En medio de la crisis sanitaria que ya ha dejado más de 1.000 muertes en Chile –una cifra que muchos veían hace algunas semanas muy lejana y que de pronto se volvió parte de nuestra realidad- la política volvió a reaparecer, con lo bueno y lo malo. Y con cambio de gabinete incluido. Mientras se trabaja para llegar a algún tipo de acuerdo nacional o al menos unos mínimos comunes para enfrentar lo que viene, la votación en el Congreso sobre los límites de la reelección nos recordó el lado menos virtuoso de la actividad legislativa, ese que deja puntos pendientes y que vuelve a poner en cuestión la calidad del trabajo legislativo. Pero al margen de esos debates, el tema entre los columnistas por estos días está la discusión sobre los espacios reales de acuerdo que parecen haberse abierto. Basta leer la entrevista al presidente del PS, Alvaro Elizalde, en La Tercera Domingo donde asegura de que “si finalmente un sector político que no es el nuestro saca dividendos de esto, qué importa si salvamos vidas”. Habrá que ver si ese espíritu se mantiene.

 

Lo cierto es que algunos como Héctor Soto advierten sobre los beneficios reales de ese acuerdo para el gobierno. “Más allá del imperativo de desbloquear el sistema político (…) el gobierno deberá evaluar muy bien el tipo de acuerdos que se propone lograr”, escribe, porque como recuerda “la experiencia de la negociación que tuvo lugar la madrugada del 15 de noviembre dejó al Presidente muy a la intemperie en términos de apoyo ciudadano”. Y ahora que las cifras de la encuesta Cadem lo devolvieron a los niveles previos al 18 de octubre, con un 29% de apoyo, nadie quiere volver para atrás en La Moneda. Pero eso no impide que el gobierno esté decidido a avanzar como demostró el cambio de gabinete que buscó cohesionar a una coalición tensionada. Como escribió Ascanio Cavallo el domingo “al presidente del partido del Presidente se le ha ocurrido presionar por algo parecido al cuoteo: quiere a un ministro suyo en el equipo negociador”. Y el mandatario acogió el pedido al incluir a Cristián Monckeberg en Desarrollo Social a costa de Sebastián Sichel.

Pero como escribe Oscar Guillermo Garretón, “hace tiempo que la sociedad no miraba hacia la política como ahora, ante la urgencia dramática de acuerdos para enfrentar pandemia y crisis económica (…) El desacuerdo no tiene perdón. Es tiempo de restaurar la dignidad y el rol de la política”. Ello pese a que el economista reconoce que “los demoledores de la política” de los últimos años poco han ayudado a que esa actividad recupere su necesario prestigio. Habrá que ver si ahora, los mismos políticos contribuyen a revertir esa tendencia. Sergio Muñoz Molina es optimista. “Hemos visto emerger las reservas sanas con que cuenta la sociedad, el deseo de ayudar, las múltiples formas de solidaridad”, asegura. Es de esperar que ello se traspase al diálogo político, donde, como señala, “la base del esfuerzo debe ser el compromiso de todas las fuerzas políticas de rechazar la violencia y cualquier intento de desestabilizar el régimen democrático”. El problema es, como agrega Juan Carvajal, “la desconfianza” y es urgente recuperarla.

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