestal en la universidad Santo Tomás para darles en el gusto a su padre y a su padrino. Pero no terminó la carrera, porque su papá murió y porque no le gustaba. Llegó a situación de calle debido al consumo problemático de alcohol.

“He sido tomador desde chico, en mi familia el alcohol estaba permitido, mi abuelo y mi papá fueron alcohólicos, hay harto consumo entre mis hermanos, mis sobrinos, yo también pero yo salí más de calle, ninguno de los demás ha estado en calle, a mí me gustó la calle”, admite.

Asegura que la convivencia 24×7 en la hospedería ha sido difícil por el factor consumo. “Yo estoy en tratamiento hace tres meses, hay aquí muchos que somos o fuimos consumidores, entonces algunos no entienden que no se pueda consumir, alegan por el encierro. Yo les digo que se den el tiempo, como decimos en la jerga de la calle, nos paqueamos años de vida en la calle y ahora que tení todo aquí, comida, cama, techo, medicamentos y lo único que no podí hacer es salir, te querí paquear, salir a la calle”.

Daniel se levanta temprano todos los días para ver que nada falte, contestar el teléfono, organizar la mercadería. Sigue llegando gente en las noches a tocar la puerta para pasar la noche. “Les decimos que estamos todos contagiados y algunos salen corriendo, pero hubo un caballero que dos noches seguidas durmió en la entrada: nos insultaba y tocaba el timbre, no entendía que era peligroso dejarlo entrar”.

Esta semana un equipo sanitario debe ir a hacerles de nuevo el test. “Vamos a ver si vienen, porque de por sí no somos muy tomados en cuenta, muy escuchados, muy vistos”.

Alojamiento en San Bernardo

Un escenario diferente se vive en la hospedería de San Bernardo. Sebastián Rojas, su director desde hace un año, cuenta que afortunadamente desde marzo cuando empezaron la cuarentena hasta ahora, no hay ningún caso de Covid-19.

Ubicada cerca del metro estación San Bernardo, en la calle Alfonso XIII justo al frente de la línea férrea, tiene capacidad para 40 personas en tiempos normales, pero ahora sólo hay 14 participantes de entre 27 a 45 años y 6 trabajadores del Hogar de Cristo.

“Hemos vivido una situación especial porque tomamos medidas de precaución desde que el tema comenzó a hablarse en los medios de comunicación. Con las 35 personas en situación de calle que estaban en ese momento, empezamos a aplicar de inmediato los hábitos de higiene e iniciamos una dinámica rigurosa con los ingresos. Una vez que partimos con la cuarentena evitamos tránsitos innecesarios, porque la mayoría tiene trabajos en el mercado informal: comercio ambulante, prácticas de mendicidad y otras estrategias. Les explicamos que por su seguridad y la de nosotros tenían que dejar todas esas actividades para quedarse 24×7. Hablamos uno por uno, para explicarles que debían tomar una decisión: quedarse o irse y trabajar pero sin poder volver a entrar”, recuerda.

Fue un trabajo laborioso, pero aún así, al par de días algunos se fueron, en especial los que tenían consumo problemático. “Es un grupo humano muy complejo, sin embargo, los 14 que se quedaron están súper involucrados en todo el quehacer de la hospedería. Nosotros les estamos planificando siempre actividades recreativas y formativas para evitar que caigan en la angustia y la depresión, lo hemos logrado”, agrega Sebastián Rojas.

Cada mañana, de 9 a 11, se hace un completo aseo y desinfección de todas las instalaciones. Luego vienen distintas actividades: talleres de comunicación, charlas sobre coronavirus, campeonatos de ping pong y de brisca, y además está el proyecto de jardinería que tanto les entusiasma.

“Para este 2020 teníamos pensado como intervención en el servicio de hospedería reforzar el trabajo comunitario para dar un alojamiento significativo, sin saber que tendríamos que enfrentar esta coyuntura de la pandemia. Bajo ese concepto, lo que buscamos diariamente es la creación de espacios que les den herramientas a ellos para una futura reinserción social. Ahora estamos sistematizando la actual experiencia, porque sin duda, nos aportará nuevas miradas metodológicas”.

De igual forma piensa Alex Valenzuela, pues cree que de esta dramática crisis sanitaria saldrá algo bueno: “Ellos se han empoderado y sienten la hospedería como su propia casa. Es otro mito que derriban las mismas personas en situación de calle. Los chiquillos están súper agradecidos del Hogar de Cristo por confiar en ellos y darles esta posibilidad. A pesar de sus historias de calle, hoy son capaces de cuidar el techo que tienen”.

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