Vi muy complicados a mis comensales esta semana, no sólo por lo que estaba sucediendo en el país del norte y por el discurso desafiante de su Presidente, sino también por lo que estaba pasando con nuestra realidad, particularmente por las declaraciones del edil de Las Condes, quien señaló que era preferible… “que seamos un país más pobre… pero más felices”.

Se me debe haber escapado una sonrisa mientras escuchaba las conjeturas parroquianas, ya que uno de los “conectados” me dijo balbuceante… “no te rías, la situación es patética”.

Expliqué que mi gesto no era “ningún ninguneo” sino que reflejaba mi convicción de que ambas situaciones daban cuenta de una graciosa paradoja: “a pesar de ser muy diferentes, sus protagonistas tenían un factor común: dicen lo que piensan”.

El caso de Trump, a pesar de tener una prensa muy adversa, definía una marcada prioridad por la libertad, el orden, la justicia y el bien común, apoyando su discurso en la Constitución, específicamente en la Segunda Enmienda, y en la necesidad de defender la propiedad como base esencial del desarrollo y del progreso.

Desafiando los cánones con que se maneja hoy la prensa, el progresismo y la izquierda, Trump no ha vacilado en adoptar, con decisión y firmeza, una actitud franca; si bien para muchos puede parecer “políticamente incorrecta”, para él -la figura más importante del “mundo libre”- resulta imprescindible decir las cosas por su nombre: la violencia es terrorismo, y él empleará todos los medios para mantener el orden y el estado de derecho.

En las antípodas del Tío Sam está el edil de Las Condes, a quien hemos visto pasearse, sin complejos, por diferentes trincheras del campo político. Durante el gobierno militar se promocionó con “La Revolución Silenciosa”, durante los tiempos de la Concertación fue a ver a Fidel a Cuba, y en algún momento se definió como “Aliancista Bacheletista”.

No debiera entonces sorprender a nadie que, en estos difíciles tiempos, el edil nos anticipe que “seremos más pobres, pero que podremos ser más felices”, y que lo que se nos viene es una nueva Constitución, donde quedará establecido lo que él llama “Comunitarismo del siglo XXI”, lo que no es otra cosa que lo opuesto al modelo de “Sociedad Libre” que nos puso en la línea del progreso sostenido, y al que parece que no volveremos tan fácilmente.

Dos protagonistas que dicen lo que piensan; uno que lo hace para defender los principios del mundo que representa, el mundo de la libertad, el orden y el progreso, y el otro que, buscando “lo políticamente correcto”, se mueve plácidamente en la dirección que soplan los vientos.

Concluimos, al final de la tertulia, que ambas situaciones eran muy distintas y que el ambiente era complejo, pero que, así como estaban las cosas, lo más probable es que hubiese “premio y castigo” producto de lo cual el sucesor del Tío Sam sería reelegido y el edil no lograría superar… la barrera de lo comunal.

/Cristián Labbé Galilea

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