Me quiero referir a este tema porque estimo necesario entender lo que ha pasado en el país del norte, en vista de las similitudes con el fenómeno ocurrido en nuestro país, en la otra crisis, la que empezó en octubre.

Antes de entrar en el análisis de fondo, quiero expresar mi repudio a la criminal acción que terminó con la vida de George Floyd. Eso fue un acto de brutalidad inaceptable, que merece el máximo castigo que permita la ley contra el homicida y contra quienes fueron sus cómplices en lo sucedido.

Creo importante también reflexionar en cómo basta un acto irracional de un hombre, o la decisión de un gobierno, por irrelevante que parezca, para gatillar sorpresivamente, un verdadero vendaval de violencia que arrasa con todo lo que encuentra a su paso, cual tornado que irrumpe con toda su fuerza destructora en una vecindad. En EE.UU. fue la brutalidad de Derek Chauvin; en nuestro país, $30 de alza en el pasaje del metro.

Lo que siguió en Minneapolis se puede entender, porque despertó la ira de la población negra que indignada salió a protestar. Pero lo que ocurrió después en todo el país, esa escalada de violencia organizada, con acciones similares a las que vivimos acá, no tiene nada que ver con la muerte de George Floyd, como lo dijo su propio hermano, quien con un megáfono en mano increpó a los violentistas.

Acá nos pasó lo mismo, porque las protestas comenzaron con la evasión por el alza de $30, instigada por los estudiantes del Instituto Nacional. Pero bastó aquello para que explotara la ola de violencia, con los incendios que devastaron la red de metro, los saqueos, los ataques a Carabineros, las molotov incendiarias y el caos en las ciudades, lo que no tenía relación alguna con el aumento en la tarifa.

Y ¡oh!, curiosa coincidencia: allá se vio flamear la misma bandera símbolo de Plaza Italia, la bandera mapuche. Se vio también a personas marchando con un lienzo que decía «Liberen los presos políticos mapuches y chilenos»; y pegados en postes, carteles que decían: «Desde Santiago a Minneapolis, EVADAN», escrito sobre un dibujo de un torniquete del metro y con un perro saltando por arriba.

Los violentistas fueron identificados como grupos de izquierdistas y los Antifas, marxistas anticapitalistas, que invocan la violencia como medio para lograr cambios que según ellos la democracia no consigue, a los que el Presidente Trump calificó de terroristas urbanos. Los mismos Antifas de nuestro país, con las mismas intenciones subversivas, coordinados probablemente por las redes sociales e intentando similares propósitos.

Pero la violencia en EE.UU. está parando por la acción de la policía, pero también porque hay gente moderada, demócratas opositores a Trump que apelaron a detener el caos mediante un discurso de cambio por la vía electoral, llamando a votar en noviembre. Entre ellos el ex Presidente Obama, Joe Biden, la alcaldesa de Atlanta Keisha Lance, de raza negra, y afroamericanos comunes y corrientes que repudian la violencia.

Es la gran diferencia con Chile, porque si acá hubieran surgido voces opositoras moderadas, como las de EE.UU., para repudiar la violencia y el caos, no hubiéramos sufrido el grave deterioro experimentado producto de esta verdadera subversión que no pretendía otra cosa que hacerse del poder derrocando al Presidente Piñera, como lo intentaron desde el primer día, pidiendo su renuncia.

Como se vio también en EE.UU., la violencia no cuesta nada gatillarla, pero requiere un tremendo esfuerzo y la voluntad de muchos para detenerla. Aprendamos la lección y no volvamos a equivocarnos, porque los costos siempre los pagan los más vulnerables.

Por Jaime Jankelevich, consultor de empresas, para ellibero.cl

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