El 8 de junio se cumplieron 49 años del día en que mi padre, Edmundo Pérez Zujovic, quien se desempeñó como ministro de Obras Públicas y del Interior del Presidente Eduardo Frei Montalva, fue asesinado por un grupo de extrema izquierda denominado “Vanguardia Organizada del Pueblo” (VOP), formado por exmilitantes comunistas. Actuaron a plena luz del día, mientras mi padre viajaba en su automóvil junto a mi hermana María Angélica. Fue acribillado a mansalva y falleció a los pocos instantes. Mi hermana se salvó milagrosamente, pero el haber sido testigo de un acto tan brutal le dejó secuelas emocionales para toda la vida.

El asesinato ocurrió en junio de 1971, cuando llevaba solo medio año el gobierno del Presidente Salvador Allende. Después de cometido el crimen, el entonces director de la Policía de Investigaciones, el doctor Eduardo Paredes, amigo de barrio en mi juventud, me contó que el gobierno sabía de la existencia de la VOP y que se estaba siguiendo a sus cabecillas. Según Paredes, la policía tenía información de que dicho grupo se proponía atentar contra tres personalidades de la Democracia Cristiana, una de las cuales era mi padre. Por desgracia, tales antecedentes no sirvieron de nada. No hubo ningún plan policial que pudiera haber frustrado el homicidio.

Cuatro días después de consumado el crimen, la PDI cercó a los culpables, los hermanos Rivera Calderón, en una población de Santiago, donde se produjo un tiroteo en el que estos fueron abatidos por los efectivos policiales.

Estoy convencido de que hubo autores intelectuales del asesinato de mi padre. Lamentablemente, nunca hubo un esfuerzo serio por identificarlos y llevarlos ante la justicia. Un par de meses después del crimen, la empresa pesquera Guanaye, de la cual yo era gerente, fue intervenida por el Estado. Meses después, un grupo armado cercó mi casa de campo en Maipú, en la que vivía con mi señora y tres hijos. A ellos se les permitió salir, pero a mí me mantuvieron como rehén un par de días. Posteriormente, el campo fue expropiado por el gobierno.

Mi padre fue víctima de la corriente de odio que, en aquellos días de 1971, se iba extendiendo por todos los rincones de la sociedad de un modo que —hoy lo sabemos— anunciaba la enorme tragedia de 1973. Los chilenos pagamos un precio muy alto a causa de la enajenación política de aquel tiempo, que anuló la capacidad de razonar de amplios sectores y fomentó el desprecio por la vida humana. Las campañas envenenadas de esos años, el afán de convertir a los adversarios en enemigos prepararon el terreno para la división, la violencia y la pérdida de las libertades. Y a Chile le quedaron demasiadas llagas.

Desde que le arrebataron la vida a mi padre, he hecho un gran esfuerzo para no sucumbir al deseo de venganza. He luchado para que aquel crimen nefando no condicionara mi vida y la de mi familia. Sin embargo, considero que es mi deber recordar este capítulo de la historia para que no olvidemos adónde conduce el fanatismo político-ideológico, y adónde puede llevar la inclinación terrible de querer borrar a los que piensan distinto.

Por desgracia, desde octubre del año pasado hemos visto resurgir la violencia en Chile, la que algunos han intentado presentar como expresión del deseo de hacer justicia e imponer la igualdad. Ya hemos visto las penosas consecuencias de todo aquello en nuestra convivencia. En los muros de Santiago y de otras ciudades quedó la huella del odio que estaba detrás del vandalismo. Por eso mismo fue muy lamentable que numerosos parlamentarios y otras personas que ocupan altos cargos guardaran silencio frente a la violencia o, peor aún, intentaran validarla como manifestación de una buena causa. Eso es demasiado grave. No puede haber una actitud ambivalente respecto de las bases de la vida civilizada. Del mismo modo, es inaceptable cualquier intento por desestabilizar el régimen democrático.

Pertenezco a una generación que vio hundirse a Chile bajo el peso de la intolerancia, y que luego tuvo la oportunidad de trabajar por la reconstrucción de la democracia y el reencuentro de los chilenos. Por eso, quiero levantar mi voz para que no repitamos los errores trágicos del pasado.

En estas semanas he visto a mucha gente que teme que, pasada la emergencia de la pandemia, vuelva a desatarse una violencia semejante a la del año pasado. Eso implicaría sumar nuevos desastres a los muchos que tenemos. Hay que impedir que ello ocurra, pero eso exige que no nos dejemos paralizar por el temor. No tengo dudas de que la mayoría inmensa de mis compatriotas se identifica con la defensa de la paz y la libertad, que es al fin y al cabo la posibilidad de que convivamos en condiciones de respeto a la diversidad.

Solo el Estado de Derecho es nuestra protección. No quiero que Chile vuelva a ser arrastrado por el odio. Es mi mayor anhelo al recordar a mi padre en estos días.

Escrito por Edmundo Pérez Yoma para El Mercurio

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