La nueva enfermedad llegó a Manaos en marzo, en medio de la temporada de lluvias. Al menos fue entonces cuando las autoridades médicas la detectaron por primera vez en la capital del estado de Amazonas, que es a su vez una región remota e internacional. Una precaria carretera conecta la ciudad con el resto del país, y otras municipalidades están a horas de distancia en barca. Pero la flora y la fauna tropicales atraen normalmente a los cruceros de turistas, y empresarios de todo el mundo vuelan hasta allí para visitar su zona de libre comercio. El pasado octubre, Manaos envió una delegación a China para buscar inversionistas.

La primera víctima mortal del virus se reportó el 25 de marzo y los decesos se han incrementado desde entonces. Pero debido a la falta de pruebas, solo el 5% de los más de 4.300 entierros realizados en abril y mayo fueron de casos confirmados de COVID-19, según estadísticas funerarias locales.

Para acomodar a la creciente cantidad de ataúdes, el cementerio público Nossa Senhora Aparecida taló una zona de bosque tropical para abrir zanjas en la tierra anaranjada y sepultarlos allí.

Estas fosas comunes provocaron el enfado de los familiares de los muertos con las autoridades municipales. ¿Por qué los cuerpos de sus seres queridos tenían que ser enterrados de esa forma si no había evidencia de que sus muertes fueron causadas por el COVID-19?, preguntaron.

Médicos y psicólogos dicen que la negación de base procede de una mezcla de desinformación, falta de educación, escasez de pruebas y mensajes contradictorios de los líderes del país.

El primero de los escépticos es el presidente, Jair Bolsonaro, quien se ha referido repetidamente al COVID-19 como una “gripecita” y manifestó que la preocupación por el virus es exagerada. Sus seguidores son receptivos a su negación del virus, tan decididos como él a seguir con su vida como siempre.

Los desbordados servicios de emergencias se han encontrado con una reticencia similar a la hora de reconocer el riesgo viral. Sandokan Costa, médico de ambulancia, dijo que los pacientes suelen omitir mencionar los síntomas de COVID-19, poniéndolo a él y a sus compañeros en un riesgo mayor. “Lo que más me ha sorprendido es la creencia de la gente de que la pandemia no es real”, afirmó.

Visitar la castigada capital de la Amazonía fue una prioridad para el segundo ministro de Salud de Bolsonaro, Nelson Teich, quien se enfundó en un traje de protección para recorrer varios hospitales. Pero renunció días más tarde por no estar de acuerdo con el pedido del presidente de que el ministerio recomendase prescribir cloroquina a pacientes con síntomas leves del virus.

El gobernador de Amazonas, Wilson Lima, aliado de Bolsonaro, también restó importancia a la amenaza en un primer momento. “Hay una gran histeria y pánico”, manifestó el 16 de marzo, tres días después de la confirmación del primer caso en Manaos en una mujer que había viajado a Europa. Ese mismo día declaró el estado de emergencia, pero sus medidas iniciales fueron limitadas: la cancelación de actos organizados por el estado y la suspensión de las clases y las visitas a penales. Por lo demás, recomendó evitar multitudes y lavarse bien las manos.

No fue hasta el 23 de marzo, cuando en el estado había 32 casos, algunos de ellos de transmisión local, cuando ordenó la suspensión de los servicios no esenciales. Pero las restricciones nunca se impusieron para la zona industrial de la ciudad.

Un mes más tarde, los hospitales de Manaos estaban desbordados con miles de casos y cientos de fallecidos.

“Es una escena en vida de una película de terror. El estado ya no es de emergencia, sino de calamidad absoluta”, describió en una entrevista en mayo el alcalde de la ciudad, Arthur Virgilio Neto, un feroz crítico de la gestión de Bolsonaro, a quien llegó a tildar de “loco” en las redes sociales.

En Manaos morían en promedio entre 20 y 30 personas al día, pero la cifra subió a “más de 100” diarias y colapsó el deficitario sistema de salud. El alcalde también denunció la llegada del virus a las alejadas comunidades indígenas de este estado de 1,5 millones de km2 (casi el triple de España) y el aumento de la deforestacion.

“Las personas están muriendo en su casa, algunas tal vez porque no tuvieron asistencia” médica, agrega el alcalde, quien sospecha que “en el fondo fue la covid-19” la causante de esos decesos.

Neto llegó hasta a pedir a la militante ecologista Greta Thunberg que ejerza “su influencia” para ayudar a combatir la pandemia de COVID-19 en su ciudad, ubicada en el corazón de la Amazonía y una de las más afectadas por el virus en Brasil.

“Necesitamos ayuda. Hay que salvar las vidas de los protectores de los bosques, salvarlos del coronavirus. Estamos ante un desastre, una barbarie”, dijo en Twitter

En varias ocasiones desde el comienzo de la crisis desatada por la pandemia del nuevo coronavirus, se lo ha visto llorar durante entrevistas de televisión en vivo.

En el cementerio público Parque Taruma abrieron fosas comunes para enterrar a las víctimas de covid-19; por disposición de la alcaldía, un máximo de cinco familiares pueden dar un breve y último adiós a sus seres queridos. Los hospitales tuvieron que instalar cámaras frigoríficas en camiones para conservar los cadáveres. Videos que circularon en las redes sociales mostraron filas de vehículos fúnebres esperando turno para entrar al cementerio.

“Estamos haciendo un trabajo duro para enterrar personas. Ya tuvimos sepultureros enfermos, que contrajeron coronavirus, algunos no saldrán con vida”, lamentó el alcalde, que ha pedido más recursos al gobierno de Jair Bolsonaro para atender la emergencia. “Es una lucha muy grande, muy dura”, afirmó el alcalde en mayo.

Ahora, sin embargo, el pico de la pandemia parece haber pasado en este estado. Amazonas, que enumera más de 2.000 muertes y 40 mil casos (aunque no existe un conteo realista) también empezó el pasado lunes su desescalada por ciclos. Según el Gobierno regional, los contagios de la enfermedad han disminuido y por ello permitieron esa flexibilización gradual de las medidas de reclusión con la reapertura en la capital Manaos de los negocios no esenciales.

Brasil registra de norte a sur escenarios diferentes y el nuevo coronavirus se propaga a distintos ritmos, lo que explicaría el aumento del confinamiento en unas regiones y la disminución en otras.

“Tenemos varias curvas”, explicó el ex secretario ejecutivo del Ministerio de Salud Joao Gabbardo, para quien el epicentro de la crisis debe ser localizado actualmente en el norte, que incluye la región amazónica.

Mientras que en el norte del país “hay ciudades como Manaos, Belém y Fortaleza donde ya se pasó el pico; algunas están en la meseta [de la curva] y otras en fase decreciente”, en tanto que la covid-19 “aún no comenzó” en localidades de la región sur, limítrofes con Argentina, Paraguay y Uruguay.

Esto, en su opinión, podría derivar en un escenario similar al de Italia “que tuvo un número muy grande de decesos en el norte y no en el sur. La distribución de la pandemia no es muy homogénea”.

Brasil, un país de 212 millones de habitantes, registra casi 700.000 casos y cerca de 36.000 muertos, con un índice de decesos de 147 por millón de habitantes.

/psg