“Ya se derrumbó toda esa falsa moral, las pancartas lucen la demanda social, siento que debes empoderarte y volar, saltarse todos los torniquetes” tralalá. “Hoy la niñez alzó la voz para decir que ya no, que ya calló. No permitiremos que silencien nuestra opinión, toma mi mano y caminemos junto a la revolución. Crearemos, estamos creando nuestra propia rebelión”.

En medio de una dudosa calidad musical y más dudosa puesta en escena, la letra del video de la Defensoría de la Niñez, por el cual se pagó 74 millones de pesos, busca conmemorar la ratificación por Chile de la Convención de los Derechos del Niño.

Curiosa forma de conmemorar.

Ante el natural torbellino que el video generó, la Defensoría de la Niñez salió a explicar la canción y “lamentó profundamente que se haya malinterpretado su contenido”. O sea el problema no es de ellos. El problema es que hay chilenos que no logran captar las metáforas y el arte que está detrás.

Curiosa forma de responsabilizar.

La historia del mundo nos muestra muchos ejemplos, o malos ejemplos, de canciones destinadas a niños. “Tres amores de la vida: Perón, mamita y papá”, obligaban a cantar a los niños argentinos. “Kim Jong-un apenas duerme para cuidar a su pueblo y a nosotros los niños. Kim Jong-un siempre nos protege, incluso cuando dormimos” cantan hoy las niñas y niños coreanos. “Metáforas”, sin duda, cuyo contenido no se puede malinterpretar.

John Stuart Mill en Sobre la Libertad nos alertaba del peligro de que el Estado trate de influir sobre el pensamiento de los ciudadanos, especialmente en los niños. Orwell y tantos otros han expresado la misma advertencia: el peligro del adoctrinamiento de los niños, por parte de quienes están llamados a educarlos. Sin duda, una forma de violencia y de vulneración de los derechos de los propios niños por parte de quien, paradójicamente, está llamado a defenderlos.

El video en cuestión es, sin lugar a duda y sin posibilidad de apelar a metáforas, una exaltación de la violencia y una promoción de la desobediencia civil. Y no es cosa de interpretaciones. Es simplemente la realidad.

A quienes apoyan el video habría que preguntarles qué ocurriría en caso contrario, qué pensarían ellos si se hubiera utilizado el mismo recurso en promover algo en lo que no están de acuerdo. Y aquí radica el fondo del tema. Esa es la razón del peligro del Estado haciendo proselitismo. El peligro del Estado tomando posición en temas controversiales.

Acá no se estaban promoviendo los derechos de los niños, sobre lo que no cabrían dudas. No se estaba fomentando la inclusión, sobre lo que tendría apoyo unánime. No se intentaba resaltar la tolerancia, sobre lo que prácticamente nadie objetaría. Se trataba simplemente de un llamado con un vidente sesgo político.

Curioso “llamado de la naturaleza”.

La defensa de los derechos de la niñez es una tarea relevante y permanente, pues son muchos los niños que enfrentan la vulnerabilidad y la desprotección. Sin embargo, esta labor no debiera verse alterada por mensajes que puedan alentar el enfrentamiento, especialmente cuando el país tiene por delante el enorme desafío de buscar construir acuerdos en torno a los temas de futuro.

Así, el proceder de la institución resulta profundamente irresponsable –especialmente– porque los destinatarios de estos mensajes son personas que –como decía Aristóteles– “tienen una facultad deliberativa imperfecta” hasta que no sean adultos. Así, adoctrinamientos o exaltaciones de la violencia no pueden ser tolerados en ninguna circunstancia y menos de parte de la institución sobre la cual la sociedad ha depositado su confianza para lo contrario.

Lo menos que se puede exigir es que se elimine el video y que se pidan las excusas correspondientes. Lo máximo es revisar si la persona a cargo de esta institución autónoma tiene el criterio suficiente para dirigir el organismo. Pero, sea como sea, queda instalada la vieja pregunta del poeta romano Juvenal “¿quién vigila a los vigilantes?”. La misma pregunta realizada hace dos mil años cobra más sentido que nunca: ¿Quién nos defiende de la Defensoría de la Niñez?

/Escrito para El Mercurio por Francisco José Covarrubias

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