Los mismos que opinaron que Chile había despertado en octubre pasado, ahora opinan que Estados Unidos también lo está haciendo. Por ejemplo, Juan Gabriel Valdés, ex embajador de Chile en Estados Unidos, atribuye el despertar americano a la política deliberada de Trump de concentrar la riqueza. Similar a lo que pasó en Chile, considera que el sistema que le permitió a los norteamericanos soñar con que sus hijos iban a estar mejor, los llevó a concluir que sus hijos ahora estarán peor. Y ese sentimiento, como algo espontáneo, los llevó al estallido.

Es obvio que la izquierda radicalizada trata de relacionar la violencia con las legítimas demandas que puede tener la ciudadanía. Lo hace porque le conviene demoler la institucionalidad del país. Es la gran oportunidad que tiene para imponer proyectos revolucionarios que no logran impulsar por medios democráticos. Lamentablemente, hay que reconocer que la estrategia les funcionó hasta ahora, porque el 70% de la población apoyó la evasión de pago en el metro, es decir el robo, y más del 40% de los jóvenes, entre 18 y 25 años, justificó la violencia desaforada.

Pero el tema de fondo no es la relación entre reclamos y violencia, sino entre violencia y bandas organizadas. Porque ello determina cómo el estado tiene que enfrentar la violencia. Si bien en los albores del estallido chileno se habló de agentes externos, e incluso de invasión alienígena, ese argumento fue muriendo en el tiempo, dejando espacio para creer que los hechos fueron espontáneos. Sin embargo, imposible creer que la quemazón del metro y los actos vandálicos pudieran considerarse espontáneos. Claro está que no se trató de un “gran hermano” organizando una revolución, sino de grupos anárquicos coordinados entre sí, y de barras bravas coordinadas con narcos. Con las redes sociales no se requieren de grandes coordinadores y líderes monolíticos. Bastan mensajes bien pensados para incendiar la pradera.

El estallido de violencia en EE.UU. vuelve a traer a la palestra la discusión sobre la espontaneidad de estos hechos. Todo indica, hasta ahora, que organizaciones “Antifa” (anti fascistas), vinculadas a la izquierda radical y al anarquismo, están promoviendo y liderando las revueltas. Los Antifa de EE.UU. no conforman una organización con una estructura definida y liderada por un mesías de turno, sino un grupo de seguidores conectados por redes sociales, que comparten una filosofía y unas tácticas que validan el uso de la violencia para lograr su fin, que no es otro que la violencia y al destrucción del sistema.

Organizaciones, dicho sea de paso, que también tenemos en Chile, como por ejemplo las relacionadas con las barras bravas del fútbol (“los antifascistas de la Garra Blanca”, y “Los de abajo Hinchada Antifascista”), y otras como el colectivo Acción Anti Fascista Valparaíso, todas ellas activas en el estallido de octubre. Altamente probable que los individuos que conforman esos grupos no tengan la menor idea de lo que es fascismo, anarquismo o marxismo. Simplemente usan esas terminologías como un mantra de autojustificación, y por cierto para justificar ante la ciudadanía la descarga de su rabia, frustración y adrenalina. Y de paso darle un tufillo de heroísmo al vandalismo que todo lo arrasa.

Pero hasta ahí llega la similitud entre los hechos chilenos y los norteamericanos. Porque mientras que en Estados Unidos la líder demócrata Nancy Pelosi, el candidato de oposición Joe Biden, y la misma familia de George Floyd, condenan enérgicamente la violencia, en Chile no sólo el Frente Amplio y el Partido Comunista, sino incluso la izquierda moderada y varios de la DC, siguen aclamando el heroísmo de la primera línea.

Y mientras la gran mayoría del periodismo americano repudió y condenó la violencia, los periodistas chilenos se focalizaron en la violación de los derechos humanos perpetrada por los carabineros, colocando a los vándalos en el pedestal de víctimas. El mundo al revés. Por no concordar con la izquierda, nos tildan de fascistas; por criticar la inmigración descontrolada del gobierno de Bachelet II, nos critican de xenófobos; y si exigimos terminar con la violencia, nos tildan de represores. ¿Hasta cuándo habrá que aguantar ese periodismo mediocre? Porque en el fondo no es sólo ideología, sino también mediocridad disfrazada de intelectualismo falso.

Pero hay una nota positiva en todo esto. El estallido de violencia en EE.UU. es una tremenda oportunidad para poner las cosas en su lugar: no son hechos aislados y espontáneos, sino vandalismo organizado y dirigido por bandas anarquistas, secundadas por jóvenes que no trabajan ni estudian, los llamados “ninis”, de los cuales en Chile tenemos 600 mil exponentes entre 19 y 30 años. Es la pelea histórica entre los que tienen algo que perder con la violencia (el 99% de la población), y aquellos que se benefician con ella, ya sea dinero (los narcos y las barras bravas), vitrina (los anarquistas), sentido a la vida (los ninis), o todo lo anterior.

Es la oportunidad para que la oposición despierte, y se de cuenta que justificar la violencia no le va a generar beneficio alguno. Nada peor para la oposición que ganar una elección en un país con violencia desatada. Si creen que la van a poder controlar porque son de izquierda, se equivocan. Porque el slogan de los violentos podrá ser de izquierda, pero su objetivo es anárquico y económico, nada que ver con los ideales de izquierda.

También es una oportunidad para que la élite chilena tome conciencia de que la inequidad es un muy mal negocio, y que debe resolverse a la brevedad posible. Y, por cierto, es la gran oportunidad para que todo el sistema político acepte llevar a cabo una profunda modernización del estado, pues las soluciones sociales no pueden financiarse solamente con impuestos.

/Escrito por Gabriel Berczely para el Líbero

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