La acumulación de problemas que se le ha venido encima a nuestro sistema político es formidable. En la base está el agotamiento de una forma de la república, hecho que con sorprendente regularidad ha ocurrido en nuestra historia cada 35 o 40 años y que siempre ha significado una crisis mayor.

Luego vino “el estallido”, reclamando respuestas a problemas que se ubicaban en el orden político, económico, social, constitucional. Cuando recién estábamos empezando a enfrentar este desafío, súbitamente emergió la pandemia, con su carga de muerte e inmensas penurias económicas y que está haciendo saltar en pedazos piedras angulares de la ortodoxia económica, como la deuda, los déficits fiscales.

La peste ha tenido el efecto de ocultar el “estallido”, pero también de reforzar sus demandas más caras, entre ellas una mayor igualdad o la necesidad de encarar las falencias de los sistemas de salud y pensiones. “Estallidos” y pandemias han puesto en evidencia a Estados —entre otros, Brasil, México, Colombia— donde zonas completas están fuera del control de la fuerza pública y bajo la dictadura del crimen organizado.

Superada esta plaga se iniciará una nueva etapa, en la que habrá que recuperar trabajos y empresas; restablecer los equilibrios de la economía; enfrentar la inmensa deuda que en la lucha contra el virus se habrá acumulado; repartir esa carga entre las potencias y las naciones más débiles, entre empresas grandes y pequeñas, entre ricos y pobres. Hacia adelante, en el largo plazo, cubriéndolo todo, el miedo de que este mundo se haya hecho más inseguro, que pueda haber una nueva pandemia, que las crisis económicas se hagan más frecuentes, que se esté incubando una catástrofe ecológica.

Puesto que la pandemia es, a la vez, local y global, así será también su solución. Es probable que el mundo que surja cuando la superemos se ajuste a perspectivas más cercanas a la socialdemocracia que a las radicales de izquierda y derecha. No se derrumbará el capitalismo, que conservará su sitial como el más eficaz sistema de creación de riqueza, pero será objeto de cambios que lo alejarán de las exigencias de un Estado mínimo, desregulaciones, reducciones de impuestos, disminución creciente del poder de los trabajadores en las empresas.

El mercado continuará siendo valorado como instrumento económico, pero objeto de dura crítica sobre su rol en la distribución del ingreso y en sus efectos negativos sobre la cohesión social. Habrá abusos e injusticias que el orden económico ya no podrá volver a ocultar ni tolerar.

En las políticas emergerán como las más altas prioridades el fortalecimiento de los sistemas de salud pública y una mayor preocupación por las pensiones y por el trato a la tercera edad, que de víctima de la pandemia podría pasar a ser su beneficiada.

En lo político, la democracia liberal será desafiada por populismos de distinto signo y el intento de sustituirla por autoritarismos disfrazados de democracias directas o plebiscitarias. Al igual que el capitalismo, para sobrevivir, deberá incorporar reformas que hagan posible gobiernos fuertes, capaces de responder con agilidad a enormes desafíos —pandemias, crisis económicas, desigualdad, crimen organizado, catástrofes naturales—, pero insertos en órdenes auténticamente democráticos. En cambio, lo pasarán mal las democracias débiles, incapaces de proveer gobernanza y seguridad, permanentemente divididas por pugnas de poderes.

En lo internacional, la globalización, que en la última década venía perdiendo dinamismo, dará un nuevo paso atrás; pero para recuperar validez deberá rectificar injusticias que estaba creando. Habrá, también, una reconsideración del tema de las migraciones que llevará a sociedades más cerradas; y, en un plano más amplio, será necesario reconstruir una gobernanza mundial, hoy muy destruida por las erróneas políticas internacionales de Estados Unidos y China.

En tanto la peste ceda, resurgirá con fuerza la preocupación por el cambio climático, y en Chile, especialmente por la sequía, la idea de que el desierto se extiende cada vez más hacia el sur; que se van secando ríos, desapareciendo lagos (Aculeo, ¿Peñuelas?), vaciando napas subterráneas.

Cuando superemos la pandemia, los países y la humanidad enfrentarán el desafío de crear un mundo en muchos aspectos distinto, lo que significará cambiar los modos de actuar y de pensar la política. Algo para lo que, a la luz de lo que vemos hoy, estamos mal preparados.

Escrito por Genaro Arriagada para El Mercurio

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