Una de las cosas más hermosas de la vida y de la historia es el complejo entramado que existe entre la libertad humana y las circunstancias propias de un determinado momento; entre la posibilidad de decidir una acción u otra (o ninguna), que muchas veces choca frente a la realidad que limita las posibilidades de dirigir los acontecimientos en una dirección específica. Y los resultados, como suele demostrar el pasado, muchas veces fue diferente a lo que se suponía era el curso más previsible de los acontecimientos.

Esta semana, el presidente Sebastián Piñera recordó el libro de Stefan Zweig, Momentos estelares de la humanidad (Barcelona, Acantilado, 2002). Se trata de una de esas obras perennes a las que vale la pena recurrir. El prolífico escritor austriaco explica en el prólogo que así como tienen que existir millones de hombres para que aparezca un genio, deben transcurrir también millones de horas sin utilidad para que llegue uno de esos momentos estelares, que determinan y deciden todo: “Un único ‘sí’, un único ‘no’, un ‘demasiado pronto’, un ‘demasiado tarde’ hacen que ese momento sea irrevocable para cientos de generaciones, determinando la vida de un solo individuo, la de un pueblo entero e incluso el destino de toda la humanidad”. Esos momentos, que son raros en la vida de las personas y en la historia, son los que Zweig intenta evocar en su obra: la conquista de Bizancio, la batalla de Waterloo y la génesis de la Revolución Bolchevique son algunos de los sucesos tratados.

En estos días de encierro leo con interés un libro apasionante, que se inscribe en la misma línea y que muestra también “momentos estelares”, específicamente durante la Segunda Guerra Mundial, que terminaron transformando la correlación de fuerzas y el resultado final del conflicto. Se trata de la obra de Ian Kershaw, Decisiones trascendentales. De Dunquerque a Pearl Harbour (1940-1941). El año que cambió la historia (Barcelona, Editorial Península, 2008). El destacado historiador británico señala en el prólogo que “los capítulos que siguen examinan una serie de decisiones políticas entrelazadas y con enormes y dramáticas consecuencias militares, tomadas entre mayo de 1940 y diciembre de 1941, que transformaron las dos guerras independientes en distintos países en una conflagración verdaderamente global, un conflicto colosal que tuvo el genocidio y la barbarie, expresada en magnitudes inauditas, como elementos centrales”. De este modo, el libro no narra la génesis del conflicto, ni las batallas supuestamente decisivas o la clausura de la guerra, sino ciertas determinaciones y sucesos que definieron el curso de esa historia.

Cuando estudiamos historia o analizamos los sucesos del presente, muchas veces nos asalta una deformación teleológica, que supone que los acontecimientos debían finalizar tal como ocurrieron, como si las cosas solo pudieran suceder de una determinada manera, en forma inexorable. Con ello nos olvidamos no solo de las circunstancias que rodean los acontecimientos, sino también del ejercicio de la libertad humana, que lleva a los pueblos y a los líderes, a los pequeños o grandes grupos, a obrar en una u otra dirección, a decir simplemente sí o decir no, a decidir luchar o rendirse, a superar las dificultades con tenacidad o dejarse abatir por las adversidades. No se trata de hacer un juicio en cada caso, sino de conocer e intentar comprender la historia, el sentido de los sucesos, la marcha de los progresos y caídas del curso de la vida humana.

En el caso específico del libro de Kershaw, resulta especialmente valioso ver los distintos sucesos narrados y las posibilidades abiertas que existían en cada caso. Y cómo, después de ponderar una alternativa u otra, Churchill, Hitler, Stalin o Roosevelt tomaron una decisión, movidos por sus convicciones, la discusión con sus equipos de gobierno o sus asesores, su ideología y las presiones, hasta que no había vuelta atrás. ¿Qué los llevó a decidir una cosa u otra? ¿Qué presiones recibieron? ¿Quién los acompañó en la definición? Hace exactamente 80 años –en mayo de 1940– existió la posibilidad de que Inglaterra abandonara una guerra que se veía cuesta arriba y demasiado costosa, en medio de los rápidos avances de la Alemania de Hitler, con la que podría procurarse una paz con mejores o peores condiciones. Las opiniones estaban divididas al interior de la administración británica, el propio Winston Churchill acababa de asumir como Primer Ministro, pesaban los errores de la década pasada y el ritmo victorioso del nacionalsocialismo parecía imparable. ¿Qué hacer? ¿Procurar la paz? ¿Cuál sería el precio a pagar? Churchill rechazaba la posibilidad de convertirse en un estado esclavo de Hitler, asumía el orgullo atávico de los británicos y tenía convicciones fuertes, que expresaría en su famoso discurso del 4 de junio de 1940: “Me preguntan: ‘¿Cuál es nuestro objetivo?’ Puedo responder con una sola palabra: ‘La victoria, la victoria a toda costa, la victoria a pesar del terror’”. Y podía decir con entera convicción: “Iremos hasta el final. Lucharemos en Francia, lucharemos en los mares y los océanos, lucharemos cada vez más confiados y enérgicos en el aire, defenderemos nuestra isla cueste lo que cueste. Lucharemos en las playas, lucharemos en las explanadas del desembarco, lucharemos en los campos y en las calles, lucharemos en los montes. No nos rendiremos jamás”.

En ese momento, cuestión que suele olvidarse, Stalin era aliado de Hitler, Estados Unidos no estaba comprometido en la lucha contra el nazismo y Francia estaba a punto de capitular. En definitiva, para Inglaterra la decisión significaba seguir luchando solos, eventualmente, una guerra contra un enemigo pocas veces visto, militarmente preparado, que no tenía vacilaciones ni escrúpulos. En esas condiciones, Inglaterra decidió seguir en la guerra, con lo cual obligó a Hitler a seguir teniendo enemigos en el oeste: luego el propio dictador tomó su propia decisión trascendental: atacar a la Unión Soviética y quebrar el pacto nazi-comunista, que sería otro paso decisivo en su derrota, tema también tratado por Kershaw junto a otros apasionantes episodios del dramático conflicto que sacudió al mundo entre 1939 y 1945.

Este 2020 el mundo vive una etapa inédita y llena de desafíos, que pondrán a prueba el liderazgo de muchos gobernantes, la entereza de los pueblos y la fortaleza de sus instituciones. No cabe duda que existirán muchos problemas en el camino, como ya los ha habido: en materia sanitaria, en la crisis económica, los problemas sociales que son consecuencia de lo anterior y la capacidad política que se necesitará para enfrentar con inteligencia y talento la mejor salida de este problema. No sabemos cómo lo hará cada país ni qué gobiernos estarán a la altura de las circunstancias y cuáles se verán envueltos en la mediocridad, la imprevisión o la torpeza a la hora de resolver los problemas. Sí sabemos, en cambio, que muchos enfrentarán horas difíciles y deberán tomar “decisiones trascendentales” que, eventualmente, los conducirá a la victoria o al fracaso. Es clave prepararse y estar a la altura de las circunstancias.

Por Alejandro San Francisco, Profesor de la U. San Sebastián y la UC. Director de Formación del Instituto Res Publica. Director general de “Historia de Chile 1960-2010” (USS), para ellibero.cl

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